La caja misteriosa por Titania Hielorrojo

tiempo

Empezó la semana con mal pie. No sólo le costó levantarse más que cualquier otro lunes, sino que camino del trabajo todo se fue torciendo: el atasco de la carretera, el desalojo del metro, la cara del jefe… La ansiedad crecía dentro de sus pulmones y con ella su sensación de prisión. Una jaula de barrotes invisibles, una cuerda enroscada por todo su cuerpo, unos hilos que fruncían sus labios y que le impedían gritar.

Llegó más tarde a casa. Cada día más tarde. Cansada y deshecha. Arrastrando sus notas por el hormigón del garaje. Buscó torpemente las llaves dentro de un bolso desordenado y el peso del sueño se posó en sus párpados mientras el ascensor subía hasta su refugio. Por fin en casa, pensó, pero ¡mira qué horas!

Salió al descansillo oscuro. El conserje no había cambiado la bombilla fundida. De repente un golpe seco contra algo inesperado. Ahogó un grito y retrocedió de inmediato. A tientas sacó el móvil y encendió la linterna, temerosa de lo que podría encontrar. Delante de su puerta había una caja enorme, del tamaño de una nevera. Una caja de madera de pino con varios clavos y una nota con su nombre. ESTELA. Dirigió la luz de la linterna hacia todos los rincones del descansillo. No había nadie. Estaba sola. No se atrevió a tocar esa caja. Incluso pensó en llamar a la policía. Pero examinando más despacio el bulto vio que la caja llevaba pintado un reloj. Un reloj exactamente igual que el que le regaló su padre siendo niña. Su primer reloj.

Acercó sus dedos temblorosos y acarició el dibujo. Sus ojos se llenaron de recuerdos alegres, entrañables, suspendidos en una memoria sin tiempo. Bajo el dibujo del reloj descubrió una cerradura de forma extraña e inmediatamente buscó en el llavero que aún sostenía en su mano. ¡No lo podía creer! El propio llavero era la llave de esa cerradura. Decidió probar y con un poco de resistencia ¡clac!, la cerradura giró y la caja se abrió.

Sus ojos se abrieron también de par en par. Ante ella millones de minutos flotaban en un espacio ingrávido. Minutos. Millones de ellos. Aquello que su padre le prometió de niña al regalarle aquel reloj: ¡EL TIEMPO!. Su padre le regaló el tiempo. Ese que nunca supo administrar y que siempre se le escapaba de las manos. Esa caja no era ni más ni menos que una máquina de fabricar tiempo. Un tiempo infinito que desde ese momento se marchaba y que jamás podría retener, salvo en sus recuerdos, o sobrevolando los tejados inalcanzables para perderse en el mar. Pues cada minuto vivido, ya era un minuto pasado.

Jaqueca por Maluras

jaquecaTan sólo cuando el dolor de cabeza fue insoportable me levanté de la cama. Balanceándome de un lado a otro conseguí llegar a la cocina. Con las manos intentaba agarrarme la cabeza y taparme los ojos a la vez. Una polilla sacudía sus últimos segundos de vida en la puerta de mi nevera. Le di un manotazo. Esperaba que se apartara, pero no se movió ni un milímetro. Medio cuerpo del insecto se había adherido a un lateral de mi mano. El asco me revolvió el estómago. Reprimí una arcada. Abrí el grifo. El agua se llevó los restos. Éstos se juntaron con unos granos de arroz de la cena. Busqué un vaso. Las manos me temblaban. Me tomé una pastilla y me volví al dormitorio.

Estaba comenzando a coger el sueño cuando escuché un zumbido. Probablemente me desmayé y perdí el conocimiento durante un tiempo, quizás días. Cuando me desperté el dolor de cabeza había sido substituido por una especie de nebulosa. Ya era de noche pero todavía había algo de luz, o quizás estaba amaneciendo. Seguía teniendo problemas de equilibrio.

Necesitaba ir al baño. Por el camino choqué con varios muebles y puertas. Unas pequeñas sombras negras se me abalanzaron y quedaron atrapadas en mi pelo. En un acto reflejo me protegí las orejas y los ojos con las manos. Encendí la luz tras varios intentos fallidos hasta encontrar el interruptor. Unas  mariposas pardas y aplastadas se me habían enganchado. El suelo estaba cubierto de  insectos con alas. Unos muertos y otros agonizantes. Intenté recordar si algo en la basura podía haberse podrido  durante mi desmayo.  Cuando me miré en el espejo pensé que la jaqueca me había nublado la vista. Una capa de un polvo marrón y brillante me cubría la piel. Había perdido mucho peso. Tenía la sensación de que los ojos se me iban a caer. Mis  brazos parecían hebras de hilo.

Quise darme unas palmadas en la cara para despertar de esa pesadilla, pero no lo hice. Se me habrían enganchado las mejillas en las manos. Un temblor como un zumbido me recorrió la espalda.

