Dulce Navidad por Yolanda Erre Blanco

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Y mi cara en forma de ojo de pez, como dicen los editores de fotografía hoy en día, queda allí perpetua. En una bola de navidad de color plata se refleja mi nariz de payaso, mi gran nariz de payaso. Es divertido ensalzar los defectos, a estas alturas de la vida para que se ría otro de mí lo hago yo misma y eso que gano en salud. Pero no soy la única aburrida esta tarde en el espacio de consumo lleno de atrezzo. Otros sentados en el borde de una escultura, como los viejos de Benidorm contemplan la gente pasar. Algunos miran su móvil y otros sus pies, sus grandes pies.

Podría probar a reflejarme en otra bola de navidad pero, todas son plateadas así que voy a quedarme hipnotizada ante ésta que refleja mi nariz. El árbol de navidad del centro comercial alcanza el techo, todo se magnifica con según qué lentes y qué medicamentos. Me duele el cuello al mirar hacia arriba y un leve mareo me tambalea.

-Madre, llevo buscándola hace rato por toda la planta. Estuve a punto de ir a megafonía en el estand de información. Usted un día me mata. Lo que no han hecho los trastos de mis hijos a lo largo de su infancia y adolescencia lo hará usted en unos meses. Voy a activarle ahora mismo el gps del móvil, no se hable más. Total, no le hace ni caso cuando suena, así que, por lo menos que pueda localizarla en el Facebook.

Ella se empeñó en hacerme esa cosa de la red social. No me importó en su día, porque ligué con un australiano de 23 años, pero no se quiso dar a la fuga conmigo a París cuando le dije que portaba pañales. Espero que exista alguna parafilia como la gerontofilia, y si ya existe, por lo menos que venga a mí ese mundo algún día antes de fenecer.

– Estoy aquí mirándome en las bolas de navidad, mírate tú hija, es muy divertido.

– Creo que ya empiezas a desvariar como pasó con padre, cómo me voy a mirar ahí, si me hace gordísima y encima es una pérdida de tiempo.

-Bueno, que estás gorda ya lo sabíamos hijita, más pérdida de tiempo es mirarte en todos esos espejos de las tiendas, probándote cosas que ni te valen. Eso sí que es echarte en cara que estás gorda ¿no crees?

-Eres odiosa, no sé por qué no me decido ya a abandonarte en medio de la calle o en urgencias. A ver, mira qué banco del hall te gusta más y ahí te dejo aparcada y ni se te ocurra mover un pie.

Un banco dice ella, andan todos medio ocupados por inútiles aburridos pasando una tarde mediocre en un centro comercial sin comprar, lo único que verdaderamente se puede hacer en un centro comercial. Eso o mirar a los demás. Aunque el que se aburre lo hace en cualquier parte. Que me lo digan a mí con el censo de aburridos que llevo ya registrado en la residencia desde que ingresé en ese exilio, digo asilo.

-Mira madre, te dejo al lado de ese joven en el banco de la izquierda.

– No, porque no levanta la vista de la pantalla de su móvil.

-Ya estamos con las excusas mamá. Pues te dejo en el siguiente banco.

-No, porque sólo hay viejos y huelen a viejos.

-Mamá, tú eres uno de ellos.

-Y tú eres una desagradecida de la vida. Me sentaré al lado de esos dos jóvenes acaramelados.

– Cómo no, a molestar como siempre, mira que eres cotilla.

-No soy cotilla, sólo tengo nostalgia de juventud, divino tesoro.

Mis sentidos están bien conservados, incluido el olfato, para mi desgracia. Lo digo por los ambientes de la residencia. Así que con suerte escucharé lo que dicen esos dos poyuelos.

(Conversación de enamorados: “Me dijiste una vez, cariño mío, que a estas alturas de la vida no ibas a recordar a nadie cuáles son sus verdades o lo que debe perseguir en la vida, porque las propias se te escaparon. No estamos precisamente asomados en un balcón al lado del Coliseum como en La Gran belleza, pero tus palabras y compañía me son suficientes en cualquier lugar que estemos abrazados”).

