Jaqueca por Maluras

jaquecaTan sólo cuando el dolor de cabeza fue insoportable me levanté de la cama. Balanceándome de un lado a otro conseguí llegar a la cocina. Con las manos intentaba agarrarme la cabeza y taparme los ojos a la vez. Una polilla sacudía sus últimos segundos de vida en la puerta de mi nevera. Le di un manotazo. Esperaba que se apartara, pero no se movió ni un milímetro. Medio cuerpo del insecto se había adherido a un lateral de mi mano. El asco me revolvió el estómago. Reprimí una arcada. Abrí el grifo. El agua se llevó los restos. Éstos se juntaron con unos granos de arroz de la cena. Busqué un vaso. Las manos me temblaban. Me tomé una pastilla y me volví al dormitorio.

Estaba comenzando a coger el sueño cuando escuché un zumbido. Probablemente me desmayé y perdí el conocimiento durante un tiempo, quizás días. Cuando me desperté el dolor de cabeza había sido substituido por una especie de nebulosa. Ya era de noche pero todavía había algo de luz, o quizás estaba amaneciendo. Seguía teniendo problemas de equilibrio.

Necesitaba ir al baño. Por el camino choqué con varios muebles y puertas. Unas pequeñas sombras negras se me abalanzaron y quedaron atrapadas en mi pelo. En un acto reflejo me protegí las orejas y los ojos con las manos. Encendí la luz tras varios intentos fallidos hasta encontrar el interruptor. Unas  mariposas pardas y aplastadas se me habían enganchado. El suelo estaba cubierto de  insectos con alas. Unos muertos y otros agonizantes. Intenté recordar si algo en la basura podía haberse podrido  durante mi desmayo.  Cuando me miré en el espejo pensé que la jaqueca me había nublado la vista. Una capa de un polvo marrón y brillante me cubría la piel. Había perdido mucho peso. Tenía la sensación de que los ojos se me iban a caer. Mis  brazos parecían hebras de hilo.

Quise darme unas palmadas en la cara para despertar de esa pesadilla, pero no lo hice. Se me habrían enganchado las mejillas en las manos. Un temblor como un zumbido me recorrió la espalda.

Y fue entonces cuando volé.

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En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo

Ojo con lo que deseas por Rafa Rius

4492498646_f4a8cb5799_zFoto by Geoffrey Fairchild

¿Eres coleccionista? ¿Te atraen los sellos, los llaveros, los posavasos? ¿O acaso tu gusto es algo más retorcido y coleccionas animales muertos, mujeres violadas, fotos de niños desnudos o de cadáveres? Yo soy coleccionista, y mi afición es tal que me lleva a reconocer mi enfermiza obsesión… ¿Si soy consciente de ello ya no es tal? Me temo que no, pero es que para mí, mi colección es imprescindible, cada componente me observa desde sus estantes, y con más de mil doscientos ejemplares es la colección más impresionante de ellos que existe; creo que hay un americano que anda por los trescientos. ¡Ja! Me río yo de su colección. El caso es que hoy es un día especial porque… Mejor todo a su debido tiempo. Sigue leyendo

Los ojos de Hugo por Pilar Cortés

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Los ojos de Hugo eran vidriosos, y veían el mundo de una forma muy diferente a como lo veían el resto de los niños. Hugo nunca miraba a los ojos, ni siquiera a los de su madre Valérie. Nunca. Valérie se desesperaba.

Los primeros meses de vida de Hugo, ella intuía que algo no iba bien, que había “algo” que hacía que Hugo fuera diferente a los otros bebés, pero lo poco que decía a los médicos nadie le hacía caso. Hugo crecía y también crecía la distancia que le separaba de los otros niños, del mundo y de su madre. Pocas veces reía, nunca miraba a los ojos, no hablaba, hacía movimientos repetitivos, no le gustaba el contacto físico y tocaba el piano con tan sólo haber oído una vez la melodía.

Cuando Hugo tenía 4 años apenas hablaba y era el centro de las burlas de todos sus compañeros de clase. Era el raro del colegio y Valérie seguía desesperándose por entender a su hijo, por intentar entrar a ese mundo tan lejano. Un mundo diferente. Los médicos decidieron encerrar a Hugo en un centro psiquiátrico; retraso mental grave, fue el diagnóstico. Sigue leyendo

Sara por Jorge Álvarez Murcia

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-¿No recuerdas qué pasó?

-Hacen mal sus feas palabras en mis pesadillas, ¡dile que se detenga!

La melena enmarañada le llegaba hasta empaparse con el agua, que abundante, rebosaba a borbotones vertiéndose por el piso, de un baño en la planta baja, que casi estaba inundado. Mojadas palmas y dedos, sus deshidratadas manos, se aferraban fuertemente a los bordes del lavabo manteniéndola inclinada como a ciento treinta grados. Descalza y con pijama, mojado hasta los tobillos, los dibujos estampados ascienden hasta el ombligo, donde cuerda de embalar, anudada doblemente, ciñe al talle un pantalón que hace poco entraba exacto.

