La Romi por Toni Ávila

laromiLa niña se saca los mocos en la puerta de la chabola. Sus deditos hurgan, una y otra vez, en los pequeños orificios en busca del preciado manjar. Cerca, una escuálida cabra intenta pastar algo en el secarral donde se ubica la casucha de cartón, palets y uralita. El sol pega fuerte y hace más penetrante el hedor de la cochinera donde malviven un par de cerdos. La niña se llama Romi, tiene 10 años y su padre acaba de decirle que va a casarse con el hombre que le acompaña. Un señor que la mira de arriba a abajo y sonríe de una forma que le da escalofríos. Se llama Manuel y tiene 30 años. Ella, y los dos cerdos, se marchan con él. Mientras recuerda, la Romi barre la calle. Algo absurdo teniendo en cuenta que la calle es de tierra. Pero a la Romi le gusta barrer. Le evade.

Nueve hijos ha parido la Romi. El primero lo tuvo con 11 años. La mayoría se cuidan solos. Alguno se va y no vuelve más. Cree que el mayor está en la cárcel, pero también podría estar muerto. Debe ser una mala madre, porque muchas veces desearía que ninguno hubiera nacido. O peor, que se murieran todos, y ella pudiera ser libre.

La Romi barre, barre el campo.

El Manolo no tardará en llegar, toda la mañana en la chatarra: hecho polvo estoy, qué hay de comer, de comer no hay ná, mala mujer, golpe, bofetada, golpe, patada, golpe,…

Un día apareció un grupo de gente en el poblado. Eran forasteros. Les tiraron piedras. Les pincharon las ruedas de sus coches. Les dijeron que si volvían, saldrían de allí con los pies por delante. Uno de ellos, antes de marcharse, la miró fijamente. Fue solo un segundo pero sintió que hablaban. La Romi pensó que a lo mejor era un ángel.

Desde que se casaron, el Manolo no le ha dicho que la quiere ni una sola vez, pero le ha reventado la boca en multitud de ocasiones. Piensa que no podrá volver a sonreír jamás, porque le han borrado la sonrisa a guantazos. Una vez, desesperada, habló con su suegra y esa misma noche el Manolo le dio otra paliza. Desde entonces aprendió a estar calladita.

La Romi barre, barre como una loca. Quita la arena, y la arena vuelve. Así todo el día.

La noche en que se marchó, la Romi dejó la escoba ocupando su lugar en el camastro. Por la mañana, el Manolo se volvería loco. No le cabía duda de que, si la pillara, la mataría.

“En toda la eternidad, solo voy a vivir una vez”, pensó la Romi, mientras iba al encuentro de los ángeles, a la luz de la luna.