En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo

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Tiempo de Aprender por Rubén Bustos

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Hay veces que es tarde para comprender y entender las cosas. Ahora, estoy entre tinieblas, mis ojos parpadean anestesiados, rápido descienden para no dejarme ver. La cabeza da vueltas, crujen mis neuronas, como si de una gran resaca se tratase. Apenas, podía recordar por qué estaba así. Mi cerebro me enviaba mensajes sobre mi postura, mas aún no estaba nada clara. Lo más posible es que me encontrara sentado, por los espasmos que daba mi columna vertebral, que era lo que me hacía mostrar, muy de vez en cuando, mis pupilas, aunque no era mucha la luz que por ellas pasaba.

Poco a poco, también empecé a sentir dolor en las muñecas, del roce continuado de un metal completamente frío, casi glacial. Y los aguijonazos que sufrían los maleólos de mis tobillos tenían un sentimiento de soledad y prisión, adorados con cuerdas.

No recuerdo por qué llegué aquí. Mis conexiones cerebrales traían flashes, hacia delante y detrás como un VHS antiguo. BackForward continuos con escenas inconexas. Por ejercer un poco de positividad, quizá eso era bueno. Y las cabezadas comenzaban a disminuir, pareciendo que el sueño daba paso a un atisbo de lucidez.

Las fuerzas, a pesar de no ser muy numerosas, comenzaban a llegar y vi los grilletes, que sostenían mi razón atada a la silla. Mi primer impulso fue gritar “¡Sacarme de aquí!”, pero mis cuerdas vocales estaban adormecidas aún. Sigue leyendo

Ojo con lo que deseas por Rafa Rius

4492498646_f4a8cb5799_zFoto by Geoffrey Fairchild

¿Eres coleccionista? ¿Te atraen los sellos, los llaveros, los posavasos? ¿O acaso tu gusto es algo más retorcido y coleccionas animales muertos, mujeres violadas, fotos de niños desnudos o de cadáveres? Yo soy coleccionista, y mi afición es tal que me lleva a reconocer mi enfermiza obsesión… ¿Si soy consciente de ello ya no es tal? Me temo que no, pero es que para mí, mi colección es imprescindible, cada componente me observa desde sus estantes, y con más de mil doscientos ejemplares es la colección más impresionante de ellos que existe; creo que hay un americano que anda por los trescientos. ¡Ja! Me río yo de su colección. El caso es que hoy es un día especial porque… Mejor todo a su debido tiempo. Sigue leyendo

Animales de Costumbres, 2º cap.:”Chubascos Cerebrales” por Germán Montes

testOK.jpgLa calle sigue donde la dejé. Bien, algunas cosas siguen funcionando.

La misma jungla… los mismos animales; amas de casa con bolsas de supermercados repletas de la compra de la semana; hombres descuidadamente trajeados, hablando por móviles de última generación; mujeres con pantalones y chaquetas tan impolutas como su maquillaje, repartidores con o sin uniforme llevando sus cargas de un lado a otro… gente de todo tipo de género, nacionalidad, clase social, creencia y orientación sexual, con un claro punto en común: la prisa. Hagan lo que hagan, vayan donde vayan, siempre bajo la etiqueta de urgente.

Antes no me daba cuenta de esto; no me detenía a mirar, a observar a la gente. Supongo que antes… era como todos. En algún momento, me salí del camino; no recuerdo cuándo, ni cómo, se me acabaron las ganas de ser uno más. Pero esto no tuvo nada que ver con que perdiera mi trabajo. Realmente me gustaba lo que hacía. No es que trabajar en un aeropuerto fuera mi sueño hecho realidad. Ni siquiera volaba, como muchos de mis compañeros. Pero cargar el equipaje de los viajeros en el avión me hacía sentir parte de sus viajes. Una parte tan insignificante como vital; como un pequeño polizón casi imperceptible, pero cuya ausencia puede conllevar desagradables sorpresas. Al fin y al cabo, nadie quiere perder media vida en una maleta extraviada. Sigue leyendo

Zapatero a tus zapatos por Rafa Rius

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Llegó a casa cansado y con el ánimo por los suelos. El trabajo en la tienda le asqueaba, todo el día vendiendo botas de plástico y modernas deportivas de sicodélicos diseños no era el concepto de zapatero que había heredado tras varias generaciones de artesanos en su familia; pero al menos era un empleo en unos tiempos que se le antojaban difíciles.

Necesitaba evadirse, bucear un poco en la faceta creativa de su afición, sentirse durante un tiempo un zapatero de verdad. Bajó al sótano, allí se encontraba su taller particular. Había un tragaluz que de día confería una suave iluminación al lugar, pero a las horas que él llegaba debería dejarse los ojos con la pobre luz de una bombilla desnuda. La mayoría de las paredes estaban cubiertas de altas estanterías, y un gran número de zapatos descansaban en sus baldas; calzados de corte clásico, tal y como a él le gustaba confeccionarlo.

