Un trance veraniego por María

AmanecerAquellas mañanas de verano en las que el día no estaba planeado…

La minúscula cantidad de luz  que entraba por las ranuras de las persianas me cegaba, resultándome imposible volver a entrar en el bello trance que es el sueño. Alargaba mi brazo hacia la ventana, alcanzaba la cinta de la persiana y, por fin, conseguía bajarla, sintiendo un gran alivio al volver a ver la oscuridad en la habitación en la que estaba.

Una vez ya a oscuras, mi cuerpo volvía a sentir su propio peso. Mis piernas perdían la fuerza, después los brazos, y esta sensación subía hasta alcanzar mis párpados. Horas más tarde despertaba ya descansada; trataba de desperezarme arrastrando mis piernas hasta el borde de la cama y dejándolas caer hacia el suelo; me incorporaba apoyándome en el brazo derecho, y  aún a oscuras, frotaba mis ojos para mejorar mi visión de la habitación.

En fin, ya estaba preparada para pasar aquel día de verano.  Un día, de esos, en los que puedes esperar cualquier cosa.

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La Romi por Toni Ávila

laromiLa niña se saca los mocos en la puerta de la chabola. Sus deditos hurgan, una y otra vez, en los pequeños orificios en busca del preciado manjar. Cerca, una escuálida cabra intenta pastar algo en el secarral donde se ubica la casucha de cartón, palets y uralita. El sol pega fuerte y hace más penetrante el hedor de la cochinera donde malviven un par de cerdos. La niña se llama Romi, tiene 10 años y su padre acaba de decirle que va a casarse con el hombre que le acompaña. Un señor que la mira de arriba a abajo y sonríe de una forma que le da escalofríos. Se llama Manuel y tiene 30 años. Ella, y los dos cerdos, se marchan con él. Mientras recuerda, la Romi barre la calle. Algo absurdo teniendo en cuenta que la calle es de tierra. Pero a la Romi le gusta barrer. Le evade.

Nueve hijos ha parido la Romi. El primero lo tuvo con 11 años. La mayoría se cuidan solos. Alguno se va y no vuelve más. Cree que el mayor está en la cárcel, pero también podría estar muerto. Debe ser una mala madre, porque muchas veces desearía que ninguno hubiera nacido. O peor, que se murieran todos, y ella pudiera ser libre.

La Romi barre, barre el campo.

El Manolo no tardará en llegar, toda la mañana en la chatarra: hecho polvo estoy, qué hay de comer, de comer no hay ná, mala mujer, golpe, bofetada, golpe, patada, golpe,…

Un día apareció un grupo de gente en el poblado. Eran forasteros. Les tiraron piedras. Les pincharon las ruedas de sus coches. Les dijeron que si volvían, saldrían de allí con los pies por delante. Uno de ellos, antes de marcharse, la miró fijamente. Fue solo un segundo pero sintió que hablaban. La Romi pensó que a lo mejor era un ángel.

Desde que se casaron, el Manolo no le ha dicho que la quiere ni una sola vez, pero le ha reventado la boca en multitud de ocasiones. Piensa que no podrá volver a sonreír jamás, porque le han borrado la sonrisa a guantazos. Una vez, desesperada, habló con su suegra y esa misma noche el Manolo le dio otra paliza. Desde entonces aprendió a estar calladita.

La Romi barre, barre como una loca. Quita la arena, y la arena vuelve. Así todo el día.

La noche en que se marchó, la Romi dejó la escoba ocupando su lugar en el camastro. Por la mañana, el Manolo se volvería loco. No le cabía duda de que, si la pillara, la mataría.

“En toda la eternidad, solo voy a vivir una vez”, pensó la Romi, mientras iba al encuentro de los ángeles, a la luz de la luna.

Madera podrida por MoRius

maderapodrida.jpgLe había acompañado en multitud de aventuras, incluso alguna no demasiado agradable. Pero era hora de avanzar, el barco se caía a pedazos. La vela no era más que una caricatura de aquella que fue: tersa, mecida por el viento, altiva… no quedaba ya nada de eso. El seguro multirriesgo lo cubriría todo, su lema: “nuevo por viejo”, sería su solución.

Aquel atardecer embarcó con una sola idea en su cabeza hacia el grupo de arrecifes. Observó las hermosas estrellas que formaban imágenes extrañas de caleidoscopio en la noche oscura, inhaló el olor que desprendía la vieja madera podrida de tanta sal y se sintió invadido por una enorme nostalgia.

-“Este barco soy yo”, pensó –“Viejo, acabado, sin fuerzas ¿debo deshacerme también de mí?”

Miró hacia arriba, en ese cielo extraño surcado de luces, la décima estrella parecía sentenciar: “No”.

Y fue entonces cuando, cambiando su rumbo y junto a su inseparable compañero de viaje, partió hacia el amanecer con su ánimo intacto esta vez.

Relato finalista en la VIII Convocatoria del concurso de microrrelatos de la RED CUMES

En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo

Animales de Costumbres, 1er. Cap.: “Despierta” por Germán Montes

Despertador¡¡¡¡Clonc… plafff… clink… CRASH!!!

