Mis hermanos y yo por José Andrés Hidalgo

mishermanosyyoMis hermanos y yo tuvimos una buena infancia. Nos trataron bien, en eso no hay queja. Cierto es que no vimos demasiado mundo, pues apenas salimos de nuestro hogar. Todo ello fue compensado por el hecho de conocer mucha gente que a lo largo del tiempo, se acercó por casa para conocernos. A raíz de esto, pasamos pequeñas temporadas en el hogar de alguna de estas personas, que previamente nos había conocido en anteriores encuentros. No siempre eran estancias felices. En ocasiones permanecíamos separados los unos de los otros en diferentes hogares, para pasado un tiempo –que se nos antojaba eterno- volver a reunirnos felizmente en casa, momento que disfrutábamos intercambiando entre nosotros historias y experiencias vividas en esos lugares de acogida.

Apenas nos relacionábamos con nuestros vecinos. En su momento, habíamos intentado conversar con alguno de ellos, los más contiguos a nosotros, pero no duro mucho la charla. Teníamos poco en común. Su lenguaje se nos antojaba muy técnico y enrevesado. El resto del vecindario lo constituían una mezcla de individuos de muy diferente procedencia y nivel cultural. Una Babel dispar donde nos fue imposible atisbar alguna idea afín a las nuestras. Un laberinto de murmullos y palabras, unas más altas que otras, entrelazadas en un ovillo imposible de desenredar.

Y así pasaron los años. Nuestra mayoría de edad. Posteriormente la vejez. Terminamos siendo trasladados a una residencia, aunque también allí era llamada “orfanato” por sus inquilinos más “honoríficos”. Aquí termino lo bueno y empezaron las penalidades. El lugar estaba masificado y no tenían consideración con casi ninguno de los que allí estábamos. Apilados unos encima de otros, a veces en posturas y situaciones incomodas e “indecorosas”, que podían durar días, meses, años…

Lo único que nos alienta, es la pequeña esperanza de que alguien venga de visita algún día y se interese por nosotros. Que tenga un poco de misericordia y nos lleve a casa. Como en los viejos tiempos. Que nos quite el polvo que se acumula encima y entre nosotros. Que repare alguna de nuestras páginas arrugadas y podamos trasmitirle todo el Saber que tenemos acumulado en cada una de nuestras hojas.

Solo pido que la fortuna haga que los hermanos permanezcamos unidos. Que nuestros tomos se mantengan unos junto a otros hasta el fin de los días…

Madera podrida por MoRius

maderapodrida.jpgLe había acompañado en multitud de aventuras, incluso alguna no demasiado agradable. Pero era hora de avanzar, el barco se caía a pedazos. La vela no era más que una caricatura de aquella que fue: tersa, mecida por el viento, altiva… no quedaba ya nada de eso. El seguro multirriesgo lo cubriría todo, su lema: “nuevo por viejo”, sería su solución.

Aquel atardecer embarcó con una sola idea en su cabeza hacia el grupo de arrecifes. Observó las hermosas estrellas que formaban imágenes extrañas de caleidoscopio en la noche oscura, inhaló el olor que desprendía la vieja madera podrida de tanta sal y se sintió invadido por una enorme nostalgia.

-“Este barco soy yo”, pensó –“Viejo, acabado, sin fuerzas ¿debo deshacerme también de mí?”

Miró hacia arriba, en ese cielo extraño surcado de luces, la décima estrella parecía sentenciar: “No”.

Y fue entonces cuando, cambiando su rumbo y junto a su inseparable compañero de viaje, partió hacia el amanecer con su ánimo intacto esta vez.

Relato finalista en la VIII Convocatoria del concurso de microrrelatos de la RED CUMES

Luces en la noche por José Andres Hidalgo Moya

10850267_10204319351197327_4390437976730079387_nDespués de conducir innumerables horas a bordo de aquel coche alquilado en el aeropuerto, y guiado por un muy poco cordial GPS, por fin llegó a su inhóspito destino escondido entre las áridas montañas de esa perdida región minera argentina.

