Jaqueca por Maluras

jaquecaTan sólo cuando el dolor de cabeza fue insoportable me levanté de la cama. Balanceándome de un lado a otro conseguí llegar a la cocina. Con las manos intentaba agarrarme la cabeza y taparme los ojos a la vez. Una polilla sacudía sus últimos segundos de vida en la puerta de mi nevera. Le di un manotazo. Esperaba que se apartara, pero no se movió ni un milímetro. Medio cuerpo del insecto se había adherido a un lateral de mi mano. El asco me revolvió el estómago. Reprimí una arcada. Abrí el grifo. El agua se llevó los restos. Éstos se juntaron con unos granos de arroz de la cena. Busqué un vaso. Las manos me temblaban. Me tomé una pastilla y me volví al dormitorio.

Estaba comenzando a coger el sueño cuando escuché un zumbido. Probablemente me desmayé y perdí el conocimiento durante un tiempo, quizás días. Cuando me desperté el dolor de cabeza había sido substituido por una especie de nebulosa. Ya era de noche pero todavía había algo de luz, o quizás estaba amaneciendo. Seguía teniendo problemas de equilibrio.

Necesitaba ir al baño. Por el camino choqué con varios muebles y puertas. Unas pequeñas sombras negras se me abalanzaron y quedaron atrapadas en mi pelo. En un acto reflejo me protegí las orejas y los ojos con las manos. Encendí la luz tras varios intentos fallidos hasta encontrar el interruptor. Unas  mariposas pardas y aplastadas se me habían enganchado. El suelo estaba cubierto de  insectos con alas. Unos muertos y otros agonizantes. Intenté recordar si algo en la basura podía haberse podrido  durante mi desmayo.  Cuando me miré en el espejo pensé que la jaqueca me había nublado la vista. Una capa de un polvo marrón y brillante me cubría la piel. Había perdido mucho peso. Tenía la sensación de que los ojos se me iban a caer. Mis  brazos parecían hebras de hilo.

Quise darme unas palmadas en la cara para despertar de esa pesadilla, pero no lo hice. Se me habrían enganchado las mejillas en las manos. Un temblor como un zumbido me recorrió la espalda.

Y fue entonces cuando volé.

#PalabradeAmor

Gracias a todos los que habéis aportado vuestro granito de arena para que el #Amor no sea cosa de un solo día…

Gracias por estar siempre ahí #PalabradeAmor

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Nuestros tuiteros:

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Nuestros amigos feisbukeros:

“He decidido quererte y apostar por ti. Lo sé, es 14 de febrero. Toma, tu rosa. En el espejo, su reflejo le tendía la flor. ‪#‎PalabradeAmor‬

Claire Kusanagi

“-Cuelga tú.
-No, tú.
-No, tú.
-Venga, tú.
-Vale.
Apretó la palanca y los tres condenados fueron ahorcados de inmediato.
‪” #‎PalabradeAmor‬

Magnus Dagon

“Te he querido trescientos sesenta y cuatro días. Lástima que hoy, 14 de febrero, haya decidido dejarte. Hasta mañana, mi amor.” ‪#‎PalabradeAmor‬

Mj Sánchez

“Ellos inventaron el candado antigravitatorio: sobre el puente, un beso. Y dejó de hundirse con el peso de los demás candados.” ‪#‎PalabradeAmor‬

Juan Antonio Fernández Madrigal

“El brillante profesor creó la Máquina del Amor, apuntó hacia la cama de su bella ayudante… y acabó casándose con el perro.” #‎PalabradeAmor‬

Joan Antoni Fernández

“Ella se apiadó y le ofreció su corazón, y él lo devoró con gusto. Aunque ahora era un zombi,seguían sin gustarle los sesos.”  ‪#‎PalabradeAmor‬

George Kaplan

“No te asustes, cariño. Sé cuánto la añoras. He leído su diario. No notarás la diferencia. Abrázame. Abrázame. Mamá ya está aquí.”‪#‎PalabradeAmor‬

Ángel Luis Sucasas Fernández

-Papá ¿Qué es el amor? -¿Ves ese perro verde allí? -¿Existen los perros verdes? -Cuando veas uno le preguntas por el amor #‎PalabradeAmor‬

Yolanda Erreblanco

-Papá ¿es lo mismo querer y amar?
-Querer es temer a peder. Y amar es dar libertad.
-¿Por eso te dejó mamá?
-Un perro verde#‎PalabradeAmor

Yolanda Erreblanco

–¿Adónde iremos? –te dice mientras te coge de la mano.
Tiras de ella y dejáis la playa atrás andando sobre las olas.#‎PalabradeAmor‬

Carlos Ignacio Romeo Puolakka

Envío mi ‪#‎PalabradeAmor‬ a ese universo paralelo al nuestro donde tú también me quieres y somos felices.

