Masacre a medianoche por Rain Cross

—¿En serio te vas a comer todo eso tú sola? —Judith la miraba extrañada.

Karen había pedido dos hamburguesas, patatas fritas grandes y después querría postre. Su amiga Judith, en cambio, cenó un sándwich vegetal  y una limonada, por lo que acabó su cena en diez minutos. Karen estaba acostumbrada a comer en grandes cantidades cuando salía fuera, ya que su menú diario consistía en algo de verdura y carne a la plancha.

—Si lo he pedido, es que puedo con ello —contestó Karen, guiñando uno de sus ojos marrones.

—Está bien —Suspiró. Judith se puso un mechón de cabello oscuro tras la oreja izquierda—. Pues como te iba diciendo, después del cine podrías quedarte a dormir a mi casa, así no tienes que coger el coche.

—Me parece buena idea —Karen dio un gran mordisco a su hamburguesa— Menos mal que lo aparqué al lado de tu casa. —Miró el reloj— Vaya, la peli empieza en 30 minutos. —Empezó a engullir la comida rápidamente.

Quedándose sin postres por la demora, fueron directas a la taquilla del cine.

Dos para “Masacre en el paraíso”, por favor —Karen miró a su alrededor haciendo que su larga cabellera emitiera destellos dorados— Qué bien que no haya cola.

—Sí, ha sido buena idea venir a esta hora —comentó Judith.

Por esa razón habían decidido ir a la sesión nocturna. Habría poca gente y al estar en un centro comercial, podían cenar antes de ir a ver la película. Ya eran las once de la noche y los comercios estaban cerrados, salvo los bares y restaurantes, y cómo no, el cine.

Compraron unos refrescos y palomitas pequeñas y se dirigieron a la sala. Habían unas veinte personas, así que pudieron sentarse donde quisieron. Decidieron ponerse por el medio para ver mejor la pantalla.

La luz se apagó y empezaron los anuncios de los próximos estrenos.

—¿Es buena esta película? —preguntó Karen y se metió un gran puñado de palomitas en la boca.

—Es de terror, sangre, muertos y eso, pasaremos un buen rato —contestó Judith sonriendo.

La película empezaba. Como bien había dicho Judith, la película trataba sobre un grupo de estudiantes que iban a pasar unas vacaciones en un paraíso tropical y se encontraban con un grupo de muertos que los masacraban. «El título no deja mucho a la imaginación», pensó Karen.

Faltaban sólo veinte minutos para que acabara la película cuando alguien por detrás empezó a gritar y salió corriendo por el pasillo.

—¿Qué pasa? Pero si esta peli no da miedo –Karen se incorporó de su butaca pero desde su posición no se veía qué ocurría. Se escucharon más gritos—. Qué susceptibles son algunos ¿no? —Judith no respondió; estaba mirando hacia la entrada. Karen se relajó y volvió a centrarse en la película hasta que notó un codazo y se sobresaltó— ¿Pero qué…? —empezó a decir pero no pudo continuar.

Todo pasó en segundos. Judith se levantó y cogió a Karen del brazo. La gente empezaba a correr y gritar. Las luces de la sala se encendieron y Karen pudo ver que habían más personas en la sala. Judith la llevaba hacia el lugar por donde habían entrado.  Subieron los escalones con rapidez, sin detenerse por nada. Vio a algunos caer al suelo y cómo un pequeño grupo se les abalanzaba y descuartizaba. Las puestas de la sala se abrieron de par en par y personas ensangrentadas, erráticas y violentas, atacaban a quien estuviera delante.

Karen y Judith corrieron hacia la salida de emergencia.  La gente chocaba contra ellas y el caos se hizo dueño de la sala de cine. La salida estaba colapsada y algunas personas quedaron atrapadas entre las puertas y una muchedumbre asustada; incluso se podía oír el chasquido de huesos rotos. Del peso de tantas personas agrupadas, las puertas cedieron y Karen y Judith salieron de allí a toda prisa.

En el centro comercial había estallado la locura. Al igual que en el cine, la gente corría, sangrando, mientras intentaban encontrar una salida.

—¡Vamos! ¡Por aquí ¡ —Judith cogió la mano a Karen y corrieron para refugiarse en un rincón.