Y fue entonces cuando volé.

Luces en la noche por José Andres Hidalgo Moya

10850267_10204319351197327_4390437976730079387_nDespués de conducir innumerables horas a bordo de aquel coche alquilado en el aeropuerto, y guiado por un muy poco cordial GPS, por fin llegó a su inhóspito destino escondido entre las áridas montañas de esa perdida región minera argentina.

Aparcó el coche donde pudo y se dispuso a caminar sendero abajo. Antes, había repasado por última vez los informes de las observaciones y cálculos traídos desde su Estocolmo natal, sede también de su cátedra de Astronomía. ¡Por fin! Horas y horas tras el telescopio culminaban en la aventura de llegar hasta allí.

Su pulso se aceleró a medida que se acercaba a su destino. Poco a poco, la soledad y oscuridad del lugar en aquella noche que, esperaba, resultara ser de lo más esclarecedora, fue salpicada de pequeñas luces de linterna que, en una suerte de romería, fueron apareciendo aquí y allá. Sus portadores, parecían llevar el mismo recorrido y dirección que él, y según se los iba cruzando, lo saludaban con sonrisas cómplices y gestos de asentimiento. Trascurrido un rato, llegaron por fin a un descampado. Algunos, probablemente los primeros en llegar, habían mantenido encendidas varias modestas fogatas que además de proporcionarles algo de calor, iluminaban la vetusta y semiderruida fachada de una construcción ya abandonada no se sabía hacía cuánto.

Él, el profesor Bosse, saludó a sus colegas de profesión que habían estado esperando ansiosos. Estos, eran precisamente los mismos con los que había estado intercambiado durante meses ingentes cantidades de información y datos, precisamente desde el primer momento en que tuvo lugar el avistamiento y su posterior seguimiento.

El equipo, en definitiva, además de por él mismo, estaba compuesto por el coreano Gun-hyung y el mejicano Rodrigo Cuevas. Ahora el trío observaba expectante aquella fachada pobremente iluminada, y como si con anterioridad lo hubieran coreografiado, los tres comenzaron a caminar al unísono hacia la puerta de aquella estación de tren abandonada. Justo antes de atravesarla, echaron un vistazo hacia arriba, fijando la vista sobre su dintel: aún podía distinguirse un nombre en el sucio cartel que medio colgaba en lo que fuera aquella estación, en un remoto pueblo de la región argentina de Catamarca.

El cartel decía: Bélen…

“No pases frío” por Adrián Troncoso

chicas.jpgBASADO EN UNA LEYENDA POPULAR QUE CIRCULA POR LOS PUEBLOS DE LA COMARCA.

Era un sábado de finales de Octubre de 1968…

Las amigas de Juana habían organizado una salida a la capital sevillana. Todo un acontecimiento para unas jóvenes cansadas de ver siempre las mismas caras en el pueblo.

Juana tuvo que trabajar concienzudamente durante varias tardes para lograr el permiso de Aurora, su madre. La matriarca ya sabría cómo convencer a su marido…

-“Ten mucho cuidado, hija”.

-“No te juntes con los hombres que son todos unos guarros y quieren aprovecharse de ti”.

-“No perdáis el Amarillo” (así se denominaba al autobús que hacía el recorrido).

-“Abrígate bien, que por la tarde refresca”.

Pero aquel octubre era todavía caluroso. Y Juana se vistió elegantemente con una falda negra hasta las rodillas y una fina blusa blanca, rodeando su cuello con un bonito pañuelo de seda rojo.

Las cuatro veinteañeras subieron al autobús a las cuatro de la tarde. Cuarenta minutos después estaban en el Prado de San Sebastián disfrutando de una tarde otoñal. Pasearon por la Plaza de España y compartieron unos barquillos de canela mientras cruzaban por el Parque de María Luisa. Sigue leyendo

El otro mundo por Toni Ávila

marok.jpg

Los que han sido escogidos por el Altísimo gritan “¡Milagro!” y “¡Aleluya!” mientras dura la ascensión. En breve, estarán disfrutando de la tan ansiada vida eterna.

Sin embargo, una vez llegados a lo que debía ser el Paraíso, algo raro sucede: el aire se torna irrespirable y, poco a poco, empiezan a morir todos.

Los más afortunados viven lo suficiente para ver a su Dios, y boquean su último aliento justo antes de ser recogidos por El de entre las redes, metidos en cajas de poliestireno en función del calibre y ultracongelados rápidamente, para que no pierdan sus propiedades organolépticas.

Micro  ganador del Concurso Semanal de Microrrelatos de Cadena Ser Castellón.

Animales de Costumbres, 1er. Cap.: “Despierta” por Germán Montes

Despertador¡¡¡¡Clonc… plafff… clink… CRASH!!!

Vale, genial. No hay mejor forma de empezar el día.

Al intentar apagar el maldito despertador, vuelvo a arramblar con todos los trastos que he ido colocando en la mesita de noche durante varios días de concienzudo desorden.

