Tiempo de Aprender por Rubén Bustos

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Hay veces que es tarde para comprender y entender las cosas. Ahora, estoy entre tinieblas, mis ojos parpadean anestesiados, rápido descienden para no dejarme ver. La cabeza da vueltas, crujen mis neuronas, como si de una gran resaca se tratase. Apenas, podía recordar por qué estaba así. Mi cerebro me enviaba mensajes sobre mi postura, mas aún no estaba nada clara. Lo más posible es que me encontrara sentado, por los espasmos que daba mi columna vertebral, que era lo que me hacía mostrar, muy de vez en cuando, mis pupilas, aunque no era mucha la luz que por ellas pasaba.

Poco a poco, también empecé a sentir dolor en las muñecas, del roce continuado de un metal completamente frío, casi glacial. Y los aguijonazos que sufrían los maleólos de mis tobillos tenían un sentimiento de soledad y prisión, adorados con cuerdas.

No recuerdo por qué llegué aquí. Mis conexiones cerebrales traían flashes, hacia delante y detrás como un VHS antiguo. BackForward continuos con escenas inconexas. Por ejercer un poco de positividad, quizá eso era bueno. Y las cabezadas comenzaban a disminuir, pareciendo que el sueño daba paso a un atisbo de lucidez.

Las fuerzas, a pesar de no ser muy numerosas, comenzaban a llegar y vi los grilletes, que sostenían mi razón atada a la silla. Mi primer impulso fue gritar “¡Sacarme de aquí!”, pero mis cuerdas vocales estaban adormecidas aún. Sigue leyendo

Ojo con lo que deseas por Rafa Rius

4492498646_f4a8cb5799_zFoto by Geoffrey Fairchild

¿Eres coleccionista? ¿Te atraen los sellos, los llaveros, los posavasos? ¿O acaso tu gusto es algo más retorcido y coleccionas animales muertos, mujeres violadas, fotos de niños desnudos o de cadáveres? Yo soy coleccionista, y mi afición es tal que me lleva a reconocer mi enfermiza obsesión… ¿Si soy consciente de ello ya no es tal? Me temo que no, pero es que para mí, mi colección es imprescindible, cada componente me observa desde sus estantes, y con más de mil doscientos ejemplares es la colección más impresionante de ellos que existe; creo que hay un americano que anda por los trescientos. ¡Ja! Me río yo de su colección. El caso es que hoy es un día especial porque… Mejor todo a su debido tiempo. Sigue leyendo

La carta del prisionero por Ángel Ortega

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Amor mío:

Han pasado largos meses desde mi cautiverio y no he hecho otra cosa que anhelarte. Los días y las noches se han sucedido sin diferencia. Aún estoy vivo pero tu falta es para mí la verdadera y más terrible agonía. Hoy mis carceleros, movidos quizá por la piedad que siempre habita en los corazones de los hombres, han cambiado de actitud y al salir el sol me han sacado al exterior por primera vez. Los olores de la mañana me han embriagado. Me han dejado junto a un árbol, solo, empapado de lágrimas recordando tus ojos y el suave tacto de tus manos. Sí, he llorado como un niño, frágil como un tallo tierno arrancado de su raíz. Mientras escuchaba voces tras el muro hablar en su extraña lengua me he acordado de aquel juego de nuestra infancia, Las Nueve Palabras, que se jugaba con esta canción: Sigue leyendo

Cuento de hadas por MoRius

Ese maravilloso viaje que le habían prometido no se parecía en nada a lo que estaba sucediendo. 
Por su mente desfilaban, a rápidas ráfagas, las imágenes de lo acontecido en los últimos meses: la boda, la luna de miel, la casa nueva, las manías, el orden, la sumisión, los gritos, los golpes. 
 
Y ahora, portaba en su mano, el cuchillo ensangrentado que había acabado con todo eso. 

Era el final del viaje, de ese cuento de hadas que, de pequeña, su madre le contaba justo antes de quedarse dormida. 

En ellos, los príncipes, nunca maltrataban a sus princesas.

