“Estaba trabajando” por Aurora GC

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Estaba trabajando… Discúlpame, ya sé que es tarde, ahora ya no sirve de nada todo lo que diga, pero quiero explicarte que estaba trabajando para nosotros, para comprarnos cosas.
Cuando esperabas que te diera los buenos días, yo no podía. Tenía cosas importantes que atender en mi trabajo. No podía perder dos segundos en darte una sonrisa y los buenos días, porque dos segundos de mi vida es dinero que pierdo… Ya sabes lo que me importa el dinero.
Tampoco podía pararme a mirar si estabas diferente o preocupada ¿tú sabes la cantidad de asuntos que se quedan sin atender por parar a observar a la gente? Aunque sea la que queremos. Porque… yo te quería, sin duda, aunque no tuviese tiempo para ti.
Lo tenías que haber entendido… Tú deberías haber sabido que, a pesar de mis modos, yo te quería, era obvio, dormíamos en la misma cama.
Sí, ya sé que también descuidé un poco el sexo, pero yo sólo necesitaba descargar esas tensiones diarias, era ne-ce-si-dad. Sé que no hice por probar cosas que te dieran placer a ti. Tengo un buen miembro, creo que era suficiente… otras con eso estarían contentas, pero tú siempre has sido tan especial para tus cosas… Y exigente, porque no es para tanto estar horas dando caricias y placer… ¡Horas! ¿Tú sabes lo que significa una sola hora perdida en mi día a día? Nunca lo entendiste.
Pero no te culpo, no es eso, no tienes la culpa de haber dado con alguien como yo, tan responsable en su trabajo. No podía perder el tiempo en las tonterías que tú planteabas y planeabas, entiéndelo, los sueños no sirven de nada, los sueños no pagan la luz, ni el agua, ni esos regalos que te hacía en las fechas señaladas… bueno, unos días después, es verdad, pero era cuando podía… Ya sé que no te importaban esos regalos, que no era lo que tú querías, pero te hacían falta. Eran cosas que te hacían falta, cosas materiales, sí, lo sé, pero yo creí que las necesitabas y punto.
No, no llores mi amor… Perdona mi tono, estoy nervioso y ya sabes que lo que digo a veces no es lo que pienso, ahora me doy cuenta, ahora que te pierdo me doy cuenta de todo en lo que he fallado, pero es mi naturaleza, intento cambiarla pero no se deja la hija de puta…
También sé que hace muchos años, cuando no te dejaba marchar, me dijiste esto mismo, tenías razón, siempre la tuviste pero me negaba a admitirlo… Te quería, te quería para mí, sólo para mí… No quería que me vieran como un fracasado que no supo complacerte. Si me dejabas todo el mundo me vería así, porque tú eras sencilla a los ojos de todos, alegre, con metas fáciles de conseguir… Aunque sigo pensando que tus sueños no alimentan el estómago y eso es importante, no me lo niegues.
Y ahora me dejas hablando solo. Necesito que me escuches. Me tienes que escuchar, me lo debes. Todo lo he hecho por nosotros, por los dos, por el bien de los dos. A mi manera, pero por los dos… No me dejes hablando solo… No cierres los ojos ¡Ábrelos! ¡Me tienes que escuchar como siempre! ¡¡Abre los ojos!! ¡¡Mírame!! ¡¡No me hagas esto, eres egoísta!! ¡¡Abre los ojos, ostia!! ¡Ábrelos!… Ábrelos… Ábrelos por favor… No me hagas esto, por favor… Joder… Yo te quería… Yo te he querido mucho, ¿sabes? Yo… Yo… No sé qué hacer ahora… No sé qué hacer sin que me miren tus ojos… Joder… Ábrelos por favor… Ábrelos, cariño… sólo estaba trabajando…

Mis hermanos y yo por José Andrés Hidalgo

mishermanosyyoMis hermanos y yo tuvimos una buena infancia. Nos trataron bien, en eso no hay queja. Cierto es que no vimos demasiado mundo, pues apenas salimos de nuestro hogar. Todo ello fue compensado por el hecho de conocer mucha gente que a lo largo del tiempo, se acercó por casa para conocernos. A raíz de esto, pasamos pequeñas temporadas en el hogar de alguna de estas personas, que previamente nos había conocido en anteriores encuentros. No siempre eran estancias felices. En ocasiones permanecíamos separados los unos de los otros en diferentes hogares, para pasado un tiempo –que se nos antojaba eterno- volver a reunirnos felizmente en casa, momento que disfrutábamos intercambiando entre nosotros historias y experiencias vividas en esos lugares de acogida.