 Desde allí pudieron observar lo que ocurría durante unos segundos. La gente estaba aterrada, intentaba abrir las persianas de los comercios cerrados. Los bares y restaurantes que aún permanecían abiertos eran trampas mortales. Karen se fijó en los atacantes. Esas personas que caminaban con torpeza, tenían la ropa hecha jirones y estaban manchados de sangre. Eran lentos, muy lentos, pero en grupo eran letales. Algunos presentaban heridas graves, pero todos tenían en común que atacaban a cualquiera sin piedad. Era extraño ya que, a pesar de sus heridas, parecían voraces cazadores. Uno de ellos las vio y fue hacia ellas.

—¡¡Corre!! —gritó Karen.

Intentaron ir hacia la salida del centro comercial. Cerrada. Dieron la vuelta mientras contemplaban cómo muchos caían y eran devorados. «¿Pero qué coño está pasando?», Karen estaba aterrada. Intentaron ir a otra de las puertas. Cerrada. El centro comercial con la mayoría de sus salidas cerradas se estaba convirtiendo en una ratonera.

Judith resbaló en un gran charco de sangre. Karen fue corriendo en su ayuda, pero esos seres fueron más rápidos. Un grupo se abalanzó sobre su amiga y empezaron a comérsela. Karen se acercó y tiró de su mano, pero se quedó con trozo de su brazo. Se alejó entre lágrimas mientras veía cómo arrancaban trozos de carne y vísceras de Judith. Chocó contra una pared a unos metros de distancia y se dejó caer. Vio más de cerca a esos seres mientras éstos disfrutaban de su siniestro banquete en un frenesí de sangre y órganos. Estaban tan ansiosos por devorar a su amiga que ni se dieron cuenta de su presencia. El olor a podredumbre y muerte le inundó los pulmones. Los miró unos segundos. No cabía duda de que estaban muertos. «Zombis…son zombis». Tardó unos segundos en reaccionar, y salió corriendo hacia un pasadizo que indicaba una salida de emergencia. Debía de intentarlo de nuevo.

El pasadizo era un laberinto de pasillos. Chocó contra alguien y cayó al suelo por la velocidad. La otra persona, un hombre de mediana edad, grueso y calvo, intentó levantarse pero al mirar hacia adelante, justo detrás de Karen, hizo un grito de terror y empezó a caminar a gatas. Ella se giró y vio un gran grupo de muertos  que iban a por ellos. Se levantó rápidamente y empezó a caminar sollozando. El hombre la miró suplicante mientras intentaba levantarse torpemente. Karen le tendió su mano y en un gesto rápido lo puso en pie y se alejó a grandes zancadas. Pero el hombre no fue lo bastante rápido y Karen pudo oír sus alaridos mientras se lo comían vivo.

Caminó unos minutos hasta encontrar una puerta de emergencia a su derecha y fue a por ella. No le quedaban más opciones, el centro comercial estaba abarrotado de esos seres. Empujó las puertas y estas cedieron. Con un gran alivio sintió el aire fresco de la noche abofeteándole suavemente el rostro. Pero esa agradable sensación duró poco. La ciudad estaba en llamas. Las sirenas de coches patrulla y ambulancias aullaban a la luz de la luna. Karen se dio cuenta de que, al igual que en el centro comercial, se encontraba ante el caos, la sangre y los muertos.

De pronto, sintió un gran dolor en su hombro izquierdo. Uno de esos seres le había dado un gran mordisco del que brotaba un río de sangre escarlata que le empapó la camiseta en cuestión de segundos. Lo apartó y empezó a correr, intentando encontrar un refugio. Vio varios coches que parecían abandonados en la calle y pensó en robar uno. «Aunque en esas circunstancias, ¿se podría decir que eso era robar?» El brazo le dolía cada vez más y no la dejaba pensar con claridad. Intentó abrir varios de los vehículos pero todos estaban cerrados.

Se sentía cada vez más débil y tuvo que apoyarse en la pared para poder mantenerse en pie. La herida le ardía; era como si le estuvieran clavando un punzón al rojo vivo. La tocó y se miró la sangre de la mano, ya no era roja sino oscura y espesa. Ya no podía estar de pie y se sentó en un bordillo entre dos coches. Tenía fiebre, se mareaba y notaba como cada partícula y célula de su cuerpo moría. Escuchó gritos, alaridos y gemidos, pero el sonido le llegaba amortiguado. La cabeza le daba vueltas y le costaba mantener los ojos abiertos. Se desmayó.

Cuando despertó ya no tenía miedo, ni cansancio, ni dolor. No sabía quién era ni dónde estaba. Pero había una cosa que sí sentía: hambre. Tenía mucha hambre, y sólo la dulce carne humana era ahora capaz de saciarla.

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