#PalabradeAmor

Gracias a todos los que habéis aportado vuestro granito de arena para que el #Amor no sea cosa de un solo día…

Gracias por estar siempre ahí #PalabradeAmor

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Nuestros tuiteros:

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Nuestros amigos feisbukeros:

“He decidido quererte y apostar por ti. Lo sé, es 14 de febrero. Toma, tu rosa. En el espejo, su reflejo le tendía la flor. ‪#‎PalabradeAmor‬

Claire Kusanagi

“-Cuelga tú.
-No, tú.
-No, tú.
-Venga, tú.
-Vale.
Apretó la palanca y los tres condenados fueron ahorcados de inmediato.
‪” #‎PalabradeAmor‬

Magnus Dagon

“Te he querido trescientos sesenta y cuatro días. Lástima que hoy, 14 de febrero, haya decidido dejarte. Hasta mañana, mi amor.” ‪#‎PalabradeAmor‬

Mj Sánchez

“Ellos inventaron el candado antigravitatorio: sobre el puente, un beso. Y dejó de hundirse con el peso de los demás candados.” ‪#‎PalabradeAmor‬

Juan Antonio Fernández Madrigal

“El brillante profesor creó la Máquina del Amor, apuntó hacia la cama de su bella ayudante… y acabó casándose con el perro.” #‎PalabradeAmor‬

Joan Antoni Fernández

“Ella se apiadó y le ofreció su corazón, y él lo devoró con gusto. Aunque ahora era un zombi,seguían sin gustarle los sesos.”  ‪#‎PalabradeAmor‬

George Kaplan

“No te asustes, cariño. Sé cuánto la añoras. He leído su diario. No notarás la diferencia. Abrázame. Abrázame. Mamá ya está aquí.”‪#‎PalabradeAmor‬

Ángel Luis Sucasas Fernández

-Papá ¿Qué es el amor? -¿Ves ese perro verde allí? -¿Existen los perros verdes? -Cuando veas uno le preguntas por el amor #‎PalabradeAmor‬

Yolanda Erreblanco

-Papá ¿es lo mismo querer y amar?
-Querer es temer a peder. Y amar es dar libertad.
-¿Por eso te dejó mamá?
-Un perro verde#‎PalabradeAmor

Yolanda Erreblanco

–¿Adónde iremos? –te dice mientras te coge de la mano.
Tiras de ella y dejáis la playa atrás andando sobre las olas.#‎PalabradeAmor‬

Carlos Ignacio Romeo Puolakka

Envío mi ‪#‎PalabradeAmor‬ a ese universo paralelo al nuestro donde tú también me quieres y somos felices.

Lola Robles

Si me lo pidieras cruzaría una selva virgen.
Si me lo pidieras me arrojaría a un volcán.
Si me lo pidieras… dejaría de amarte.#‎PalabradeAmor

Ramón San Miguel

-Amor, hoy he leído
Esencias en el aire
Que hablaban de ti,
Y de tu mirada azul,
Océano infinito donde navego…
– El niño tiene mocos.
– Voy ‪#‎PalabraDeAmor‬

Toni Ávila

“Un susurro que te saca la sonrisa en medio del vagón abarrotado, sin venir a cuento”#‎PalabraDeAmor‬

Titania Hielorrojo

“¿El AMOR? Enciende, abrasa, enloquece, enfurece, traiciona, desgarra, desconcierta, reaparece, ilusiona…NO TE VAYAS, AMOR”#‎PalabraDeAmor

Titania Hielorrojo

-Acuérdate de la película hijo: amar es no tener que decir nunca lo siento.
-¿Y si lo siento?
-Entonces mientes porque amas.#PalabradeAmor

Francisco Pérez Fernández

“No pases frío” por Adrián Troncoso

chicas.jpgBASADO EN UNA LEYENDA POPULAR QUE CIRCULA POR LOS PUEBLOS DE LA COMARCA.

Era un sábado de finales de Octubre de 1968…

Las amigas de Juana habían organizado una salida a la capital sevillana. Todo un acontecimiento para unas jóvenes cansadas de ver siempre las mismas caras en el pueblo.

Juana tuvo que trabajar concienzudamente durante varias tardes para lograr el permiso de Aurora, su madre. La matriarca ya sabría cómo convencer a su marido…

-“Ten mucho cuidado, hija”.

-“No te juntes con los hombres que son todos unos guarros y quieren aprovecharse de ti”.

-“No perdáis el Amarillo” (así se denominaba al autobús que hacía el recorrido).