Apenas nos relacionábamos con nuestros vecinos. En su momento, habíamos intentado conversar con alguno de ellos, los más contiguos a nosotros, pero no duro mucho la charla. Teníamos poco en común. Su lenguaje se nos antojaba muy técnico y enrevesado. El resto del vecindario lo constituían una mezcla de individuos de muy diferente procedencia y nivel cultural. Una Babel dispar donde nos fue imposible atisbar alguna idea afín a las nuestras. Un laberinto de murmullos y palabras, unas más altas que otras, entrelazadas en un ovillo imposible de desenredar.

Y así pasaron los años. Nuestra mayoría de edad. Posteriormente la vejez. Terminamos siendo trasladados a una residencia, aunque también allí era llamada “orfanato” por sus inquilinos más “honoríficos”. Aquí termino lo bueno y empezaron las penalidades. El lugar estaba masificado y no tenían consideración con casi ninguno de los que allí estábamos. Apilados unos encima de otros, a veces en posturas y situaciones incomodas e “indecorosas”, que podían durar días, meses, años…

Lo único que nos alienta, es la pequeña esperanza de que alguien venga de visita algún día y se interese por nosotros. Que tenga un poco de misericordia y nos lleve a casa. Como en los viejos tiempos. Que nos quite el polvo que se acumula encima y entre nosotros. Que repare alguna de nuestras páginas arrugadas y podamos trasmitirle todo el Saber que tenemos acumulado en cada una de nuestras hojas.

Solo pido que la fortuna haga que los hermanos permanezcamos unidos. Que nuestros tomos se mantengan unos junto a otros hasta el fin de los días…

La caja misteriosa por Titania Hielorrojo

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Empezó la semana con mal pie. No sólo le costó levantarse más que cualquier otro lunes, sino que camino del trabajo todo se fue torciendo: el atasco de la carretera, el desalojo del metro, la cara del jefe… La ansiedad crecía dentro de sus pulmones y con ella su sensación de prisión. Una jaula de barrotes invisibles, una cuerda enroscada por todo su cuerpo, unos hilos que fruncían sus labios y que le impedían gritar.

Llegó más tarde a casa. Cada día más tarde. Cansada y deshecha. Arrastrando sus notas por el hormigón del garaje. Buscó torpemente las llaves dentro de un bolso desordenado y el peso del sueño se posó en sus párpados mientras el ascensor subía hasta su refugio. Por fin en casa, pensó, pero ¡mira qué horas!

Salió al descansillo oscuro. El conserje no había cambiado la bombilla fundida. De repente un golpe seco contra algo inesperado. Ahogó un grito y retrocedió de inmediato. A tientas sacó el móvil y encendió la linterna, temerosa de lo que podría encontrar. Delante de su puerta había una caja enorme, del tamaño de una nevera. Una caja de madera de pino con varios clavos y una nota con su nombre. ESTELA. Dirigió la luz de la linterna hacia todos los rincones del descansillo. No había nadie. Estaba sola. No se atrevió a tocar esa caja. Incluso pensó en llamar a la policía. Pero examinando más despacio el bulto vio que la caja llevaba pintado un reloj. Un reloj exactamente igual que el que le regaló su padre siendo niña. Su primer reloj.

Acercó sus dedos temblorosos y acarició el dibujo. Sus ojos se llenaron de recuerdos alegres, entrañables, suspendidos en una memoria sin tiempo. Bajo el dibujo del reloj descubrió una cerradura de forma extraña e inmediatamente buscó en el llavero que aún sostenía en su mano. ¡No lo podía creer! El propio llavero era la llave de esa cerradura. Decidió probar y con un poco de resistencia ¡clac!, la cerradura giró y la caja se abrió.

Sus ojos se abrieron también de par en par. Ante ella millones de minutos flotaban en un espacio ingrávido. Minutos. Millones de ellos. Aquello que su padre le prometió de niña al regalarle aquel reloj: ¡EL TIEMPO!. Su padre le regaló el tiempo. Ese que nunca supo administrar y que siempre se le escapaba de las manos. Esa caja no era ni más ni menos que una máquina de fabricar tiempo. Un tiempo infinito que desde ese momento se marchaba y que jamás podría retener, salvo en sus recuerdos, o sobrevolando los tejados inalcanzables para perderse en el mar. Pues cada minuto vivido, ya era un minuto pasado.