Aparcó el coche donde pudo y se dispuso a caminar sendero abajo. Antes, había repasado por última vez los informes de las observaciones y cálculos traídos desde su Estocolmo natal, sede también de su cátedra de Astronomía. ¡Por fin! Horas y horas tras el telescopio culminaban en la aventura de llegar hasta allí.

Su pulso se aceleró a medida que se acercaba a su destino. Poco a poco, la soledad y oscuridad del lugar en aquella noche que, esperaba, resultara ser de lo más esclarecedora, fue salpicada de pequeñas luces de linterna que, en una suerte de romería, fueron apareciendo aquí y allá. Sus portadores, parecían llevar el mismo recorrido y dirección que él, y según se los iba cruzando, lo saludaban con sonrisas cómplices y gestos de asentimiento. Trascurrido un rato, llegaron por fin a un descampado. Algunos, probablemente los primeros en llegar, habían mantenido encendidas varias modestas fogatas que además de proporcionarles algo de calor, iluminaban la vetusta y semiderruida fachada de una construcción ya abandonada no se sabía hacía cuánto.

Él, el profesor Bosse, saludó a sus colegas de profesión que habían estado esperando ansiosos. Estos, eran precisamente los mismos con los que había estado intercambiado durante meses ingentes cantidades de información y datos, precisamente desde el primer momento en que tuvo lugar el avistamiento y su posterior seguimiento.

El equipo, en definitiva, además de por él mismo, estaba compuesto por el coreano Gun-hyung y el mejicano Rodrigo Cuevas. Ahora el trío observaba expectante aquella fachada pobremente iluminada, y como si con anterioridad lo hubieran coreografiado, los tres comenzaron a caminar al unísono hacia la puerta de aquella estación de tren abandonada. Justo antes de atravesarla, echaron un vistazo hacia arriba, fijando la vista sobre su dintel: aún podía distinguirse un nombre en el sucio cartel que medio colgaba en lo que fuera aquella estación, en un remoto pueblo de la región argentina de Catamarca.

El cartel decía: Bélen…

El último tren a Londres por Germán Prados

tren.jpgSí, fue el último, volvía de Liverpool de visitar a un amigo enfermo.

Había emigrado a Inglaterra porque estaba convencido de que en los países anglosajones se vivía mejor. El “llamado como fuera”… –bueno, se llamaba Enrique, pero quería que le dijéramos “Enrich”… me daba igual, cada uno marca sus destinos como mejor provee.

Enrich, había estado en los Estados Unidos, haciendo múltiples trabajos, desde camarero de cruceros, hasta capataz de chimeneas de embarcaciones. Curiosamente, debajo de los suburbios, en las fosas sépticas, donde había nada más que ratas, según me cuenta.

Creo, a ciencia cierta, que la mitad de lo que contaba era mentira, una cuarta parte se lo callaba y la otra era lo que en realidad pasaba. Verdaderamente un somormujo(*) de cuidado. Sigue leyendo

Peregrina Mariposa Estelar por Juan Antonio Fernández Madrigal

mariposa
Gracias
a “Pilgrimage”, de Suzanne Vega

Y aquí vengo, flotando en la leve seda del espacio, sobrevolando las flores de gas que crecen en el vacío engañoso. Y vuelo hacia a ti y pienso en el ilimitado camino que puedo recorrer en líneas geodésicas hacia el destino que hay tras estas maravillas.

Y atravieso en un suspiro el súbito aliento de un fulgor de nova, que arrastra los sedimentos pesados y el metal hacia todos los lugares, pero que no me impide avanzar, y me asombra cuánta belleza puede arrebatarme en tan efímera expiración de vida contenida.

Y viajo dentro de la energía, y escalo su núcleo de gravedad inmensa para dejarme caer por la ladera de potencial decreciente hacia la frontera, que se va aclarando, pasando del cobre al oro, y del oro a la oscuridad tachonada de puntos, otra vez.

Y bato mis enormes alas de mariposa estelar perdiendo parte del polvo mágico que me permite tales viajes, y expando mi ser mientras avanzo entre los puntos que tachonan, y miro por mis terceros ojos, que despertaron tiempo ha, y veo más de lo que un alma puede soportar de un único vistazo. Sigue leyendo