Se cambió de ropa, se ajustó un mandil de cuero, se colocó sus anteojos, y seleccionó entre todos un juego de zapatos marrones, tan limpios que su cuero pulido relucía como ningún otro; ante todo había que trabajar con comodidad. Abrió una alacena para hacerse con el material que necesitaba, y se dio cuenta que le quedaba un par de pliegos de cuero curtido; con eso sólo le llegaba para dos juegos, tendría que ir pensando hacerse con mas. Desplegó los patrones sobre la mesa de trabajo, estos eran del número cuarenta y tres, el que él usaba. Encendió el flexo, cogió la cuchilla, y empezó.

Cuando trabajaba, solía abstraerse tanto que perdía la noción del tiempo, puede que incluso hubiese echado una cabezadita, pero no lo recordaba. Miró el par de zapatos que había creado, salvo esperar a que la cola se secase prácticamente podía darlos por concluidos. Era tarde, pensó que sería mejor irse a descansar un poco; al día siguiente le esperaba otra maravillosa jornada en la tienda.

Al levantarse reparó en que sus zapatos ya no estaban pulidos, un barro los cubría casi por completo, y manchas de sangre marcaban el gastado suelo de madera… “Otra vez”, pensó. Abrió la alacena y varios pliegos de pellejo fresco colgaban de los asideros.

Desconocía qué había pasado en una noche en la que para él no había ocurrido nada, pero se percató que, esta vez, alguien había cometido un error; antes de curtir aquel pellejo, debería desechar el trozo que mostraba aquel bonito tatuaje.

Sara por Jorge Álvarez Murcia

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-¿No recuerdas qué pasó?

-Hacen mal sus feas palabras en mis pesadillas, ¡dile que se detenga!

La melena enmarañada le llegaba hasta empaparse con el agua, que abundante, rebosaba a borbotones vertiéndose por el piso, de un baño en la planta baja, que casi estaba inundado. Mojadas palmas y dedos, sus deshidratadas manos, se aferraban fuertemente a los bordes del lavabo manteniéndola inclinada como a ciento treinta grados. Descalza y con pijama, mojado hasta los tobillos, los dibujos estampados ascienden hasta el ombligo, donde cuerda de embalar, anudada doblemente, ciñe al talle un pantalón que hace poco entraba exacto.

Sobre párpados morados, sus inmensos ojos miel, reflejan atormentados la angustia del que ha perdido, una lucha interminable contra instintos animales que la mantienen en vilo, despierta y con diez sentidos. Y contrastan con el gris de una piel que no se toca, porque ya no siente el tacto cálido de otras horas. Sigue leyendo

EL PACIENTE por José Andrés Hidalgo

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CENTRO PSIQUIÁTRICO DE CINCINNATI

INFORME CLÍNICO RELATIVO AL PACIENTE NÚMERO 563

DATOS PERSONALES

Sujeto: Robert Headdown.

Fecha de nacimiento: 12 de Abril de 1950 (45 años). Appletown, Cincinnati.

Estado Civil: Soltero.

Ocupación: Granjero.

Residencia: Appletown, Cincinnati. (NOTA: vive junto a su madre; Sally Headdown. Padre desconocido).

 Fecha de ingreso: 5 de Marzo de 1995. Remitido por el juzgado número 2 de Cincinnati.

SEGUIMIENTO CRONOLÓGICO Y SÍNTESIS DEL TRATAMIENTO REALIZADO DURANTE LA ESTANCIA DEL PACIENTE EN NUESTRO CENTRO PSIQUIÁTRICO:

 Día 1:

El enfermo ingresa a primera hora de la mañana en las instalaciones de nuestro Centro. Después de los trámites pertinentes, se le acomoda inmediatamente en su cubículo acolchado del pabellón 1, dedicado a ingresos recientes que han de mantenerse previamente bajo observación.

En el transcurso de la tarde, el paciente es trasladado a la sala E, donde es entrevistado por el doctor Sam Richardson.

Durante la entrevista, el sujeto no muestra voluntad comunicativa, manteniéndose en silencio en todo momento como única reacción a las preguntas y cuestiones del doctor, formuladas reiteradamente durante el transcurso de aproximadamente 30 minutos.

Este procedimiento fue repetido posteriormente a la hora de la cena, sin conseguirse resultado alguno.

Día 2:

El enfermo es trasladado a la sala de “Estimulación sensorial”, donde realiza el circuito programado para este tipo de casos (consistente en chorros de agua fría a presión. 0.5mg de Metilfenidato y estimulación eléctrica parietal). Sigue leyendo

La Mansión de Jeydeby por Jorge Álvarez Murcia

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Un fuerte olor a muerte va devolviéndole a la realidad, mientras la poca luz dilata unas pupilas que dejan entrever lo que parecen cabezas moviéndose histéricas sobre él. Cuatro grilletes sujetos a cadenas, tensadas por poleas, le apresan de muñecas y tobillos y estiran sus miembros haciendo de su cuerpo una famélica equis a punto de partirse por la mitad. Varias antorchas proporcionan toda la luz de la estancia mientras, un inexplicable, aterrador y continuo alarido, inunda pasillos, dormitorios, cocina y salones, de aquella lujosa mansión victoriana del siglo XIX.

La sensación es la de que no tiene miembros, ni los siente ni padece dolor. Noción del tiempo y orientación son conceptos hace tiempo ya olvidados, debido a que su estado de consciencia va y viene sin control. Sigue leyendo