La pandilla del parque por MoRius

“Se trata de prepararles para el camino, no preparar el camino para ellos”

WaitUp-1-42Ana, la madre bocadillo, iba tras su hijo con el sándwich de nocilla, para que fuera comiendo entre tobogán y columpio, coincidió ese día en el parque con Tom, el padre guardaespaldas.

Era extraño pues normalmente, no bajaban mucho. Le llamábamos así porque sus frases favoritas eran: “A mi hijo ni te acerques” o “como toques a mi hijo, te…”. Desde luego, Ana no aprobaba tanta agresividad ni que mantuviera al peque en una frágil burbuja defendida solamente por sus amplios brazos de padre matón.

Se llevaba mucho mejor con Sofía, la madre tigre. A pesar de que mantenía una -cuasi cruel- disciplina para que su hija fuera una número uno del piano, pensaba que todo lo hacía por su bien y que la niña, en un futuro, se lo agradecería. El tiempo de ocio era muy limitado, en diez minutos, se tenían que marchar pues daban una clase particular, en casa, a las 18.00h. De 19.00h a 20.30h los deberes, luego una ducha, un repaso rápido de solfeo, una cena ligera y a la cama, que mañana hay que madrugar.

Sofía era íntima amiga de Carlos, el padre manager y, a veces, incluso, le acompañaba a los entrenamientos del peque porque se solía poner nervioso. Normalmente terminaba con trifulcas y discusiones con el árbitro y los demás padres, todos unos ignorantes.

Pero con quien mejor se llevaba Ana y, con quien más tiempo pasaba hablando, era con Daniela, la madre apisonadora. Le parecía admirable cómo allanaba el camino a sus hijos, facilitándoles la vida, esa sí que era digna de admiración, siempre pendiente de solucionar cualquier obstáculo. Esa misma tarde, venía de una reunión con la directora del cole, no podía consentir que a su hija le llamaran gorda gafotas.

Qué bien se estaba en el parque, pensaba Ana, la madre bocadillo, mientras llevaba el táper con fruta recién comprada y, perseguía como una loca al niño, para que se comiera alguno de los trozos tan amorosamente cortados.

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En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo

La fragilidad de la memoria por Ángel Ortega

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Uno de los mejores recuerdos de Claudia, y al que acudía cuando la vida se ponía impertinente, era el de una tarde en casa de sus abuelos. Fue durante la boda de su tío Juan, el hermano pequeño de su padre; el jardín de la casa familiar estaba completamente lleno de gente ruidosa y medio borracha, un laberinto boscoso de piernas y cinturas saltando de un lado a otro amenazando pisarla o arrollarla. La música atronaba en todas partes de la casa y el césped estaba embarrado de trozos de tarta, vasos de plástico y cubitos de hielo medio derretidos. Aturdida y mareada, huyendo del caos, se refugió en el interior de la casa detrás del sofá y allí, compartiendo escondite, se tropezó con Lester, el gato de sus abuelos. Era un gato blanco con manchas negras asimétricas, con los ojos color verde y un bonito collar de charol brillante con una chapa dorada con su nombre grabado. Tenía las clásicas manías de los gatos propiedad de viejos, así que no se dejaba tocar, te bufaba cuando menos lo esperabas y no era raro salir de allí con algún arañazo. Al encontrárselo tan cerca, Claudia receló y alejó sus manos; el gato, no obstante, se le acercó y empezó a restregar su cabeza y a ronronear. Poco a poco le perdió el miedo y jugó con él como si nunca hubiera sido una amenaza; se persiguieron, cargó con él de un lado a otro como un bolso e incluso le acostó en la cama de la habitación de arriba como si fuera de juguete, dócil y blandito como un muñeco de trapo. Así pasaron las horas; a las tantas de la noche se quedó dormida completamente rendida y amaneció en su cama al día siguiente. Sigue leyendo

Los ojos de Hugo por Pilar Cortés

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Los ojos de Hugo eran vidriosos, y veían el mundo de una forma muy diferente a como lo veían el resto de los niños. Hugo nunca miraba a los ojos, ni siquiera a los de su madre Valérie. Nunca. Valérie se desesperaba.