-“Abrígate bien, que por la tarde refresca”.

Pero aquel octubre era todavía caluroso. Y Juana se vistió elegantemente con una falda negra hasta las rodillas y una fina blusa blanca, rodeando su cuello con un bonito pañuelo de seda rojo.

Las cuatro veinteañeras subieron al autobús a las cuatro de la tarde. Cuarenta minutos después estaban en el Prado de San Sebastián disfrutando de una tarde otoñal. Pasearon por la Plaza de España y compartieron unos barquillos de canela mientras cruzaban por el Parque de María Luisa. Sigue leyendo

La carta del prisionero por Ángel Ortega

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Amor mío:

Han pasado largos meses desde mi cautiverio y no he hecho otra cosa que anhelarte. Los días y las noches se han sucedido sin diferencia. Aún estoy vivo pero tu falta es para mí la verdadera y más terrible agonía. Hoy mis carceleros, movidos quizá por la piedad que siempre habita en los corazones de los hombres, han cambiado de actitud y al salir el sol me han sacado al exterior por primera vez. Los olores de la mañana me han embriagado. Me han dejado junto a un árbol, solo, empapado de lágrimas recordando tus ojos y el suave tacto de tus manos. Sí, he llorado como un niño, frágil como un tallo tierno arrancado de su raíz. Mientras escuchaba voces tras el muro hablar en su extraña lengua me he acordado de aquel juego de nuestra infancia, Las Nueve Palabras, que se jugaba con esta canción: Sigue leyendo

PaZ y Silencio por Pilar Cortés

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Sofía era agnóstica, no creía en ese Cristo al que una gran mayoría idolatraba. Sin embargo, aquel domingo caluroso de junio entró a la pequeña parroquia de La Seo.

No entró para rezar, ni cantar las alabanzas, ni para oír misa, tan sólo necesitaba paz y silencio. Los lugares santos eran los únicos en donde encontraba la paz que necesitaba para escucharse a sí misma.

Entró refugiándose del calor y el bullicio de la ciudad. Al entrar descubrió un pequeño templo resguardado de los ojos menos curiosos; toda la decoración era casi mínima, no ostentosa. La única excepción era el altar mayor revestido de oro, así como el techo. Se quedó absorta contemplando el techo tan sencillo pero a la vez tan maravilloso; representaba como una espiral cada vez más pequeña en forma de pequeña cúpula. Pensó que su vida en algo se parecía al maravilloso techo. Buscó un sitio y se sentó en uno de los primeros bancos. Al sentarse sintió sobre sus hombros el peso de las tres culturas que habían pisado su ciudad, así como la belleza que todas y cada una de ellas había aportado a su propia cultura, a su fe en su dios particular.

El sacerdote celebraba la eucaristía al mismo tiempo que, todos los fieles, cantaban y oraban. Ella estaba ajena a todo ello, aunque el mensaje del sacerdote caló hondo en su corazón: “Amaos los unos a los otros”.

Ése era el dogma  a aprender y con el cual evangelizar al mundo. Cuando escuchó ese mensaje, brotó una lágrima de sus ojos; ¿De verdad es posible eso? ¿Por qué entonces nos hemos vuelto todo cada vez más egoístas y menos fraternales?

Pensó en la poca importancia que ahora tiene el amor de los unos a los otros; pocos lo practican y quienes lo hacen, de todo corazón y sin esperar nada a cambio, deciden dar su vida por su Cristo.  ¿Tan difícil es quererse y demostrarlo? En los tiempos que corren, le pareció una gran utopía, pero en la boca del sacerdote parecía una tarea de lo más fácil y satisfactoria. Lloró amargamente… ¿Tan difícil era hacerlo?

Acabó la eucaristía, y Sofía parecía haber echado raíces… había alguna fuerza que emanaba de, no sabía de dónde, que la obligaba a quedarse allí, a escuchar y a estar, por unos minutos, en paz.

Se trasladó a diferentes mundos de antaño, se vio a sí misma; en su burbuja, fuera de los cánones marcados por la sociedad. Le vinieron a la mente todos y cada uno de las personas que formaban su vida; su familia, sus amigos, conocidos… Los puso a todos en fila de a uno, los examinó uno a uno, con sus pros y sus contras. Después los metió en su balanza particular… quería hacer una balanza para deshacerse de los fantasmas, los añadidos, los fariseos, los hijos pródigos y los Judas… Al final, una vez “envasados” y etiquetados, los volvió a poner en fila de uno según su aportación; había cambios con respecto a la anterior fila. ¿Por qué será que aquéllos que nos son indispensables en un momento, en otro, aparecen casi en último lugar?

