La mitad de la verdad por Ángel Ortega

mitad verdad

Hay días como estos en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo. El vacío quiere arrastrarme pero no encuentro la forma de acudir a su llamada y nada me reconforta salvo quizá contar mi historia tal y como la cuento ahora. Esa historia que empezó cuando mi hija Isabel y yo nos fuimos a vivir a la casa de campo junto al río.

Yo era un escritor de éxito que necesitaba concentración en un nuevo trabajo y a la vez poderle dedicar tiempo a mi hija. Tenía que solucionar ambas cosas y decidí que lo mejor era apartarnos del resto del mundo. La situación era completamente diferente a lo que las personas de mi alrededor pensaban: yo no era un hombre interiormente destruido sino alguien que remontaba desde lo profundo y que retomaba las riendas de su vida. Mi decisión había sido meditada y el campo era el entorno perfecto.

La sensación que tuvimos Isabel y yo al entrar por primera vez en la casa fue completamente opuesta. Ella descubrió de un vistazo todas las posibilidades que le brindaba para sus juegos infantiles: el antiguo establo con la escalera de madera que subía al pajar, el montón de enseres de cocina abandonados en el porche trasero, el baúl lleno de trapos viejos del ático y la suave pendiente de arena fina y barro que bajaba hasta la orilla. Yo, por el contrario, sentí la opresión de mi vacío interno aumentada por los rincones húmedos y faltos de iluminación, el olor a cieno, el aislamiento y mi propia bancarrota, tanto literal como metafórica. Sigue leyendo

Anuncios