La fragilidad de la memoria por Ángel Ortega

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Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente. Sigue leyendo

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Animales de Costumbres, 2º cap.:”Chubascos Cerebrales” por Germán Montes

testOK.jpgLa calle sigue donde la dejé. Bien, algunas cosas siguen funcionando.

La misma jungla… los mismos animales; amas de casa con bolsas de supermercados repletas de la compra de la semana; hombres descuidadamente trajeados, hablando por móviles de última generación; mujeres con pantalones y chaquetas tan impolutas como su maquillaje, repartidores con o sin uniforme llevando sus cargas de un lado a otro… gente de todo tipo de género, nacionalidad, clase social, creencia y orientación sexual, con un claro punto en común: la prisa. Hagan lo que hagan, vayan donde vayan, siempre bajo la etiqueta de urgente.

Antes no me daba cuenta de esto; no me detenía a mirar, a observar a la gente. Supongo que antes… era como todos. En algún momento, me salí del camino; no recuerdo cuándo, ni cómo, se me acabaron las ganas de ser uno más. Pero esto no tuvo nada que ver con que perdiera mi trabajo. Realmente me gustaba lo que hacía. No es que trabajar en un aeropuerto fuera mi sueño hecho realidad. Ni siquiera volaba, como muchos de mis compañeros. Pero cargar el equipaje de los viajeros en el avión me hacía sentir parte de sus viajes. Una parte tan insignificante como vital; como un pequeño polizón casi imperceptible, pero cuya ausencia puede conllevar desagradables sorpresas. Al fin y al cabo, nadie quiere perder media vida en una maleta extraviada. Sigue leyendo

Las últimas migas de las magdalenas por Laura Luna

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Recorrió la azotea a zancadas, con la adrenalina palpitándole en el cuello y sin pararse a valorar la decisión que acababa de tomar para completar la huida. Trepó por la valla con su característica agilidad gatuna y saltó.

En el aire sonrió, extendiendo los brazos y las piernas procurando abarcar el mayor espacio posible, como hacía cada vez que dormía en su cama o nadaba en el lago que disfrutaba cada verano. Agradeció llevar el equipo completo (casco, traje y paracaídas) que tantas veces le habían salvado en persecuciones que requerían soluciones extremas. Cerró los ojos, mientras se esforzaba con convertir aquella sensación en la certeza de que estaba volando. No por avioneta, como hacía casi todos los días, sino por medios propios. Lástima que fuera un vuelo tan corto, lástima que los edificios en aquella ciudad fueran tan bajos. Se abrió el paracaídas con el fastidio de quien apaga el despertador a una odiosa hora.

Aterrizó sobre la acera con la gracia de un hada y recogió el paracaídas, pidiendo disculpas a los transeúntes a los que estaba molestando. Ellos las aceptaban con un gesto de la mano y proseguían su camino, demasiado absortos en sus preocupaciones personales como para percatarse de que una chica acababa de caer del cielo. Rodeó la manzana y caminó unas pocas calles más, con paso tranquilo y camuflándose entre la gente. Sigue leyendo

La Fuerza de un Ángel por Alberto Barranco

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¡Jamás, pensó, nunca pudo llegar a imaginar lo que le depararía una ausencia tan grande!

Él no entendía por qué, solo sentía la necesidad de romper una pesadilla que estaba viviendo en aquel momento, todo era dolor, pánico, lágrimas, lloros, gritos, desesperación, ¡quería despertar, quería volver a la normalidad y no lo conseguía!

Los segundos iban pasando, le parecían horas, todo indicaba lo mismo que veía ¡no podía ser! Era el peor momento de su vida, se le iba rompiendo el alma a cada instante, se estremecía su piel y se le arrugaba el corazón.

Allí estaba él, en su cama, como siempre, había esperado para despedirse, para recibir su último beso con una sonrisa que dibujaba su cara angelical.

Le destrozó la vida, ya eran solo recuerdos y fotografías. ¡NUNCA MÁS!  Le volvió a tener con él, ya no le besó más, se fue, ya no estaba, su caos, su destrucción, ya no tenía fuerzas, no quería seguir, era sólo un chaval que acababa de perder el sentido de la vida, se cubrió de oscuridad eterna, ya no sabía qué debía hacer, no quería disfrutar de nada, ni amigos, ni sueños. Sigue leyendo

La mitad de la verdad por Ángel Ortega

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Hay días como estos en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo. El vacío quiere arrastrarme pero no encuentro la forma de acudir a su llamada y nada me reconforta salvo quizá contar mi historia tal y como la cuento ahora. Esa historia que empezó cuando mi hija Isabel y yo nos fuimos a vivir a la casa de campo junto al río.