La culpa del superviviente por Ángel Ortega

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Acababan de cumplirse tres meses desde el accidente cuando me dieron de alta. Listo para volver, decía el doctor, y casi curado del todo, decía el fisioterapeuta. Salvo por mi oído derecho inservible y el tener que usar un bastón para andar (lo que me daba cierto aire de dandy victoriano, solía bromear entonces) se me podía considerar un elemento recuperado. Ignorando el dolor, claro, pero eso también tenía solución, porque de nuevo las sustancias químicas volvían a ayudarme a hacerlo todo más llevadero. Así que era el momento de cerrar un asunto pendiente respecto a mi amigo Martín.

Mi amigo Martín ya no estaba, igual que su novia Valerie y el descerebrado de Jesús. Todos ellos murieron en el accidente, el mismo que ahora me hace arrastrarme como un viejo y estar hasta las cejas de calmantes. Hay varias cosas que se dijeron de aquello que no son ciertas y hay un puñado de sentimientos que voces en mi cabeza que tengo que silenciar. Jodido Martín.

Como sabes, porque salió en los periódicos, cuatro amigos, tres chicos y una chica, se habían estrellado con el coche yendo borrachos como cubas.El vehículo había invadido el carril contrario atravesando la mediana, arrastrando a un motorista (que se libró con solo heridas leves) y golpeándose contra un árbol para acabar hundiéndose en el Jarama, que aquel día iba cargado de agua (cosa rara).

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Clásico, estilo Bergere por Jorge Álvarez Murcia

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¡Ven, siéntate!

Encajonado en aquel sillón clásico estilo bergere con orejeras de color vino tinto, Gorka suda considerablemente por cada uno de los poros de su piel, mientras nota cómo la camiseta blanca de tirante ancho se le pega poco a poco a su más que orondo cuerpo. Un fuerte olor a amoniaco se mezcla con los treinta y seis grados, y el ochenta por ciento de humedad del ambiente hace el resto. Le cuesta respirar y huele mal, a veces ve borroso y nota cómo el pelo se le pega a la cabeza. El sudor chorrea por su frente tan abundantemente que las cejas empapadas ya no sirven para nada. Poco a poco, las gotas inundan sus ojos provocándole un intenso escozor que es incapaz de evitar debido a que sus brazos, apoyados en línea recta sobre el sillón, parecen muertos. No consigue entender por qué no le responden sus miembros. Aumenta la temperatura cuando, de los pies a la cabeza, siente como si decenas, cientos de fuertes manos, comenzaran a pellizcarle con todos los dedos a la vez no dejando un solo lugar de su cuerpo que no estuviera siendo estrujado o como fuertemente magreado. Cada vez más fuerte, friccionando más, y más repetidamente.

El alarido se escuchó por toda la casa mezclándose con un creciente olor a chamusquina. Sigue leyendo

La Fuerza de un Ángel por Alberto Barranco

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¡Jamás, pensó, nunca pudo llegar a imaginar lo que le depararía una ausencia tan grande!

Él no entendía por qué, solo sentía la necesidad de romper una pesadilla que estaba viviendo en aquel momento, todo era dolor, pánico, lágrimas, lloros, gritos, desesperación, ¡quería despertar, quería volver a la normalidad y no lo conseguía!

Los segundos iban pasando, le parecían horas, todo indicaba lo mismo que veía ¡no podía ser! Era el peor momento de su vida, se le iba rompiendo el alma a cada instante, se estremecía su piel y se le arrugaba el corazón.

Allí estaba él, en su cama, como siempre, había esperado para despedirse, para recibir su último beso con una sonrisa que dibujaba su cara angelical.

Le destrozó la vida, ya eran solo recuerdos y fotografías. ¡NUNCA MÁS!  Le volvió a tener con él, ya no le besó más, se fue, ya no estaba, su caos, su destrucción, ya no tenía fuerzas, no quería seguir, era sólo un chaval que acababa de perder el sentido de la vida, se cubrió de oscuridad eterna, ya no sabía qué debía hacer, no quería disfrutar de nada, ni amigos, ni sueños. Sigue leyendo