Vale, genial. No hay mejor forma de empezar el día.

Al intentar apagar el maldito despertador, vuelvo a arramblar con todos los trastos que he ido colocando en la mesita de noche durante varios días de concienzudo desorden.

Tiene algo de mágico levantarse un lunes cuando uno no tiene trabajo, ¿verdad?; seguro que lo tiene, solo que yo no termino de encontrárselo. Más bien creo que uno acaba levantándose porque no le queda otra. Alguna vez he intentado empalmar dos días seguidos en la cama, soñando con batir algún record; pero, llamadme hiperactivo, a partir de las 15 horas en la cama, empiezo a perder el sueño. Y como buenos animales de costumbres, comenzamos el día haciendo aquello que menos esfuerzo mental requiere; léase: bostezar, rascarnos la entrepierna y arrastrar los pies hasta el baño.

Una vez allí, y ya algo más despejados, podemos realizar tareas más complejas, como poner muecas frente al espejo, comprobar si tenemos algún nuevo michelín hospedado en la barriga, y, ya que estamos por el barrio, extraer cuidadosamente la pelusilla que ha vuelto a anidar en nuestro ombligo. Sigue leyendo

Las últimas migas de las magdalenas por Laura Luna

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Recorrió la azotea a zancadas, con la adrenalina palpitándole en el cuello y sin pararse a valorar la decisión que acababa de tomar para completar la huida. Trepó por la valla con su característica agilidad gatuna y saltó.

En el aire sonrió, extendiendo los brazos y las piernas procurando abarcar el mayor espacio posible, como hacía cada vez que dormía en su cama o nadaba en el lago que disfrutaba cada verano. Agradeció llevar el equipo completo (casco, traje y paracaídas) que tantas veces le habían salvado en persecuciones que requerían soluciones extremas. Cerró los ojos, mientras se esforzaba con convertir aquella sensación en la certeza de que estaba volando. No por avioneta, como hacía casi todos los días, sino por medios propios. Lástima que fuera un vuelo tan corto, lástima que los edificios en aquella ciudad fueran tan bajos. Se abrió el paracaídas con el fastidio de quien apaga el despertador a una odiosa hora.

Aterrizó sobre la acera con la gracia de un hada y recogió el paracaídas, pidiendo disculpas a los transeúntes a los que estaba molestando. Ellos las aceptaban con un gesto de la mano y proseguían su camino, demasiado absortos en sus preocupaciones personales como para percatarse de que una chica acababa de caer del cielo. Rodeó la manzana y caminó unas pocas calles más, con paso tranquilo y camuflándose entre la gente. Sigue leyendo

La Fuerza de un Ángel por Alberto Barranco

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¡Jamás, pensó, nunca pudo llegar a imaginar lo que le depararía una ausencia tan grande!

Él no entendía por qué, solo sentía la necesidad de romper una pesadilla que estaba viviendo en aquel momento, todo era dolor, pánico, lágrimas, lloros, gritos, desesperación, ¡quería despertar, quería volver a la normalidad y no lo conseguía!

Los segundos iban pasando, le parecían horas, todo indicaba lo mismo que veía ¡no podía ser! Era el peor momento de su vida, se le iba rompiendo el alma a cada instante, se estremecía su piel y se le arrugaba el corazón.

Allí estaba él, en su cama, como siempre, había esperado para despedirse, para recibir su último beso con una sonrisa que dibujaba su cara angelical.

Le destrozó la vida, ya eran solo recuerdos y fotografías. ¡NUNCA MÁS!  Le volvió a tener con él, ya no le besó más, se fue, ya no estaba, su caos, su destrucción, ya no tenía fuerzas, no quería seguir, era sólo un chaval que acababa de perder el sentido de la vida, se cubrió de oscuridad eterna, ya no sabía qué debía hacer, no quería disfrutar de nada, ni amigos, ni sueños. Sigue leyendo

Donde reside la mirada: Parte III -La ilusión- por Florent Santos

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El temblar de una voz que agita un corazón agitado, es el centelleo de un lucero de ilusión. Una mirada en las claras del día, viviendo no por el aire que respira, sino por el que lo hará. Amanecer de cada uno de los momentos que están por vivir, que los esperas y ansías, necesitando en cada uno de ellos, la grandeza de lo que no se tiene, que tan grande es para tenerlo que su posesión lo empequeñece.

Ilusión que hace que brille la mirada porque el corazón y el alma brilla. Unos ojos llenos de ilusión son como esa pequeña cajita en la que desde siempre vas guardando pequeños tesoros, cotidianas pequeñeces, con la ilusión de convertirlas en grandes y excepcionales realidades. Ese es el gran misterio de la alquimia de la ilusión. Pócima secreta que solo un corazón ilusionado conoce, guardado secreto que permanece siempre oculto en las pupilas más inocentes, cargadas de pureza hasta el iris.

La mirada, la mirada ilusionada es la que elige la primera pieza del puzzle mientras sueña en la inconclusa obra. La que cada día riega una semilla de amistad, disfrutando la inconsistencia del futuro amor. Esa es la verdadera ilusión, la verdadera mirada.

 

Imagen: sitio web “Caminando en la Perseverancia”