“No pases frío” por Adrián Troncoso

chicas.jpgBASADO EN UNA LEYENDA POPULAR QUE CIRCULA POR LOS PUEBLOS DE LA COMARCA.

Era un sábado de finales de Octubre de 1968…

Las amigas de Juana habían organizado una salida a la capital sevillana. Todo un acontecimiento para unas jóvenes cansadas de ver siempre las mismas caras en el pueblo.

Juana tuvo que trabajar concienzudamente durante varias tardes para lograr el permiso de Aurora, su madre. La matriarca ya sabría cómo convencer a su marido…

-“Ten mucho cuidado, hija”.

-“No te juntes con los hombres que son todos unos guarros y quieren aprovecharse de ti”.

-“No perdáis el Amarillo” (así se denominaba al autobús que hacía el recorrido).

-“Abrígate bien, que por la tarde refresca”.

Pero aquel octubre era todavía caluroso. Y Juana se vistió elegantemente con una falda negra hasta las rodillas y una fina blusa blanca, rodeando su cuello con un bonito pañuelo de seda rojo.

Las cuatro veinteañeras subieron al autobús a las cuatro de la tarde. Cuarenta minutos después estaban en el Prado de San Sebastián disfrutando de una tarde otoñal. Pasearon por la Plaza de España y compartieron unos barquillos de canela mientras cruzaban por el Parque de María Luisa. Sigue leyendo

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El juego de las sillas por Adrián Troncoso Rodríguez

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Golfo de Cádiz. Fecha de ayer.

Cuidadosamente intentó extraer el corcho de la botella. Estaba demasiado humedecido y terminó deshaciéndose parcialmente en sus manos. Empujó con un dedo el resto del corcho hacia el interior e intentó mirar por el cuello de la botella, pero el vidrio estaba muy erosionado para ver el interior. Algo había y sonaba. La removió hasta que creyó ver un pequeño rollo de papel. Y sonrió.

Se dirigió hacia el botiquín que tenía en la cocina–comedor del barco y buscó unas pinzas. Como un niño que juega al “Operación” intentaba atrapar aquel papel, pero éste se le seguía resistiendo. Volvió a entrar en el habitáculo principal de la embarcación, en esta ocasión a por las gafas de cerca. Las encontró y volvió a salir a cubierta donde tenía más luz. Ahora sí… y con esmero tiró lentamente del folio enrollado para no romperlo. Estaba seco y en aparente buen estado. Tan solo restos del corcho deshecho.

Contento por el logro, comenzó a desenrollar meticulosamente el manuscrito. Estaba en castellano. Sigue leyendo

Huevos por Javier Quevedo Puchal

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La primera vez que lo vi, me pregunté dónde estaba la sonrisa amable con que siempre lo representaban en los cuentos. Desde luego, aquel cuerpecillo enfermizo no tenía nada que ver con las ilustraciones de mi infancia. Orejas cuarteadas de costras, ojos inyectados en sangre y pelaje apelmazado. Así es el conejo de Pascua que habita en el viejo cementerio. No sé si está vivo o muerto, pero el caso es que se mueve. Da saltitos entre las lápidas y se oculta tras la maleza. A veces, gira su cabeza agusanada y me mira inquisitivo, como asegurándose de que le sigo el juego. A fin de cuentas, también este conejo de Pascua esconde huevos bajo tierra. Claro que los suyos están pintados de negro. Y ocultan sorpresas muy especiales. Sigue leyendo

La leyenda del naipe por Fernando Cámara

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En el club Madariaga, centro de reunión para gente adinerada y de avanzada edad, hay una baraja de naipes que se encuentran en un pequeño armarito del salón, custodiado a su derecha por las obras completas de A.B.C. y a su izquierda por una serie de licores añejos lujosamente envasados.

Hace casi treinta años que vi por primera vez aquella baraja y sigue siendo hoy la única razón de mis visitas al club.

A través de esos naipes, concretamente en uno de ellos (la sota de oros), se nos revela una leyenda, cuya veracidad yo no voy a cuestionar.

La mujer que en esa particular baraja representa a la citada sota, maneja en su mano diestra un escudo en el que, con aguda observación, se puede contemplar el dibujo de un pequeño pueblo situado en la depresión de un monte. Monte que cobija de infortunios a sus pacíficos, bonachones y temerosos habitantes. En la cima se puede ver (ayudados por  una potente lupa) una figura, de seguro una mujer, envuelta en una túnica blanca, y toda ella rodeada por un fantasmagórico halo.

Y aquí comienza la leyenda, en el mismo momento en que distanciamos el naipe de nuestra vista, apuramos la copa de coñac, y nos dejamos llevar libres por la ensoñación, sumergidos en la tranquilidad de sabernos a salvo.

Visita su web: www.fernandocamara.com