Las últimas migas de las magdalenas por Laura Luna

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Recorrió la azotea a zancadas, con la adrenalina palpitándole en el cuello y sin pararse a valorar la decisión que acababa de tomar para completar la huida. Trepó por la valla con su característica agilidad gatuna y saltó.

En el aire sonrió, extendiendo los brazos y las piernas procurando abarcar el mayor espacio posible, como hacía cada vez que dormía en su cama o nadaba en el lago que disfrutaba cada verano. Agradeció llevar el equipo completo (casco, traje y paracaídas) que tantas veces le habían salvado en persecuciones que requerían soluciones extremas. Cerró los ojos, mientras se esforzaba con convertir aquella sensación en la certeza de que estaba volando. No por avioneta, como hacía casi todos los días, sino por medios propios. Lástima que fuera un vuelo tan corto, lástima que los edificios en aquella ciudad fueran tan bajos. Se abrió el paracaídas con el fastidio de quien apaga el despertador a una odiosa hora.

Aterrizó sobre la acera con la gracia de un hada y recogió el paracaídas, pidiendo disculpas a los transeúntes a los que estaba molestando. Ellos las aceptaban con un gesto de la mano y proseguían su camino, demasiado absortos en sus preocupaciones personales como para percatarse de que una chica acababa de caer del cielo. Rodeó la manzana y caminó unas pocas calles más, con paso tranquilo y camuflándose entre la gente. Sigue leyendo

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El último tren a Londres por Germán Prados

tren.jpgSí, fue el último, volvía de Liverpool de visitar a un amigo enfermo.

Había emigrado a Inglaterra porque estaba convencido de que en los países anglosajones se vivía mejor. El “llamado como fuera”… –bueno, se llamaba Enrique, pero quería que le dijéramos “Enrich”… me daba igual, cada uno marca sus destinos como mejor provee.

Enrich, había estado en los Estados Unidos, haciendo múltiples trabajos, desde camarero de cruceros, hasta capataz de chimeneas de embarcaciones. Curiosamente, debajo de los suburbios, en las fosas sépticas, donde había nada más que ratas, según me cuenta.

Creo, a ciencia cierta, que la mitad de lo que contaba era mentira, una cuarta parte se lo callaba y la otra era lo que en realidad pasaba. Verdaderamente un somormujo(*) de cuidado. Sigue leyendo

La culpa del superviviente por Ángel Ortega

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Acababan de cumplirse tres meses desde el accidente cuando me dieron de alta. Listo para volver, decía el doctor, y casi curado del todo, decía el fisioterapeuta. Salvo por mi oído derecho inservible y el tener que usar un bastón para andar (lo que me daba cierto aire de dandy victoriano, solía bromear entonces) se me podía considerar un elemento recuperado. Ignorando el dolor, claro, pero eso también tenía solución, porque de nuevo las sustancias químicas volvían a ayudarme a hacerlo todo más llevadero. Así que era el momento de cerrar un asunto pendiente respecto a mi amigo Martín.

Mi amigo Martín ya no estaba, igual que su novia Valerie y el descerebrado de Jesús. Todos ellos murieron en el accidente, el mismo que ahora me hace arrastrarme como un viejo y estar hasta las cejas de calmantes. Hay varias cosas que se dijeron de aquello que no son ciertas y hay un puñado de sentimientos que voces en mi cabeza que tengo que silenciar. Jodido Martín.

Como sabes, porque salió en los periódicos, cuatro amigos, tres chicos y una chica, se habían estrellado con el coche yendo borrachos como cubas.El vehículo había invadido el carril contrario atravesando la mediana, arrastrando a un motorista (que se libró con solo heridas leves) y golpeándose contra un árbol para acabar hundiéndose en el Jarama, que aquel día iba cargado de agua (cosa rara).

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Almas gemelas por Eva Sastre Pardo

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Seguramente se habrían encontrado en multitud de ocasiones, pero sus miradas no se habían cruzado hasta aquel día. Fue en ese preciso momento cuando fueron conscientes de su existencia. Se miraron y esa mirada las unió para siempre.
Montse tiene tres niños, dos chicos y la pequeña Lucía. Felizmente casada y con un buen nivel económico que le permitía vivir en la máxima tranquilidad. Es feliz. Ama a sus hijos y a su marido. Nada le ha faltado en su vida.
Cristina es madre soltera. Claudia, su pequeña, fue fruto de una noche loca de whisky on the rocks. Decidió ser valiente y sacar adelante sola a su hija. Nunca se arrepintió de la decisión, pero su vida nunca resultó fácil. Trabajo día y noche, problemas económicos, inestabilidad amorosa…. Su vida no era, precisamente, un camino de rosas, pero aun así, alcanzaba la felicidad con su bien más preciado: Claudia. El pluriempleo la obligaba a demandar ayuda de su padre, que en ocasiones, cuidaba de la nieta por las noches, mientras Cristina echaba horas extras en un bar de copas. Sigue leyendo

VINO AMARGO por MoRius

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La reunión de los doce amigos era, en realidad, una despedida.

Fue sirviendo una copa de vino a cada uno. El caldo, de color burdeos brillante, caía en cascada desde la vasija de arcilla a las copas que, cuidadosamente, había colocado en la mesa junto al pan.

Cuando llegó al último comensal, el vino se oscureció, perdió su luminosidad y se volvió opaco. El olor a vinagre le envolvió y aunque nadie se percató, él lo supo.

Sorbió su vino con desgana, sin saborearlo, y fue entonces cuando lo anunció:

-“Esta noche, uno de vosotros, me va a traicionar”.

Mensaje por Pilar Cortés

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Jamás había leído una historia que me hubiese calado tanto; “Seda” de Alessandro Baricco. Me lo regalaron mis amigas en mi treinta y tres cumpleaños. “Para que sigas soñando y abras los ojos”, me dijeron cuando me lo dieron. Nunca una historia de amor me había emocionado, lloraba a escondidas. Es verdad, vivimos en una sociedad en la que las novelas de amor ya no son lo que eran… y además casi te crucifican porque seas ñoña, romanticona y todavía sueñes con tu príncipe azul. Pero, en aquella época seguía soñando. Al leer “Seda” fue cuando me di cuenta de todo y mi mente empezó a pensar y verlo todo desde una perspectiva totalmente diferente a como lo había hecho hasta entonces. En especial vi que algo cambió en mi relación con Teresa, es una de mis buenas amigas.

Aquella fue una mala época, fue justo después de que Nacho me soltara la bomba sin saber muy bien qué hacer con ella. Sí, la nuestra no fue una relación perfecta, todo hay que decirlo, pero a decir verdad había complicidad, amistad y confianza. Para mí, estos  tres elementos son principales que toda relación debe tener, da igual que sea amorosa, de amistad, de amistad con derecho a roce… no importa. En cambio, no todas mis amigas lo tenían. Sigue leyendo