El maletín por José Andrés Hidalgo

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Eran las siete y media de la mañana. Sonó el timbre de la puerta. De un respingo salté de la cama, y en pijama y zapatillas, me acerqué a la entrada que da directamente a la calle. Ojeé a través de la mirilla y observé a un hombre portando un maletín en su mano izquierda.

Con párpados aún torpes, entreabrí la puerta y allí estaba ese caballero trajeado frente a mí. Chaqueta, pantalones y corbata negros. Inexpresivo.

–¿Qué desea? –le balbuceé mientras contenía mi bostezo.

Sin mediar palabra por su parte, sin que yo pudiese pronunciar ninguna palabra más, sostuvo su maletín con la mano izquierda por debajo cual bandeja, y a continuación, con la derecha abrió los cierres delanteros con un sonoro clip, levantando la tapa ante mí. Todo ello sin cambiar su expresión y sin apartar la vista de mis ojos.

Nadie caminaba por la calle a esas horas, solo habitaba fuera el maldito frío tempranero que se colaba por la puerta, ya casi abierta totalmente.

Sin mirar lo que ofrecía y con impaciente deseo de despacharle rápidamente, le dije:

–¡No quiero nada! Gracias.

Pero continuó inmutable. Como si no fuera con él la cosa.

Bajé la vista al interior del maletín. Sobre un forro rojo satén, descansaban tres objetos bien anclados. Sigue leyendo

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Getsemaní por Raelana Dsagan

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Esperó a que sus compañeros se durmieran. Nunca lo dejaban solo, aún ahora se agitaban en sueños, como si una parte de ellos se sintiera culpable porque el cansancio los hubiera rendido. Se separó entonces del grupo y se ocultó entre los árboles, disfrutando de ese momento de silencio antes de rebuscar en sus alforjas. La lámpara seguía allí, vieja y herrumbrosa; sus padres la habían traído de Egipto y él la había guardado desde que era un niño, el único objeto que conservaba de su infancia.

La frotó con cuidado, sin estar seguro de si quería llamar al genio o no.  Salió en forma de humo espeso que tomó una forma vagamente humana, en la que lo que mejor se distinguía eran dos grandes ojos oscuros. El genio se cruzó de brazos, aunque delante ya no tenía a un niño emocionado al que podía impresionar, ni a un joven impulsivo que buscaba ayuda. Ahora era un hombre adulto con el ceño marcado por profundas arrugas al que ya no le quedaban más deseos por pedir. Sigue leyendo

Sueño de una tarde de primavera por Pily Barba

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Destrocé mis nudillos llamando a tu puerta, y un buen día, cuando ya no me quedaba piel, cuando me limitaba a lamer las heridas sin más, me golpeé la frente con tus sentimientos. Ahí estaban, creando un potente eco en mi cerebro; abriendo un túnel en mi pecho y estrujándome por último el corazón. El destino dado la vuelta: todo él. Lo que antes era un no, un “jamás llegará”, o un “quizás en otra vida, nena”, ahora es un TE QUIERO zarandeándome toda. De arriba abajo y de extremo a extremo.

Y me da la risa floja. Yo que pensaba que los cuentos de hadas estaban escritos solo para niños; para una pequeña minoría de adultos soñadores y estúpidos. Y sin embargo, heme aquí viviendo lo que antes fue el sueño de una tarde de primavera. Y mientras lo sueño, me abrazas, y me siento rápida y extrañamente protegida: Fuerte. Mujer. Tan mujer como siempre he querido sentirme en los brazos de un hombre. Como nunca antes lo había hecho.

Todo es ternura. Todo es novedad. Love is in the air, lalalala laaaaa.

¡No! Ahí viene esa parte de mí que nunca descansa. Ese lado oscuro que incluso el segundo Skywalker sentía a veces siendo un pobre bendito: ¿y si no somos suficientes el uno para el otro? ¿Y si desaparece la magia? ¿Y si todo se rompe?

Afortunadamente, antes de que esa ronda indefinida de “isis” me desborde, me someta, y me destroce, tú la cortas metiendo tu lengua en mi boca. Revolviendo con ella mis dudas y transformándolas todas en un sencillo SÍ: Sí a todo contigo. Sí a todo a tu lado. Sí saldrá bien.