Vaya estos chicos me han aflojado las tripas de la emoción, menos mal que tengo pañal y kleenex. Mi hija siempre recordándome los defectos, tan prevenida ella. Cómo hablan estos jóvenes, y siempre cuentan las mismas bobadas sobre la juventud; que si ya no son lo que eran, que si síndrome del emperador, que sí lo tienen todo y no lo valoran… cuando lo que antes había no era respeto sino miedo. Me parecen adorables, sacados de una película de Eric Rohmer.

-Señora, ¿necesita ayuda?

– Mi hija quiere abandonarme y me dejó aquí, no sé si volverá, pero sólo con haberos escuchado merece la pena morir.

– Vaya mujer, qué cosas tan hermosas dice, pero ¿y es cierto que su hija quiere abandonarla?

– Tan cierto como que necesito cambio de pañal. Pero no os quiero interrumpir, seguir susurrando palabras de cine que yo aquí a un ladito no molesto y me transportáis a otros tiempos.

– ¿Le recordamos los tiempos de juventud con su esposo?

-No, más bien a los tiempos de su hermano. Mi marido era un ser que estaba por estar, pero eso no se lo he dicho nunca a mis hijos, podría peligrar su autoestima. Mi cuñado era poeta y a cada novia la embelesaba con sus palabras.

– ¿Y qué les decía?

– Pues las susurraba “rosas de los jardines del edén, que anhelan la eternidad, dueñas de ilusiones arrebatadas por los encuentros con hombres, que les afanan la belleza de su candor.”

-Es hermoso y es impresionante cómo recuerda todo aquello.

– Tal vez me lo haya inventado, porque realmente mi cuñado lo que hacía bien era afanarse las mozas, y nunca supe qué palabras les susurraba al oído al caer la tarde sentados bajo un olivo.

-Jaime, tenemos que hacer algo por esta mujer. Una noche como hoy no puede quedarse sola. Voy a llamar al vigilante para saber de algún lugar en el que pueda pernoctar.

Bueno, pues tanta pena no les he dado, que no son capaces ni de cambiarme el pañal, ni de llevarme a sus casas por navidad. Me tratan como si fuera una indigente que no tengo dónde caer, no saben interpretar las palabras y eso que parecían manejarlas bien. Su discurso está tan vacío como el del rey en esta noche de nochebuena. Creo que tendré que ir al banco de los viejos, por lo menos están sordos y podré insultarles.

-Gracias, sois muy amables pero voy a irme con esos ancianos de ahí, y jugaremos al tunante tunante a ver quién se muere antes.

Dudo entre sentarme al lado de la que tiembla como un flan o el otro que parece hibernar. Dudas metafísicas variadas que me suceden día tras día en el salón de la residencia. No se quejará mi hija, sólo me estoy moviendo con el andador pasito pa lante pasito pa trás, pero esta loca se quejará, porque sólo sabe centrarse en la queja. Si hubiera practicado la meditación trascendental como le recomendé o Tai Chi, que en el centro social nos va muy bien a los del alzheimer y el parkinson, pero nada, ella prefiere la terapia de Zara, Stradivarius… cuando lo que necesita ya es más Punt Roma
con la Norma Duval. Si es que los 50 son años muy malos pero a ver, quién se lo dice, no deja de ser mi hija y las verdades una madre tiene que saber tamizarlas para su pequeña. Vaya, me puse tierna, serán tantas campanas de belén que me aturden los oídos desde primera hora de la tarde. En fin, dejaré que esas dos momias den fin a sus vidas por sí mismos y no por el tunante tunante… Me voy al árbol de navidad a mirarme la nariz en la bola plateada, hasta escuchar resonar los gritos de mi hija, que como en casa no se está ni en la residencia. Bueno justo ahí donde peor, que los pedos de Josefa mi compañera de habitación son de chucrut del bueno. Vaya, chucrut combinado con arenques suecos, buen plato para suicidarse en estas fechas tan señaladas. Y bien, navidad, dulce navidad… Pero si antes de que llegue mi hija viene un australiano de 23 yo me fugo con él.

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