Tiene algo de mágico levantarse un lunes cuando uno no tiene trabajo, ¿verdad?; seguro que lo tiene, solo que yo no termino de encontrárselo. Más bien creo que uno acaba levantándose porque no le queda otra. Alguna vez he intentado empalmar dos días seguidos en la cama, soñando con batir algún record; pero, llamadme hiperactivo, a partir de las 15 horas en la cama, empiezo a perder el sueño. Y como buenos animales de costumbres, comenzamos el día haciendo aquello que menos esfuerzo mental requiere; léase: bostezar, rascarnos la entrepierna y arrastrar los pies hasta el baño.

Una vez allí, y ya algo más despejados, podemos realizar tareas más complejas, como poner muecas frente al espejo, comprobar si tenemos algún nuevo michelín hospedado en la barriga, y, ya que estamos por el barrio, extraer cuidadosamente la pelusilla que ha vuelto a anidar en nuestro ombligo. Sigue leyendo

Clásico, estilo Bergere por Jorge Álvarez Murcia

sillon

¡Ven, siéntate!

Encajonado en aquel sillón clásico estilo bergere con orejeras de color vino tinto, Gorka suda considerablemente por cada uno de los poros de su piel, mientras nota cómo la camiseta blanca de tirante ancho se le pega poco a poco a su más que orondo cuerpo. Un fuerte olor a amoniaco se mezcla con los treinta y seis grados, y el ochenta por ciento de humedad del ambiente hace el resto. Le cuesta respirar y huele mal, a veces ve borroso y nota cómo el pelo se le pega a la cabeza. El sudor chorrea por su frente tan abundantemente que las cejas empapadas ya no sirven para nada. Poco a poco, las gotas inundan sus ojos provocándole un intenso escozor que es incapaz de evitar debido a que sus brazos, apoyados en línea recta sobre el sillón, parecen muertos. No consigue entender por qué no le responden sus miembros. Aumenta la temperatura cuando, de los pies a la cabeza, siente como si decenas, cientos de fuertes manos, comenzaran a pellizcarle con todos los dedos a la vez no dejando un solo lugar de su cuerpo que no estuviera siendo estrujado o como fuertemente magreado. Cada vez más fuerte, friccionando más, y más repetidamente.

El alarido se escuchó por toda la casa mezclándose con un creciente olor a chamusquina. Sigue leyendo

Zapatero a tus zapatos por Rafa Rius

zapatero

Llegó a casa cansado y con el ánimo por los suelos. El trabajo en la tienda le asqueaba, todo el día vendiendo botas de plástico y modernas deportivas de sicodélicos diseños no era el concepto de zapatero que había heredado tras varias generaciones de artesanos en su familia; pero al menos era un empleo en unos tiempos que se le antojaban difíciles.

Necesitaba evadirse, bucear un poco en la faceta creativa de su afición, sentirse durante un tiempo un zapatero de verdad. Bajó al sótano, allí se encontraba su taller particular. Había un tragaluz que de día confería una suave iluminación al lugar, pero a las horas que él llegaba debería dejarse los ojos con la pobre luz de una bombilla desnuda. La mayoría de las paredes estaban cubiertas de altas estanterías, y un gran número de zapatos descansaban en sus baldas; calzados de corte clásico, tal y como a él le gustaba confeccionarlo.

Se cambió de ropa, se ajustó un mandil de cuero, se colocó sus anteojos, y seleccionó entre todos un juego de zapatos marrones, tan limpios que su cuero pulido relucía como ningún otro; ante todo había que trabajar con comodidad. Abrió una alacena para hacerse con el material que necesitaba, y se dio cuenta que le quedaba un par de pliegos de cuero curtido; con eso sólo le llegaba para dos juegos, tendría que ir pensando hacerse con mas. Desplegó los patrones sobre la mesa de trabajo, estos eran del número cuarenta y tres, el que él usaba. Encendió el flexo, cogió la cuchilla, y empezó.

Cuando trabajaba, solía abstraerse tanto que perdía la noción del tiempo, puede que incluso hubiese echado una cabezadita, pero no lo recordaba. Miró el par de zapatos que había creado, salvo esperar a que la cola se secase prácticamente podía darlos por concluidos. Era tarde, pensó que sería mejor irse a descansar un poco; al día siguiente le esperaba otra maravillosa jornada en la tienda.

Al levantarse reparó en que sus zapatos ya no estaban pulidos, un barro los cubría casi por completo, y manchas de sangre marcaban el gastado suelo de madera… “Otra vez”, pensó. Abrió la alacena y varios pliegos de pellejo fresco colgaban de los asideros.

Desconocía qué había pasado en una noche en la que para él no había ocurrido nada, pero se percató que, esta vez, alguien había cometido un error; antes de curtir aquel pellejo, debería desechar el trozo que mostraba aquel bonito tatuaje.