Lola Robles

Si me lo pidieras cruzaría una selva virgen.
Si me lo pidieras me arrojaría a un volcán.
Si me lo pidieras… dejaría de amarte.#‎PalabradeAmor

Ramón San Miguel

-Amor, hoy he leído
Esencias en el aire
Que hablaban de ti,
Y de tu mirada azul,
Océano infinito donde navego…
– El niño tiene mocos.
– Voy ‪#‎PalabraDeAmor‬

Toni Ávila

“Un susurro que te saca la sonrisa en medio del vagón abarrotado, sin venir a cuento”#‎PalabraDeAmor‬

Titania Hielorrojo

“¿El AMOR? Enciende, abrasa, enloquece, enfurece, traiciona, desgarra, desconcierta, reaparece, ilusiona…NO TE VAYAS, AMOR”#‎PalabraDeAmor

Titania Hielorrojo

-Acuérdate de la película hijo: amar es no tener que decir nunca lo siento.
-¿Y si lo siento?
-Entonces mientes porque amas.#PalabradeAmor

Francisco Pérez Fernández

Madera podrida por MoRius

maderapodrida.jpgLe había acompañado en multitud de aventuras, incluso alguna no demasiado agradable. Pero era hora de avanzar, el barco se caía a pedazos. La vela no era más que una caricatura de aquella que fue: tersa, mecida por el viento, altiva… no quedaba ya nada de eso. El seguro multirriesgo lo cubriría todo, su lema: “nuevo por viejo”, sería su solución.

Aquel atardecer embarcó con una sola idea en su cabeza hacia el grupo de arrecifes. Observó las hermosas estrellas que formaban imágenes extrañas de caleidoscopio en la noche oscura, inhaló el olor que desprendía la vieja madera podrida de tanta sal y se sintió invadido por una enorme nostalgia.

-“Este barco soy yo”, pensó –“Viejo, acabado, sin fuerzas ¿debo deshacerme también de mí?”

Miró hacia arriba, en ese cielo extraño surcado de luces, la décima estrella parecía sentenciar: “No”.

Y fue entonces cuando, cambiando su rumbo y junto a su inseparable compañero de viaje, partió hacia el amanecer con su ánimo intacto esta vez.

Relato finalista en la VIII Convocatoria del concurso de microrrelatos de la RED CUMES

La doctrina Calabucho por Ángel Ortega

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Conocí a Joaquín Demóstenes Calabucho (Madrid, 1968) en mi primer año de colegio. Era un chico reservado, flaco y pálido, con enormes gafas de miope que escondían su completamente diferente interior. Hablaba poco; muchos de sus compañeros que también lo eran míos probablemente jamás escucharon ni una palabra de su boca.

Me siento afortunado al afirmar que la primera frase que le oí decir fue el embrión de lo que al cabo de los años se ha conocido como _la doctrina Calabucho_: fue una mañana de invierno días antes de las fiestas de navidad. Alguien había traído un ratón a clase y, durante algún despiste, se lo había metido a la profesora en el bolso. Todos los presentes lo sabíamos menos ella y cada minuto esperando el desenlace se había hecho eterno; ahora cogerá el bolso para buscar un pañuelo, ahora oirá un ruidito y mirará, ahora necesitará el reloj y meterá la mano. El hecho desencadenante no lo recuerdo; sí, sin embargo, la algarabía, los gritos y las risas. Y por supuesto el castigo posterior; nada de patio de recreo, copiar cien veces en nuestros cuadernos una frase aleccionadora, carta de notificación a nuestros padres. El jolgorio se tornó oscuridad y el ataque revancha. Y fue en ese momento, con la ominosa carga sobre nuestras cabezas, cuando Calabucho hizo sonar su voz firme y planteó el origen de toda la arquitectura filosófica que posteriormente lo hizo tan popular: Sigue leyendo

Luces en la noche por José Andres Hidalgo Moya

10850267_10204319351197327_4390437976730079387_nDespués de conducir innumerables horas a bordo de aquel coche alquilado en el aeropuerto, y guiado por un muy poco cordial GPS, por fin llegó a su inhóspito destino escondido entre las áridas montañas de esa perdida región minera argentina.

Aparcó el coche donde pudo y se dispuso a caminar sendero abajo. Antes, había repasado por última vez los informes de las observaciones y cálculos traídos desde su Estocolmo natal, sede también de su cátedra de Astronomía. ¡Por fin! Horas y horas tras el telescopio culminaban en la aventura de llegar hasta allí.