El silencio y la paz le dieron la respuesta acertada; el tiempo es el mejor sabio.

MATILDA por Titania Hielorrojo

Matildaok.jpgTan enigmática como el interior del bolso de una mujer, era la mirada de Matilda. Sus ojos, grandes y del color de la miel clara, tenían un extraña transparencia en todo su iris, que continuamente escondía bajando los párpados. Entonces esos ojos cerrados quedaban enmarcados por unas pobladas cejas negras y aun así, parecía que Matilda seguía mirándote. Irremediablemente me enamoré de ella. ¡Pero de eso hace ya tanto tiempo…! Creo que fue así:

Un atardecer de julio ella me rozó sin darse cuenta. Sólo atiné a distinguir un suave pañuelo de seda que salía por la puerta de la cafetería, enroscado a un cuello perfumado. Fue instantáneo. Un dardo oloroso directo al corazón. Salí en su busca. Seguí el rastro del perfume. Sí: llevaba canela y mil flores más, pero… ¡ese olor a hormonas era inconfundible! No podría decir cuánto tiempo caminé, pero oscurecía entre las calles estrechas del barrio de Chueca y mi defectuosa vista ya sólo distinguía borrosas manchas en movimiento. A pesar del anochecer, el calor apretaba las sienes y se hundía sobre mis hombros dificultando mi respiración. Aceleré el paso guiándome sólo de mi olfato. Rastreé como un perro y al notar que el perfume se iba perdiendo, mi ansia crecía. Las aceras se iban vaciando. La movida se concentraba en garitos altamente refrigerados y herméticos, rebosantes de cuerpos indefinidos y hacinados bajo el ritmo de la música, cuerpos hambrientos de sexo a la carta. Los conocía de sobra. Pero Matilda no estaba dentro. Podía olerla cada vez más cerca. Muy cerca. Mi corazón se aceleró. ¡Estaba tan cerca! A la vuelta de la esquina.

Y al doblar la esquina, una mano ancha pero de uñas afiladas me acercó bruscamente hacia el descansillo oscuro de un portal. “Hola, soy Matilda y deja de seguirme”, me dijo con una voz grave. No me pidió permiso: me encontré entre sus brazos y atrapados mis labios entre su jugosa lengua. No le pedí permiso: exploré con avidez todos los rincones de su cuerpo y ella los míos. Nos miramos con sorpresa. Nada de lo que descubrimos era lo que parecía. Nos amamos de pie, como pudimos, contra las losas aún calientes de la pared de ese oscuro portal.

Desde entonces nos amamos y aunque sus ojos se cerraron hace mucho tiempo, aún siguen mirándome. Yo conservo su pañuelo de seda impregnado aún de su perfume. En las noches de verano me lo ato al cuello como lo hacía ella y salgo a buscar otro portal oscuro en el que atrapar otra presa, diciendo: “Hola soy Yolanda y deja de seguirme”.

SILENCIOS por Titania Hielorrojo

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A través del ventanal pierdo la vista en las aguas del embalse y en la bruma temprana del horizonte. Adoro los despertares y sus silencios que, lentamente, dan paso a sonidos que se desperezan con la luz. Pocas veces puedo despertar junto a mi amante. En la habitación de arriba, una habitación cualquiera de un paraje escondido, él descansa. Mirando al embalse a través del ventanal siento, aún, el peso de su cuerpo. Huelo, aún, el calor de su boca pegada a mi oído. Me gustan los momentos de soledad de los despertares tranquilos, en su compañía. Fumar un pitillo temprano, dejando que las palabras se vayan posando, perezosas, sobre el papel de mi cuaderno.

Un paréntesis junto al ventanal. Un espacio suspendido entre un ayer y un más tarde. Un despertar silencioso en un tiempo indecentemente mío. Sólo mío. Un descanso que busco con avidez para no olvidar el placer del silencio, de su cuerpo cálido pegado a mi piel. Un hueco entre las horas robadas a la rutina. Para grabar en mi cerebro la luz, la bruma, su olor. Y escribir en el cuaderno cada gramo de sensaciones, mirando al embalse. No imagino un momento igual sin él en la habitación de arriba. No imagino escribir en otro lugar en el que él no esté cerca.

