Abrazos navideños por Rubén Bustos

RegaloNavidad.jpgDía 24 de diciembre, 20:00h.

Los invitados a la cena de Nochebuena no paran de llegar y van entonando distintas conversaciones, unas más banales, otras de viejos recuerdos, causadas por el tiempo de no haberse visto, la mayoría, desde las Navidades pasadas. Los culpables: el trabajo, la familia, el vivir por distintos puntos de la geografía española. Cada cual exponía la excusa de no estar disponible para los demás de la forma más convincente posible.

Por el acontecimiento y por el número de personas, la familia y las partes anexas a ellas, decidieron que iban a realizarlo en un restaurante de moda, que se encontraba a un precio asequible para ser la época. Se había tenido que reservar casi en Septiembre, para que todos pudieran planear con anticipación, el acudir al evento.

Todo el mundo se fijó en que el Centro de Mesa no era el típico de Navidad, con las flores rojas de Pascua ni los típicos muñecos estereotipos. Había, eso sí, un árbol de unos 30 cm. de altura, un bonsái de pequeño abeto, decorado con lo justo y necesario para ser correspondiente a las fechas. Sin embargo, no desentonaba del resto de la decoración y había uno en cada mesa. Todos los niños querían tocarlo, mientras los padres intentaban evitarlo por todos los medios.

Debajo de él, había tantas cajitas de regalo como invitados tenía la mesa. Miraron a las que tenían 2 ó 4 comensales y eran el mismo número de cajitas. En la suya había 30, exactamente, como el número de invitados.

Se anunció que, hasta las 21.15 horas, no empezaría nadie a cenar. Era una orden que venía a través de la megafonía. Se indicó que no se aceptarían más invitados y que se cerrarían las puertas del restaurante, ya que todas las mesas estaban ocupadas.

Fue una sorpresa para todos los asistentes, que desconocían las costumbres del local. Mas era Navidad y todo el mundo quiso seguir las normas, sin ninguna protesta.

A las 21:00, se pidió a todos los asistentes que se sentaran a cenar. Y los camareros empezaron a repartir sobres a todos los comensales. Cuando los abrieron, tenían dentro una cinta de colores, con una pequeña etiqueta. En ella, tenían que apuntar el nombre de mesa y su nombre completo.

A las 21:10, los camareros volvieron a salir, esta vez, con un gran cubo de metal, decorado en su exterior con Flores de Pascua y se pidió a todos por megafonía, que hicieran entrega de su teléfono móvil. El cubo sería tapado y puesto al pie del árbol que hacía de centro de mesa, relajando a los asistentes, que siempre lo tendrían a la vista.

La curiosidad hizo que todo el mundo pusiera la cinta correspondiente sobre su móvil y siguieran las indicaciones, aunque no faltaron las reticencias, lo que hizo que la operación se alargara casi 15 minutos. El hambre de los demás asistentes hizo claudicar a los resistentes del hecho.

Una nueva voz de Megafonía, anunció algo nuevo. No había que esperar a después de la Cena para poder abrir las cajas de debajo del árbol. Todo el mundo cogió una, menos la gente mayor a la que se las acercaron, menos a los niños, que querían coger todas las cajas. Los bebés no se enteraron de mucho más que mirar las luces que decoraban la mesa y las paredes, abriendo los ojos de par en par.

Al abrir la caja, la mayoría se quedó extrañada, porque sólo había un pequeño papel doblado, llamativo eso sí, por su forma de pergamino quemado en las puntas y costados.

En todos ponía lo mismo:

“Mira a tu izquierda,

Mira a tu derecha,

Mira al frente,

Y revisa que todos tus invitados están.

Ahora, abrázate a cada uno de ellos.

Dale las gracias por venir.”

Los más atrevidos iniciaron al instante la operación, lo que hizo que, poco a poco, todos y cada uno de los invitados del restaurante, hicieran más esfuerzo por entrar en la dinámica impuesta.

Al cabo de 10 minutos, todos, niños, abuelos, padres, no padres, parejas, matrimonios, cuñados, tíos, sobrinos, no sabían por qué, pero sonreían y se sentían, en cierto modo, bien consigo mismos y sobre todo, con los que estaban en derredor. Las ironías volvieron, las carcajadas, los chistes, las caricias en las manos, dejaron paso a paso mella en cada uno de los corazones.

Sólo volvieron a la realidad cuando vieron que los camareros surgían de la penumbra con los primeros platos que se iban a servir en aquella cena inesperada. Las conversaciones fueron surgiendo solas al cabo de una perfecta velada.

Los móviles tintineaban, posiblemente, llenos de mensajes, en el interior de los cubos de metal. Sin embargo, aquella noche, se convirtieron en un simple himno musical de fondo, casi inapreciable, para unas Navidades.

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