Los primeros meses de vida de Hugo, ella intuía que algo no iba bien, que había “algo” que hacía que Hugo fuera diferente a los otros bebés, pero lo poco que decía a los médicos nadie le hacía caso. Hugo crecía y también crecía la distancia que le separaba de los otros niños, del mundo y de su madre. Pocas veces reía, nunca miraba a los ojos, no hablaba, hacía movimientos repetitivos, no le gustaba el contacto físico y tocaba el piano con tan sólo haber oído una vez la melodía.

Cuando Hugo tenía 4 años apenas hablaba y era el centro de las burlas de todos sus compañeros de clase. Era el raro del colegio y Valérie seguía desesperándose por entender a su hijo, por intentar entrar a ese mundo tan lejano. Un mundo diferente. Los médicos decidieron encerrar a Hugo en un centro psiquiátrico; retraso mental grave, fue el diagnóstico. Sigue leyendo

La Fuerza de un Ángel por Alberto Barranco

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¡Jamás, pensó, nunca pudo llegar a imaginar lo que le depararía una ausencia tan grande!

Él no entendía por qué, solo sentía la necesidad de romper una pesadilla que estaba viviendo en aquel momento, todo era dolor, pánico, lágrimas, lloros, gritos, desesperación, ¡quería despertar, quería volver a la normalidad y no lo conseguía!

Los segundos iban pasando, le parecían horas, todo indicaba lo mismo que veía ¡no podía ser! Era el peor momento de su vida, se le iba rompiendo el alma a cada instante, se estremecía su piel y se le arrugaba el corazón.

Allí estaba él, en su cama, como siempre, había esperado para despedirse, para recibir su último beso con una sonrisa que dibujaba su cara angelical.

Le destrozó la vida, ya eran solo recuerdos y fotografías. ¡NUNCA MÁS!  Le volvió a tener con él, ya no le besó más, se fue, ya no estaba, su caos, su destrucción, ya no tenía fuerzas, no quería seguir, era sólo un chaval que acababa de perder el sentido de la vida, se cubrió de oscuridad eterna, ya no sabía qué debía hacer, no quería disfrutar de nada, ni amigos, ni sueños. Sigue leyendo

Buenas noches por Javi de Ríos

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Cuidadosamente arropé a mi hijo y le di un beso en la frente. La mayor parte de los moratones se habían tornado ya amarillos, pero uno me preocupaba, blando, tumefacto. Me aseguré de que las persianas estaban bien ajustadas, no quería que la luz exterior perturbara su sueño. Antes de salir me detuve unos instantes a contemplar su rostro; dormía profundamente. Cerré la puerta sin hacer ruido, y con mucha suavidad le di tres vueltas a la llave.

Visita su web: La viga en mi ojo

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Bienvenido al Club por MoRius

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La verdad es que, indudablemente,  somos animales sociales.

Cuando vamos por libre, nos puede invadir durante un tiempo cierta sensación de libertad, poder, que se traduce en hacer lo que quieras, en seguir tus propias normas, un poco como sentirse en “una burbuja”, aislado y dominando tu propia situación… aunque creo que, en realidad, solo es un espejismo pasajero.

Lo cierto es que, en algún momento, siempre necesitamos de otros y cuando hacemos algo con alguien, construimos juntos, trabajamos, creamos, o jugamos, normalmente es mucho más enriquecedor.

Hay muchos niveles de interacción social, muchos “clubs” a los que pertenecer. Desde tu propio núcleo familiar (incluso puedes ser la mitad de tu par) hasta tu grupo de amigos, familia más lejana, trabajo, partidos políticos, grupos religiosos, etc. Sigue leyendo