En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces) lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado.Intento imaginar qué tenía yo de “especial”, pues por más que los observo, no dejan de parecerme lo que son: niños indefensos y con una necesidad enorme de tener un pilar en el que sustentarse, agarrase y un hombro que los consuele cuando las cosas no salen como esperan.

Pronto descubrí lo que significaba la esquizofrenia que sufría mi madre y que nos llevaba a todos por delante cuando le daban los brotes psicóticos, como cuando las olas en la playa te arrastran a su merced y, por momentos, pierdes la noción del espacio y del tiempo, después de dos o tres revolcones por la orilla. En ocasiones, hasta la respiración…

Durante los 4 o 5 años siguientes, vivíamos en una especie de tormenta tropical. Días de mucho sol, que te reconfortaban el alma y te ayudaban a curar las heridas, y días de vientos huracanados, corrientes infinitas y olas que apenas te dejaban sacar la cabeza de debajo del agua, para dar una pequeña bocanada y seguir bajo ellas, esperando que amainara.

No daba tiempo a cicatrizar heridas. Se hacían más profundas y dolorosas cada vez, pues la calma solo era una ilusión, en la que teníamos puestas todas nuestras esperanzas, pero que se nos revelaba como algo efímero y volátil.

Supongo que cada uno aprendió a curarse sus heridas a su manera.

Yo corría y corría durante kilómetros y más kilómetros, hasta que el cansancio y la extenuación no me dejaban sentir el dolor ni la ansiedad. Los miles y miles de kilómetros corridos hasta hoy me ayudaron a hacerme más fuerte emocionalmente, controlar los miedos y el dolor, pero no a que éste realmente desapareciera. Tan solo a acallarlo bajo litros de sudor…

Mi hermana fue más “quirúrgica” y durante años no salía de casa sola, ni a comprar un libro. No solo sufría de pánico, si no que necesitaba lo que tanto había echado en falta, un pilar en el que agarrarse y que sustentara gran parte de su vida, diera luz a sus tinieblas e hiciera desaparecer sus miedos.

Arrebatos de furia o encerrarse durante horas en su habitación hasta que yo llegara, eran algunas de las manifestaciones o formas de protestar, por todo lo que estaba pasando.

Yo, sin saberlo por aquel entonces, (ella tampoco era consciente), era esa especie de faro que le alumbraba en la oscuridad y le guiaba con cariño, ternura y entendimiento.

Años más tarde, cuando todos crecimos, y mucho, a la edad de los 22 o 23 años, recibí una carta de mi hermana agradeciéndome que hubiera sido siempre, de una manera u otra, su pequeño farol, su flotador, el que no dejaba que se hundiera ni revolcara en el dolor y siempre le tendiera la mano y le susurrara al oído, “vendrán tiempos mejores”.

Y mi hermano pequeño… Aún no sé cómo lo vivió todo. No sé si él es toda una cicatriz, pero la necesidad de estar con su madre es patente incluso hoy en día, que busca los momentos para visitarla y compartir unos días de intimidad con ella.

No fue fácil, nunca lo fue, aunque hubieron momentos buenos. La sombra del pasado era demasiado alargada y las heridas demasiado profundas como para que no pasara un solo día sin tenerlo presente.

Durante unos años vivimos en una especie de montaña rusa, unos días subiendo y otros bajando a toda velocidad, con el temor de que, cuanto más subiéramos, la velocidad al bajar sería mayor.

Cuántas noches despertamos asustados, alarmados y con lágrimas en los ojos sin saber dónde estábamos.

Cuántas noches nos quedamos dormidos agarrados a la almohada, empapada por un sollozar silencioso, deseando que, al despertar, tan solo hubiera sido un sueño infantil, de puro temor a perder a tus padres.

Pero la realidad es tozuda y las luces del alba nos devolvían a ella.

Otras, nuestro despertar era violento y aterrador, como si las olas del mar se hubieran adentrado al medio de la ciudad y nos quisieran llevar con ellas otra vez, mar adentro, donde no cabía la esperanza, ni la paz, tan solo el destierro de un vagar solitario y eterno en una playa desierta, en una isla abandonada, donde los rayos del sol nunca te alcanzaban, ni notabas su calor en su piel ni su efecto curador en tu alma.

Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, pero cuando llegan estas fechas, la Navidad, siempre evoco recuerdos de mi infancia, y aunque dicen que la mente es sabia y hace que los malos recuerdos se vuelvan más livianos y llevaderos, se que la felicidad que sentía esos días era real.

Donde nuestros abuelos nos cuidaban, entregaban todo lo poco que tenían y, lo que no tenían, lo inventaban…

Época de recuerdos, sobre todo de las horas que estábamos en la cocina haciendo pestiños y tortitas de Navidad. De cena con la familia, pequeña pero bien avenida, de bromas y risas…

Por eso, en Navidad, elijo acordarme de ellos, y de los buenos momentos vividos, aún cuando el balance general de mi vida sigue siendo la desilusión, la angustia y ansiedad, busco recuerdos que me hagan seguir adelante, sobre todo en estas fechas, y siempre los encuentro a ellos.

Porque fue mucho lo vivido, pero no quiero que siga condicionando lo que me queda por vivir…

Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Pero siempre tengo buenos recuerdos que me hacen sonreír, que me calientan el corazón y me hacen pensar en un mañana mejor.

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