Me pregunto, junto al ventanal, si sería posible que estos despertares fueran eternos. Si pudiera existir siempre una habitación, arriba, con su cuerpo caliente esperando al mío. Y un cuaderno de hojas infinitas para llenarlo de palabras y despertares. Palabras pausadas, desmenuzadas, deshilachadas. Palabras que peino y que luego me pongo para salir del silencio y contárselas al oído, al calor de mi boca.

También me pierdo entre las llamas; entre las ramas de roble que arden en la chimenea. Un fuego en un lugar cualquiera, en un paraje escondido, en un atardecer cualquiera. Me gustan los momentos de silencio, en los que los ojos anochecen y reposan cada imagen del día. El silencio que anuncia travesuras. Las que haré con mi amante entre las sábanas, en la habitación de arriba. La noche. El sueño. Soñar.

Sueño con estos lugares de brumas, de embalses, de amaneceres, de atardeceres. De chimeneas, de silencios, de palabras, de cigarros. Sin rutinas, sin deberes, sin horas, sin anhelos. Lugares y tiempos en los que verter en silencio las palabras que mi amante despeina. Por eso me gustan los anocheceres contemplados en silencio. Por eso me gustan los despertares tranquilos en su compañía. Porque me invitan a escribir. Porque sólo con él yo me despeino. Porque sin él, todo mi mundo es ruido.

¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? por Laura Ferrera Van Thienen

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-¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? Le preguntó ella a él. Y se produjo el silencio. Ella acostumbraba a sacarle las palabras con tirabuzón, pero él se lo ponía fácil dejaba que sus ojos hablaran.

Él contestó –“tal vez por miedo”. Ese miedo que lo atrapaba era tan miserable, tan poco generoso, tan bastardo que no dejaba que él pudiera expresarle lo que por ella sentía. Ese miedo era tan desgraciado y tan ruin que aprisionaba su corazón como una coraza y no dejaba que su corazón galopara libre como un caballo salvaje. Ese miedo era tan amenazante que le daba contestaciones que no venían a cuento para quitársela de enmedio por miedo a enamorarse cada día un poco más de ella.

Ella buscaba claridad, serenidad y de esos ingredientes él no tenía en su despensa personal. Ella buscaba generosidad de sentimientos, pero tampoco lo había en la estantería del fondo. Cansada de ceder, de intentar que él se quite su traje de insensible para que realmente experimenten esas dos almas la libertad de amar, se dio cuenta que el amor se encuentra en su interior. Que los vacíos no podía llenarlos nadie, ni siquiera él. Que mendigar cariño ya no estaba en su lista de prioridades, si él no tenía el coraje suficiente para amarla, ya se encargaría ella de amarse por sí sola.

Ella por fin entendió que no se trata de hacerse cargo de la vida de él, que con la suya ya tiene bastante. Ella busca avanzar y su instinto le afirma que es posible. Él quiere seguir disfrutando de sus miedos, pero en compañía de ella.

Y ella dejó de preguntarse: ¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? Porque comprendió que el amor da la capacidad de sortear los obstáculos, que si él apareció en su vida es para aprender, sí, aprender a quererse y a respetarse sobre todas las cosas.

Por lo que lo abrazó y le dijo gracias….gracias por enseñarme a amarme. Por hacer que algo que era tan difícil sea tan fácil.

E.V.A. por Pily Barba

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Observo momentáneamente tus pupilas. Esas mismas que un día transmitían calma, alegría, luz, AMOR. Las mismas que ahora sólo emiten oscuridad, vanidad, desarraigo y mentira. Observo, sí. Las observo. Y grabo su falsa expresión. Retina a retina. Hasta el momento en que su imagen llega a esa parte de mi cerebro donde se deposita silenciosamente, como un pobre poso: un residuo sin valía.

Las observo, claro. Y lo hago soportando el escozor que me producen las lágrimas. Pensando en todo lo que me ha costado llegar hasta aquí, porque me ha costado. Trabajé duro mientras resistía a duras penas tus constantes devaneos, tu destrucción como respuesta a mi obstinada construcción. Y al final… ¿Al final qué? Hiciste marchitar lo que yo conseguí hacer florecer con tanto ahínco; tiraste por la borda tanto esfuerzo, tanta ilusión, tanto tú y yo.

Observo tus pupilas, sí. Al tiempo que te golpeo y te suelto de tu asidero. Te empujo con fuerza y toda mi mala leche, y observo divertida tu mirada desquiciada mientras te alejas sin saber qué ocurre exactamente. Uh, y sin posibilidad de aferrarte a ninguna parte… Qué faena, amor. Sigue leyendo