Luces en la noche por José Andres Hidalgo Moya

10850267_10204319351197327_4390437976730079387_nDespués de conducir innumerables horas a bordo de aquel coche alquilado en el aeropuerto, y guiado por un muy poco cordial GPS, por fin llegó a su inhóspito destino escondido entre las áridas montañas de esa perdida región minera argentina.

Aparcó el coche donde pudo y se dispuso a caminar sendero abajo. Antes, había repasado por última vez los informes de las observaciones y cálculos traídos desde su Estocolmo natal, sede también de su cátedra de Astronomía. ¡Por fin! Horas y horas tras el telescopio culminaban en la aventura de llegar hasta allí.

Su pulso se aceleró a medida que se acercaba a su destino. Poco a poco, la soledad y oscuridad del lugar en aquella noche que, esperaba, resultara ser de lo más esclarecedora, fue salpicada de pequeñas luces de linterna que, en una suerte de romería, fueron apareciendo aquí y allá. Sus portadores, parecían llevar el mismo recorrido y dirección que él, y según se los iba cruzando, lo saludaban con sonrisas cómplices y gestos de asentimiento. Trascurrido un rato, llegaron por fin a un descampado. Algunos, probablemente los primeros en llegar, habían mantenido encendidas varias modestas fogatas que además de proporcionarles algo de calor, iluminaban la vetusta y semiderruida fachada de una construcción ya abandonada no se sabía hacía cuánto.

Él, el profesor Bosse, saludó a sus colegas de profesión que habían estado esperando ansiosos. Estos, eran precisamente los mismos con los que había estado intercambiado durante meses ingentes cantidades de información y datos, precisamente desde el primer momento en que tuvo lugar el avistamiento y su posterior seguimiento.

El equipo, en definitiva, además de por él mismo, estaba compuesto por el coreano Gun-hyung y el mejicano Rodrigo Cuevas. Ahora el trío observaba expectante aquella fachada pobremente iluminada, y como si con anterioridad lo hubieran coreografiado, los tres comenzaron a caminar al unísono hacia la puerta de aquella estación de tren abandonada. Justo antes de atravesarla, echaron un vistazo hacia arriba, fijando la vista sobre su dintel: aún podía distinguirse un nombre en el sucio cartel que medio colgaba en lo que fuera aquella estación, en un remoto pueblo de la región argentina de Catamarca.

El cartel decía: Bélen…

RoBot por Pilar Cortés

robot.jpgHace un tiempo alguien me preguntó qué era el futuro.
No supe qué decirle.
No creo en el futuro del mañana,
creo firmemente en el hoy.

Del ayer me llevo mil lecciones aprendidas,
del mañana una ilusión por vivir,
y del hoy, una batalla ganada.

No creo en los cuentos de hadas,
y tampoco en los finales felices,
como tampoco en los príncipes azules
ni las victorias sin sabor amargo.

Si el futuro te angustia, no llores.
Si el pasado te ahoga, llora con todas tus fuerzas
Si el mañana te aprisiona, déjalo correr. (No es para ti).

Nunca permitas convertirte en robot.

Éste y otros escritos de Pilar Cortés en su blog “Pequeños Susurros”

PaZ y Silencio por Pilar Cortés

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Sofía era agnóstica, no creía en ese Cristo al que una gran mayoría idolatraba. Sin embargo, aquel domingo caluroso de junio entró a la pequeña parroquia de La Seo.

No entró para rezar, ni cantar las alabanzas, ni para oír misa, tan sólo necesitaba paz y silencio. Los lugares santos eran los únicos en donde encontraba la paz que necesitaba para escucharse a sí misma.

Entró refugiándose del calor y el bullicio de la ciudad. Al entrar descubrió un pequeño templo resguardado de los ojos menos curiosos; toda la decoración era casi mínima, no ostentosa. La única excepción era el altar mayor revestido de oro, así como el techo. Se quedó absorta contemplando el techo tan sencillo pero a la vez tan maravilloso; representaba como una espiral cada vez más pequeña en forma de pequeña cúpula. Pensó que su vida en algo se parecía al maravilloso techo. Buscó un sitio y se sentó en uno de los primeros bancos. Al sentarse sintió sobre sus hombros el peso de las tres culturas que habían pisado su ciudad, así como la belleza que todas y cada una de ellas había aportado a su propia cultura, a su fe en su dios particular.