Sobre párpados morados, sus inmensos ojos miel, reflejan atormentados la angustia del que ha perdido, una lucha interminable contra instintos animales que la mantienen en vilo, despierta y con diez sentidos. Y contrastan con el gris de una piel que no se toca, porque ya no siente el tacto cálido de otras horas. Sigue leyendo

UN ÁNGEL CON LAS ALAS ROTAS por David G. Panadero

ImagenA Arancha, para que sus bellas alas no pierdan jamás una pluma.

Se dice que los ángeles no tienen sexo, pero Mariana sabe que sí; sus alas fueron cortadas hace ya muchos años, ni siquiera ella misma recuerda cuánto tiempo hace.

Al principio prefería mantenerlo en secreto; era un secreto que la avergonzaba. Comenzó usando gafas de sol incluso de noche, y llevando los brazos cubiertos. No quería que nadie percibiera sus estigmas. Sentía repulsión hacia su propio cuerpo, en otros tiempos estilizado y armónico. El descuido la hizo engordar cada vez más, y del armario no sacaba más que un chándal amplio y camisetas raídas.

Hasta que un buen día rompió con todo, y se puso en manos de profesionales. Ni la medicación la ayudaba a conciliar el sueño; se eternizaba frente al televisor, observando pasivamente los absurdos espacios de tele-tienda, mientras la sonrisa de sus labios se transformaba poco a poco en un rictus de desprecio, no hacia nada en particular, simplemente desprecio.

Lo peor eran las terapias de grupo. Allí se encontraba con más muchachas mancilladas que parecían carecer de personalidad. La terapeuta las obligaba a afrontar la situación, a odiarse a sí mismas, a enfrentarse unas a otras, a “reaccionar”, según decía.

Recomendaban la práctica de algún arte marcial como forma de desahogo. Allí Mariana parecía salir de su mutismo y sublimar sus conflictos mediante fuertes descargas de adrenalina.

Ella lo sabía: era un ángel, a pesar de tener las alas rotas. Quizás el tópico fuese cierto; los ángeles no tienen sexo. Mariana ya no sentía impulsos en ese sentido; quizás nunca los hubiera percibido. Le gustaba pensar en sí misma como una criatura celestial, imaginarse el ángel portador de la espada de un Dios colérico.

Desde pequeña la educaron para sentirse culpable de los errores ajenos. Pensó que, tal vez, acabando con todo, cruzaría por fin las Puertas del Cielo.

EL PACIENTE por José Andrés Hidalgo

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CENTRO PSIQUIÁTRICO DE CINCINNATI

INFORME CLÍNICO RELATIVO AL PACIENTE NÚMERO 563

DATOS PERSONALES

Sujeto: Robert Headdown.

Fecha de nacimiento: 12 de Abril de 1950 (45 años). Appletown, Cincinnati.

Estado Civil: Soltero.

Ocupación: Granjero.

Residencia: Appletown, Cincinnati. (NOTA: vive junto a su madre; Sally Headdown. Padre desconocido).

 Fecha de ingreso: 5 de Marzo de 1995. Remitido por el juzgado número 2 de Cincinnati.

SEGUIMIENTO CRONOLÓGICO Y SÍNTESIS DEL TRATAMIENTO REALIZADO DURANTE LA ESTANCIA DEL PACIENTE EN NUESTRO CENTRO PSIQUIÁTRICO:

 Día 1:

El enfermo ingresa a primera hora de la mañana en las instalaciones de nuestro Centro. Después de los trámites pertinentes, se le acomoda inmediatamente en su cubículo acolchado del pabellón 1, dedicado a ingresos recientes que han de mantenerse previamente bajo observación.

En el transcurso de la tarde, el paciente es trasladado a la sala E, donde es entrevistado por el doctor Sam Richardson.

Durante la entrevista, el sujeto no muestra voluntad comunicativa, manteniéndose en silencio en todo momento como única reacción a las preguntas y cuestiones del doctor, formuladas reiteradamente durante el transcurso de aproximadamente 30 minutos.

Este procedimiento fue repetido posteriormente a la hora de la cena, sin conseguirse resultado alguno.

Día 2:

El enfermo es trasladado a la sala de “Estimulación sensorial”, donde realiza el circuito programado para este tipo de casos (consistente en chorros de agua fría a presión. 0.5mg de Metilfenidato y estimulación eléctrica parietal). Sigue leyendo

RECORTEZ POR JAVI RÍOS

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La culpa la tuvieron los malditos recortes. Las instituciones que albergaban a los miles y miles de zombies estaban totalmente colapsadas, no quedaba ni un solo euro, y la gran mayoría de los enfermos serían devueltos a sus casas.

Cuando María levantó el auricular del teléfono sabía lo que le iban a decir, pero no entraba dentro de sus planes que Antonio volviera a casa esa misma tarde.

… y no se preocupe, se le subirá la pensión un 3%, aunque tendrá que pagar aparte las medicinas de su marido.

Lo subieron a casa entre 2 enfermeros, y lo dejaron atado en la vieja cama de matrimonio.

Tenga cuidado, señora, a pesar del zombielac muerden, se lo aseguro.

Y allí se quedó, mirando directamente a los ojos vidriosos de Antonio, y a un pequeño hilo de baba que no acaba de caer nunca. Algo había allí dentro de su marido, aquel que tantas palizas le había pegado, algo que estaba bien donde estaba.

Suspiró, y se fue a hacer la cena.

Visita su web: La viga en mi ojo