Cama Vacía por Titania Hielorrojo

sabanasdesnudas

 

Víctor se desabrochó la camisa con lentitud. Sus dedos estaban tan cansados como él. Los botones duros de sus Levi’s se le resistieron pero los abrió. Se sentó en la cama, sobre el colchón desnudo. Se quitó las botas, los calcetines y por fin los pantalones y los calzoncillos. Sólo unas gafas de sol negras cubrían un cuerpo atlético y bien proporcionado. Observó tras ellas la habitación desordenada. Desde que echó a lavar las últimas, hacía varios días, dormía a pelo y había ido acumulando la ropa usada en cualquier parte de la habitación. Se tumbó, desnudo como su colchón, colocando las manos entrelazadas por detrás de la nuca. Algún día cambiaría esos cuadros de la pared de enfrente (unas siluetas en rojo y amarillo de dos desnudos, uno femenino y otro masculino, sobre un fondo negro). Los tenía ya muy vistos, pero al menos hacían bulto. También pondría algún día una lámpara que sustituyera a la bombilla que ahora colgaba del techo por sus cables pelados y tricolores, marrón, azul y amarillo. A su izquierda la ventana, con la persiana subida, dejaba ver el amanecer y potenciaba el rojo cereza con el que Silvia había pintado la pared de cabecera.

Cogió el móvil que había dejado al llegar sobre la mesilla de madera de su derecha y quitó todas las alarmas. Por suerte mañana sería lunes y se daría un descanso. Acarició los tiradores de porcelana de los cajones que también había comprado Silvia. Ella tenía un gusto peculiar por las combinaciones de todo tipo. Quizá por ello había decidido combinarle a él con un compañero su bufete: un bohemio con un abogadillo. Pero el cóctel no combinó bien para Víctor. Por eso, había echado a lavar a Silvia de sus pensamientos, junto con las mismas sábanas.

Quería dormir. Olvidarse de todo el día. Un día más pasado bajo tierra, en la estación de metro Santiago Bernabeu, tocando un teclado a ratos y una guitarra eléctrica a otros, mientras cientos de estirados jóvenes uniformados con traje y corbata o faldas y tacones, subían y bajaban las escaleras mecánicas al son de sus composiciones. Las mismas escaleras que le trajeron a Silvia desde una estación cualquiera. Quería olvidar la música por unas horas y dormir. Pero Silvia seguía ahí, imaginariamente ocupando el otro lado del colchón, también desnuda y equilibrando el peso y el espacio de esa habitación desordenada. Porque el equilibrio necesitaba de dos.

El calor de ese cuarto cerrado sólo conseguía aumentar su soledad. En las noches de verano el cuerpo de Silvia se pegaba al suyo y sudaban desnudos haciendo el amor, dejando las huellas de sus manos sobre el rojo cereza de la pared,  hasta caer empapados y desfallecidos uno sobre otro. Ahora Víctor sudaba también, pero de angustia. Con sus dedos cansados se acarició. En el techo la bombilla apagada, la habitación en penumbra y el colchón desnudo soportando un solo cuerpo excitado. Víctor se quedó dormido y soñó que subía y subía y subía escaleras.

Cuento de hadas por MoRius

Ese maravilloso viaje que le habían prometido no se parecía en nada a lo que estaba sucediendo. 
Por su mente desfilaban, a rápidas ráfagas, las imágenes de lo acontecido en los últimos meses: la boda, la luna de miel, la casa nueva, las manías, el orden, la sumisión, los gritos, los golpes. 
 
Y ahora, portaba en su mano, el cuchillo ensangrentado que había acabado con todo eso. 

Era el final del viaje, de ese cuento de hadas que, de pequeña, su madre le contaba justo antes de quedarse dormida. 

En ellos, los príncipes, nunca maltrataban a sus princesas.

E.V.A. por Pily Barba

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Observo momentáneamente tus pupilas. Esas mismas que un día transmitían calma, alegría, luz, AMOR. Las mismas que ahora sólo emiten oscuridad, vanidad, desarraigo y mentira. Observo, sí. Las observo. Y grabo su falsa expresión. Retina a retina. Hasta el momento en que su imagen llega a esa parte de mi cerebro donde se deposita silenciosamente, como un pobre poso: un residuo sin valía.

