Un trance veraniego por María

AmanecerAquellas mañanas de verano en las que el día no estaba planeado…

La minúscula cantidad de luz  que entraba por las ranuras de las persianas me cegaba, resultándome imposible volver a entrar en el bello trance que es el sueño. Alargaba mi brazo hacia la ventana, alcanzaba la cinta de la persiana y, por fin, conseguía bajarla, sintiendo un gran alivio al volver a ver la oscuridad en la habitación en la que estaba.

Una vez ya a oscuras, mi cuerpo volvía a sentir su propio peso. Mis piernas perdían la fuerza, después los brazos, y esta sensación subía hasta alcanzar mis párpados. Horas más tarde despertaba ya descansada; trataba de desperezarme arrastrando mis piernas hasta el borde de la cama y dejándolas caer hacia el suelo; me incorporaba apoyándome en el brazo derecho, y  aún a oscuras, frotaba mis ojos para mejorar mi visión de la habitación.

En fin, ya estaba preparada para pasar aquel día de verano.  Un día, de esos, en los que puedes esperar cualquier cosa.

La fragilidad de la memoria por Ángel Ortega

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Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente. Sigue leyendo

PaZ y Silencio por Pilar Cortés

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Sofía era agnóstica, no creía en ese Cristo al que una gran mayoría idolatraba. Sin embargo, aquel domingo caluroso de junio entró a la pequeña parroquia de La Seo.

No entró para rezar, ni cantar las alabanzas, ni para oír misa, tan sólo necesitaba paz y silencio. Los lugares santos eran los únicos en donde encontraba la paz que necesitaba para escucharse a sí misma.

Entró refugiándose del calor y el bullicio de la ciudad. Al entrar descubrió un pequeño templo resguardado de los ojos menos curiosos; toda la decoración era casi mínima, no ostentosa. La única excepción era el altar mayor revestido de oro, así como el techo. Se quedó absorta contemplando el techo tan sencillo pero a la vez tan maravilloso; representaba como una espiral cada vez más pequeña en forma de pequeña cúpula. Pensó que su vida en algo se parecía al maravilloso techo. Buscó un sitio y se sentó en uno de los primeros bancos. Al sentarse sintió sobre sus hombros el peso de las tres culturas que habían pisado su ciudad, así como la belleza que todas y cada una de ellas había aportado a su propia cultura, a su fe en su dios particular.

El sacerdote celebraba la eucaristía al mismo tiempo que, todos los fieles, cantaban y oraban. Ella estaba ajena a todo ello, aunque el mensaje del sacerdote caló hondo en su corazón: “Amaos los unos a los otros”.

Ése era el dogma  a aprender y con el cual evangelizar al mundo. Cuando escuchó ese mensaje, brotó una lágrima de sus ojos; ¿De verdad es posible eso? ¿Por qué entonces nos hemos vuelto todo cada vez más egoístas y menos fraternales?

Pensó en la poca importancia que ahora tiene el amor de los unos a los otros; pocos lo practican y quienes lo hacen, de todo corazón y sin esperar nada a cambio, deciden dar su vida por su Cristo.  ¿Tan difícil es quererse y demostrarlo? En los tiempos que corren, le pareció una gran utopía, pero en la boca del sacerdote parecía una tarea de lo más fácil y satisfactoria. Lloró amargamente… ¿Tan difícil era hacerlo?

Acabó la eucaristía, y Sofía parecía haber echado raíces… había alguna fuerza que emanaba de, no sabía de dónde, que la obligaba a quedarse allí, a escuchar y a estar, por unos minutos, en paz.

Se trasladó a diferentes mundos de antaño, se vio a sí misma; en su burbuja, fuera de los cánones marcados por la sociedad. Le vinieron a la mente todos y cada uno de las personas que formaban su vida; su familia, sus amigos, conocidos… Los puso a todos en fila de a uno, los examinó uno a uno, con sus pros y sus contras. Después los metió en su balanza particular… quería hacer una balanza para deshacerse de los fantasmas, los añadidos, los fariseos, los hijos pródigos y los Judas… Al final, una vez “envasados” y etiquetados, los volvió a poner en fila de uno según su aportación; había cambios con respecto a la anterior fila. ¿Por qué será que aquéllos que nos son indispensables en un momento, en otro, aparecen casi en último lugar?

El silencio y la paz le dieron la respuesta acertada; el tiempo es el mejor sabio.

Galopar por Mercedes Bresó Fernández-Coto

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¿Qué es para ti amar?

Para muchas personas, amar, es un anillo: dos personas que se unen para formar una sola. Pero yo siempre he pensado que cuando eso ocurre, una de las dos ha dejado de ser para convertirse en la otra, y eso no es amor, es sumisión.

Para otras, amar es como los conjuntos que nos enseñaban en el colegio que se unen por los elementos que tienen en común. Se acerca más a lo que yo pienso, pero aun así no acabo de verlo.

Para mí amar es galopar. Sí, se que te acaba de venir una imagen con alto contenido erótico a la mente, pero no me refiero a eso. Me explico:

Crecemos oyendo cuentos sobre príncipes azules y delicadas princesas, que son felices y comen perdices. Pero es mentira: los príncipes azules no existen y tampoco las delicadas princesas. Sigue leyendo