Yo era un escritor de éxito que necesitaba concentración en un nuevo trabajo y a la vez poderle dedicar tiempo a mi hija. Tenía que solucionar ambas cosas y decidí que lo mejor era apartarnos del resto del mundo. La situación era completamente diferente a lo que las personas de mi alrededor pensaban: yo no era un hombre interiormente destruido sino alguien que remontaba desde lo profundo y que retomaba las riendas de su vida. Mi decisión había sido meditada y el campo era el entorno perfecto.

La sensación que tuvimos Isabel y yo al entrar por primera vez en la casa fue completamente opuesta. Ella descubrió de un vistazo todas las posibilidades que le brindaba para sus juegos infantiles: el antiguo establo con la escalera de madera que subía al pajar, el montón de enseres de cocina abandonados en el porche trasero, el baúl lleno de trapos viejos del ático y la suave pendiente de arena fina y barro que bajaba hasta la orilla. Yo, por el contrario, sentí la opresión de mi vacío interno aumentada por los rincones húmedos y faltos de iluminación, el olor a cieno, el aislamiento y mi propia bancarrota, tanto literal como metafórica. Sigue leyendo

Corazón roto por Toni Ávila

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Cuando él se marchó dando un portazo, su corazón se desparramó por el suelo de la cocina, hecho pedazos. Con toda la paciencia del mundo recogió los trocitos, uno a uno, llorando en silencio por la pérdida de tan irreparable órgano. Como no se puede vivir sin corazón decidió sustituir el roto por uno nuevo. Abrió el congelador, cogió un cubito de hielo y lo puso en el hueco que había quedado en su pecho. Imbuida de una nueva visión del mundo miró los trocitos de su antiguo y frágil corazón con total indiferencia, los tiró a la basura, se secó las frías lágrimas y fue a llamar a un cerrajero.

Solo el Rey perdonará los pecados de Dios por Jorge Álvarez Murcia

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La poca luz no ayudaba a que sus pupilas pudieran distinguir con claridad qué era lo que le rodeaba. Un haz entraba por lo que parecía ser una ventana minúscula con tres barrotes a una altura imposible. Más abajo, frente a él, una escupidera cuyo blanco se intuía entre los restos de heces. A su izquierda, una enorme puerta de madera con un portillo y el número 13, encima, una inscripción, “SOLO EL REY PERDONARÁ LOS PECADOS DE DIOS”. Nada más alcanzaba a ver.

Aturdido, el frío se había apoderado de Jesús hasta hacerle sentir que sus huesos se quebrarían al más mínimo movimiento. Unos pasos se acercaban y un extraño cosquilleo en la pernera derecha, que se convirtió en un agudo grito de dolor al sentir el mordisco de la peste, lo hizo incorporarse para acertar a sacar una rata hambrienta con un trozo de su muslo entre sus diminutos y afilados dientes, Sigue leyendo

La Noche de Todos los Santos por MoRius

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Desde pequeña me aterraba el fuego. Sin causa aparente, mis pesadillas se tornaban color rojo intenso y agitaban mi pobre corazón de niña, haciendo que deseara la llegada del apacible amanecer.

Quizá por eso, aquella extraña (para mí) costumbre de mi madre la noche de todos los santos, me causara tanta inquietud. Una vez al año, pacientemente, preparaba sus velas y mariposas y las encendía, como almas iluminadas, sobre cuencos con aceite, honrando así a sus difuntos.

A pesar de mi corta edad, me preocupaba que esa iluminación, tan precaria y básica, se mantuviera toda la noche sin vigilancia. Y me revolvía en la cama pensando en el brillo tintineante de la llama solitaria en la madrugada.

Cuando crecí y me fui de casa, olvidé la tradición y con ella, mi aversión al fuego. Tuve una vida relativamente feliz hasta que, el pasado año y, sin hijos que me hicieran el trance más soportable, perdí a mi compañero.

Esa noche de todos los santos, algo encendió mi memoria olvidada y quise recordarlo con la misma luz que su alma siempre había desprendido, así que preparé una balsa de aceite con velas en su tazón de porcelana preferido.

¿Qué sería de aquellas ánimas de las que nadie se acordaba una noche como esta?

Acurrucada en el sofá, observé el espectáculo hipnotizador de las pequeñas luces hasta que, suavemente, el sueño me venció. No lo vi llegar.

Quizá fuera mi pierna la que, accidentalmente, golpeara el tazón haciendo volcar todo su contenido sobre la inflamable moqueta del salón. Quizá, el hálito nauseabundo de algún alma en pena, envidiosa de no tener su propia luz, empujara rabiosa las velas encendidas.

En pocos minutos, un universo rojo, caliente, doloroso, me envolvió, quemando mi esencia en esa noche de todos los santos.

Ahora soy yo la que vago, una vez al año, buscando la vela encendida que alguien prenda para acordarse de mí.

Que Dios te proteja si tú no lo has hecho.