Las observo, claro. Y lo hago soportando el escozor que me producen las lágrimas. Pensando en todo lo que me ha costado llegar hasta aquí, porque me ha costado. Trabajé duro mientras resistía a duras penas tus constantes devaneos, tu destrucción como respuesta a mi obstinada construcción. Y al final… ¿Al final qué? Hiciste marchitar lo que yo conseguí hacer florecer con tanto ahínco; tiraste por la borda tanto esfuerzo, tanta ilusión, tanto tú y yo.

Observo tus pupilas, sí. Al tiempo que te golpeo y te suelto de tu asidero. Te empujo con fuerza y toda mi mala leche, y observo divertida tu mirada desquiciada mientras te alejas sin saber qué ocurre exactamente. Uh, y sin posibilidad de aferrarte a ninguna parte… Qué faena, amor. Sigue leyendo

Buenas noches por Javi de Ríos

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Cuidadosamente arropé a mi hijo y le di un beso en la frente. La mayor parte de los moratones se habían tornado ya amarillos, pero uno me preocupaba, blando, tumefacto. Me aseguré de que las persianas estaban bien ajustadas, no quería que la luz exterior perturbara su sueño. Antes de salir me detuve unos instantes a contemplar su rostro; dormía profundamente. Cerré la puerta sin hacer ruido, y con mucha suavidad le di tres vueltas a la llave.

Visita su web: La viga en mi ojo

Corazón roto por Toni Ávila

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Cuando él se marchó dando un portazo, su corazón se desparramó por el suelo de la cocina, hecho pedazos. Con toda la paciencia del mundo recogió los trocitos, uno a uno, llorando en silencio por la pérdida de tan irreparable órgano. Como no se puede vivir sin corazón decidió sustituir el roto por uno nuevo. Abrió el congelador, cogió un cubito de hielo y lo puso en el hueco que había quedado en su pecho. Imbuida de una nueva visión del mundo miró los trocitos de su antiguo y frágil corazón con total indiferencia, los tiró a la basura, se secó las frías lágrimas y fue a llamar a un cerrajero.

Sueño de una tarde de primavera por Pily Barba

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Destrocé mis nudillos llamando a tu puerta, y un buen día, cuando ya no me quedaba piel, cuando me limitaba a lamer las heridas sin más, me golpeé la frente con tus sentimientos. Ahí estaban, creando un potente eco en mi cerebro; abriendo un túnel en mi pecho y estrujándome por último el corazón. El destino dado la vuelta: todo él. Lo que antes era un no, un “jamás llegará”, o un “quizás en otra vida, nena”, ahora es un TE QUIERO zarandeándome toda. De arriba abajo y de extremo a extremo.

Y me da la risa floja. Yo que pensaba que los cuentos de hadas estaban escritos solo para niños; para una pequeña minoría de adultos soñadores y estúpidos. Y sin embargo, heme aquí viviendo lo que antes fue el sueño de una tarde de primavera. Y mientras lo sueño, me abrazas, y me siento rápida y extrañamente protegida: Fuerte. Mujer. Tan mujer como siempre he querido sentirme en los brazos de un hombre. Como nunca antes lo había hecho.

Todo es ternura. Todo es novedad. Love is in the air, lalalala laaaaa.

¡No! Ahí viene esa parte de mí que nunca descansa. Ese lado oscuro que incluso el segundo Skywalker sentía a veces siendo un pobre bendito: ¿y si no somos suficientes el uno para el otro? ¿Y si desaparece la magia? ¿Y si todo se rompe?

Afortunadamente, antes de que esa ronda indefinida de “isis” me desborde, me someta, y me destroce, tú la cortas metiendo tu lengua en mi boca. Revolviendo con ella mis dudas y transformándolas todas en un sencillo SÍ: Sí a todo contigo. Sí a todo a tu lado. Sí saldrá bien.

Especialista en corazón por MoRius

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– “Buenos días, doctor.”

– “Buenos días, siéntese y dígame lo que le pasa.”

– “Creo que estoy fatal, prepárese para sacar la pizarra y apuntar los síntomas, estoy un poco asustada”.

– “Eso lo decidiré yo, empiece por el principio y no se vaya por las ramas”.

– “Está bien. Le diré que los síntomas se han ido agravando con el tiempo, en un primer momento, era algo así como una sensación difícil de describir, algo etérea, quizá solo en mi mente, pero ahora son sensaciones muy definidas: Sigue leyendo