Su pulso se aceleró a medida que se acercaba a su destino. Poco a poco, la soledad y oscuridad del lugar en aquella noche que, esperaba, resultara ser de lo más esclarecedora, fue salpicada de pequeñas luces de linterna que, en una suerte de romería, fueron apareciendo aquí y allá. Sus portadores, parecían llevar el mismo recorrido y dirección que él, y según se los iba cruzando, lo saludaban con sonrisas cómplices y gestos de asentimiento. Trascurrido un rato, llegaron por fin a un descampado. Algunos, probablemente los primeros en llegar, habían mantenido encendidas varias modestas fogatas que además de proporcionarles algo de calor, iluminaban la vetusta y semiderruida fachada de una construcción ya abandonada no se sabía hacía cuánto.

Él, el profesor Bosse, saludó a sus colegas de profesión que habían estado esperando ansiosos. Estos, eran precisamente los mismos con los que había estado intercambiado durante meses ingentes cantidades de información y datos, precisamente desde el primer momento en que tuvo lugar el avistamiento y su posterior seguimiento.

El equipo, en definitiva, además de por él mismo, estaba compuesto por el coreano Gun-hyung y el mejicano Rodrigo Cuevas. Ahora el trío observaba expectante aquella fachada pobremente iluminada, y como si con anterioridad lo hubieran coreografiado, los tres comenzaron a caminar al unísono hacia la puerta de aquella estación de tren abandonada. Justo antes de atravesarla, echaron un vistazo hacia arriba, fijando la vista sobre su dintel: aún podía distinguirse un nombre en el sucio cartel que medio colgaba en lo que fuera aquella estación, en un remoto pueblo de la región argentina de Catamarca.

El cartel decía: Bélen…

Dulce Navidad por Yolanda Erre Blanco

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Y mi cara en forma de ojo de pez, como dicen los editores de fotografía hoy en día, queda allí perpetua. En una bola de navidad de color plata se refleja mi nariz de payaso, mi gran nariz de payaso. Es divertido ensalzar los defectos, a estas alturas de la vida para que se ría otro de mí lo hago yo misma y eso que gano en salud. Pero no soy la única aburrida esta tarde en el espacio de consumo lleno de atrezzo. Otros sentados en el borde de una escultura, como los viejos de Benidorm contemplan la gente pasar. Algunos miran su móvil y otros sus pies, sus grandes pies.

Podría probar a reflejarme en otra bola de navidad pero, todas son plateadas así que voy a quedarme hipnotizada ante ésta que refleja mi nariz. El árbol de navidad del centro comercial alcanza el techo, todo se magnifica con según qué lentes y qué medicamentos. Me duele el cuello al mirar hacia arriba y un leve mareo me tambalea.

-Madre, llevo buscándola hace rato por toda la planta. Estuve a punto de ir a megafonía en el estand de información. Usted un día me mata. Lo que no han hecho los trastos de mis hijos a lo largo de su infancia y adolescencia lo hará usted en unos meses. Voy a activarle ahora mismo el gps del móvil, no se hable más. Total, no le hace ni caso cuando suena, así que, por lo menos que pueda localizarla en el Facebook. Sigue leyendo

Abrazos navideños por Rubén Bustos

RegaloNavidad.jpgDía 24 de diciembre, 20:00h.

Los invitados a la cena de Nochebuena no paran de llegar y van entonando distintas conversaciones, unas más banales, otras de viejos recuerdos, causadas por el tiempo de no haberse visto, la mayoría, desde las Navidades pasadas. Los culpables: el trabajo, la familia, el vivir por distintos puntos de la geografía española. Cada cual exponía la excusa de no estar disponible para los demás de la forma más convincente posible.

Por el acontecimiento y por el número de personas, la familia y las partes anexas a ellas, decidieron que iban a realizarlo en un restaurante de moda, que se encontraba a un precio asequible para ser la época. Se había tenido que reservar casi en Septiembre, para que todos pudieran planear con anticipación, el acudir al evento.

Todo el mundo se fijó en que el Centro de Mesa no era el típico de Navidad, con las flores rojas de Pascua ni los típicos muñecos estereotipos. Había, eso sí, un árbol de unos 30 cm. de altura, un bonsái de pequeño abeto, decorado con lo justo y necesario para ser correspondiente a las fechas. Sin embargo, no desentonaba del resto de la decoración y había uno en cada mesa. Todos los niños querían tocarlo, mientras los padres intentaban evitarlo por todos los medios.

Debajo de él, había tantas cajitas de regalo como invitados tenía la mesa. Miraron a las que tenían 2 ó 4 comensales y eran el mismo número de cajitas. En la suya había 30, exactamente, como el número de invitados. Sigue leyendo

En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo