El monstruo de la Alhambra por Germán Prados

hombrecabra.jpgHace más de 30 años, unos amigos y yo fuimos a “celebrar” el día de Difuntos, lo que hoy es Halloween. Nosotros queríamos celebrarlo al estilo latino, o sea, como los poetas románticos del siglo XIX. Como bachilleres y seguidores de poetas tan ilustres como Bécquer y Espronceda, queríamos hacer algún acto romántico, no entendido por cortejar a una mujer, sino por pillar una borrachera.

Fue muy común, que por entonces adolescentes, queríamos vivir las correrías de los grandes maestros del romanticismo, por lo que siempre celebrábamos las calabazas y nunca mejor dicho, de los suspensos y las que nos daban las chicas estando de ligoteo, con borracheras de tinto, cervezas o cubatas de “muévete y no te menees”.

El día de difuntos planeamos en el instituto organizar algo. Quedaríamos en Puerta Real, en el Teatro Isabel La Católica y  allí concretaríamos la juerga.

Por la tarde, y  tal como habíamos quedado, faltaban la mitad de los amigos, por lo que me sentí defraudado.

Tampoco era eso, pero un halo de preocupación me inundaba por si les había ocurrido algo, sin embargo, uno de los colegas me espetó y me dijo que estuviera tranquilo.

Con casi soliloquios sordos, que aún distan de la razón, caminamos fulgurantes por el Campo del Príncipe, para subir a la Antequeruela.

La tarde se convirtió en noche, en noche negra, donde no había luna ni estrellas. Empezó a correr viento y a soplar como el sonido de un coyote.

Habíamos llegado alrededor de la Alhambra, cuando desde ramas de olivos, confundidos con el sonido del viento, se oían lamentos,  cascabeles y balidos de ovejas.

Uno de mis amigos (íbamos tres), mitad preocupado y mitad asustado, preguntó:

-¿Hay alguien ahí? ¿Le ocurre algo?

Seguían los cascabeles sonando, y nosotros, afirmando: -Eso es una cabra.

-¿Un rebaño de ovejas, cerca del cementerio? No puede ser, en todo caso estarían en el Llano de la Perdiz.

De pronto, vimos algo levantarse de una de las ramas de los árboles, tétrico, fantasmal, espectro, una cabra de pie. Miedo, me recordaba a la bestia. Qué cosa más horrorosa, como brillando en fuego. Podéis suponer que aquella bestia se acercaba a  nosotros.

Le dimos rienda a las piernas, corríamos y corríamos como galgos, a velocidad de maratón. Creo que, desde entonces, no he corrido como aquel día. Huíamos de la bestia, de aquel monstruo de la Alhambra, mitad animal, mitad persona.

En el Hotel Washington Irving nos detuvimos. Pensamos: estamos a la luz. Aquí no nos atacará.

De pronto, noto cómo alguien me toca por detrás. Para mis adentros, ya rezaba mis oraciones.

-¡El monstruo de la Alhambra. Maldita sea! ¿No habrá forma de celebrar el Día de Difuntos de otra manera?

Al cabo de cinco minutos, que parecieron eternos,  empezaron todos a reír.

Sorprendido, dije: -¿Sois idiotas?

Y ja,ja,ja…. el monstruo de la Alhambra, la cabra, era un disfraz de uno de los amigos, de los que eché en falta abajo en Puerta Real.

Otro  amigo de los que subieron conmigo, quitando “yerro” al asunto, me dijo:  –Casi me lo llegué a creer arriba, porque así no era como me explicaron la broma que nos iban a dar.

Algo furioso, les dije: -Las bromas para el Día de los Inocentes.

Después de cambiar la cara blanca, sudorosa y nerviosa a la de auténticas carcajadas, nos fuimos de borrachera.

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