El sacerdote celebraba la eucaristía al mismo tiempo que, todos los fieles, cantaban y oraban. Ella estaba ajena a todo ello, aunque el mensaje del sacerdote caló hondo en su corazón: “Amaos los unos a los otros”.

Ése era el dogma  a aprender y con el cual evangelizar al mundo. Cuando escuchó ese mensaje, brotó una lágrima de sus ojos; ¿De verdad es posible eso? ¿Por qué entonces nos hemos vuelto todo cada vez más egoístas y menos fraternales?

Pensó en la poca importancia que ahora tiene el amor de los unos a los otros; pocos lo practican y quienes lo hacen, de todo corazón y sin esperar nada a cambio, deciden dar su vida por su Cristo.  ¿Tan difícil es quererse y demostrarlo? En los tiempos que corren, le pareció una gran utopía, pero en la boca del sacerdote parecía una tarea de lo más fácil y satisfactoria. Lloró amargamente… ¿Tan difícil era hacerlo?

Acabó la eucaristía, y Sofía parecía haber echado raíces… había alguna fuerza que emanaba de, no sabía de dónde, que la obligaba a quedarse allí, a escuchar y a estar, por unos minutos, en paz.

Se trasladó a diferentes mundos de antaño, se vio a sí misma; en su burbuja, fuera de los cánones marcados por la sociedad. Le vinieron a la mente todos y cada uno de las personas que formaban su vida; su familia, sus amigos, conocidos… Los puso a todos en fila de a uno, los examinó uno a uno, con sus pros y sus contras. Después los metió en su balanza particular… quería hacer una balanza para deshacerse de los fantasmas, los añadidos, los fariseos, los hijos pródigos y los Judas… Al final, una vez “envasados” y etiquetados, los volvió a poner en fila de uno según su aportación; había cambios con respecto a la anterior fila. ¿Por qué será que aquéllos que nos son indispensables en un momento, en otro, aparecen casi en último lugar?

El silencio y la paz le dieron la respuesta acertada; el tiempo es el mejor sabio.

El Creador por Magnus Dagon

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Aún me pregunto qué me obligó a presentarme a un experimento de lejanos viajes en el tiempo. Serás un héroe, viajarás al fin de los tiempos, me dijeron.

Otros antes que yo desaparecieron para no volver. Ahora sé por qué. El Creador llegó a este páramo al usar su propio invento, se volvió loco y se autoproclamó dueño de un imperio de cenizas. Y su mente superior sometió y aprisionó, inutilizando nuestros aparatos, a los que llegamos después (técnicamente a la vez, pero eso no importa ahora).

Los que aún estábamos cuerdos llevábamos meses planeando una rebelión, pero había miedo. Se rumoreaba que con sus conocimientos había creado un arma terrible. Le equiparaban con Dios. Pensé que exageraban.

Pero qué estúpido fui.

Porque mi insurrección me ha hecho servir de ejemplo a otros al usar su arma contra mí. Apenas un segundo en el que empecé a arrugarme como fruta podrida.

Y sé que fui un montón de huesos descalcificados.

Y sé que fui una duna de polvo ondulante.

Y obtuve una paz como hacía tiempo que no conocía.

Pero todo acabó, pues me trajo de vuelta. Me robó la única libertad que me quedaba, mi última expresión como ser humano.

Después de eso me suicidé. Varias veces.

Ahora sé que no moriremos. Que estaremos atrapados en este ciclo de creación y destrucción. Pero mi consuelo es que él no es Dios, ni llegará a serlo.

Es curioso, aun así, cuánto se parece el arma del Creador a un tridente.

EL TIEMPO Y LA AUSENCIA Por Julio Amigo Quesada

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-¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada?

Jorge Luis Borges

Dos ideas, dos conceptos bullían en su mente, por su racionalidad y, por supuesto por su corazón, por su sentimentalidad más profunda, siempre había presumido de tener un gran “cuore”, de haber “soportado” todo tipo de “bandazos” que él mismo, su entorno, le habían provocado.

El tiempo y la ausencia martilleaban en su mente, vivió, compartió, luchó, amó y nada le acompañaba, nada a lo que aferrarse, solo una imagen vaga de aquello que supuso algo importante, lo más importante quizá, en su ya larga vida.

Y aun así le faltaba el tiempo, le faltaban horas para poder descubrir aquello que sentía, aquello que luchaba dentro de él por salir a flote, por salir a la “palestra” de su corazón, al escenario de su sentimentalidad, pero la ausencia golpeaba de nuevo en su mente, en su parte racional y le gritaba:
“No”. Sigue leyendo