Un trance veraniego por María

AmanecerAquellas mañanas de verano en las que el día no estaba planeado…

La minúscula cantidad de luz  que entraba por las ranuras de las persianas me cegaba, resultándome imposible volver a entrar en el bello trance que es el sueño. Alargaba mi brazo hacia la ventana, alcanzaba la cinta de la persiana y, por fin, conseguía bajarla, sintiendo un gran alivio al volver a ver la oscuridad en la habitación en la que estaba.

Una vez ya a oscuras, mi cuerpo volvía a sentir su propio peso. Mis piernas perdían la fuerza, después los brazos, y esta sensación subía hasta alcanzar mis párpados. Horas más tarde despertaba ya descansada; trataba de desperezarme arrastrando mis piernas hasta el borde de la cama y dejándolas caer hacia el suelo; me incorporaba apoyándome en el brazo derecho, y  aún a oscuras, frotaba mis ojos para mejorar mi visión de la habitación.

En fin, ya estaba preparada para pasar aquel día de verano.  Un día, de esos, en los que puedes esperar cualquier cosa.