Kamikaze por MoRius

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Toda la semana se la había pasado lloviendo. El paisaje, el olor y los colores, no eran a los que me tenía acostumbrada. Tampoco las cosas que yo estaba haciendo eran las habituales de cuando iba allí, en vacaciones.

Recuerdo ese día, en especial, que caía agua como si no hubiese un mañana. Tampoco yo iba muy vestida para la ocasión, ese tiempo de mil demonios me había pillado despistada.

– Buenos días, señora ¿se coge aquí el autobús que lleva al Hospital Costa del Sol?

Cuando llegó, aunque destartalado, me alegré pues estaba pasando un frío húmedo de narices, ese que se cala entre los huesos. Agradecí el sitio libre, casi al final del bus y me acomodé lo mejor que pude, apoyándome en el cristal sucio de la ventanilla.

En cuanto arrancó, dirección al hospital, intuí lo que allí me esperaba, con todo el traqueteo, el sonido de los frenos que chirriaban como un enjambre de langostas africanas y la lluvia, que tamborileaba con fuerza inusitada el techo del viejo cacharro.

Cuando encaró la carretera que nos llevaba a Marbella y empezaron las curvas, pensé que mi destino era morir en ese autobús que me llevaba a ver a mi padre moribundo.

Sería, cuanto menos, curioso, que volcáramos y tuviera un accidente, aquí y ahora – pensé, un poco macabra.

Para mi parecer, el conductor iba a una velocidad excesiva teniendo en cuenta el tiempo y las condiciones de la carretera, con exceso de tráfico y agua, mientras veía que el vehículo hacía pequeños derrapes sobre el asfalto.

No es coña, me acojoné. Imaginé, por un momento, que no llegaría a mi destino, que sería una aventura imposible. ¿Qué le pasaba al conductor, estaba loco? Pensaba atónita y miraba al resto de pasajeros, buscando alguna señal de empatía, pero descubriendo que iban tan ensimismados en lo suyo, como si ese fuera el pan nuestro de cada día.

-¿Queda mucho para la parada del hospital?

Se me estaba haciendo eterno, sin ver el paisaje no tenía ninguna referencia, solo las gotas que golpeaban furiosas la sucia ventanilla, que además se había empañado.

  • Es la siguiente parada -me dijo un chaval.

Me levanté como impulsada por un resorte interior y un poco frenética, lo reconozco, pulsé el botón rojo varias veces, no fuera a ser que el señor conductor suicida no frenara en mi parada. Cuando abrieron las puertas y, por fin, bajé de aquel autobús Kamikaze, se me quedó una sensación rara, esa que, alguna vez, ya había sentido y que era como de burlar al destino.

A unos pocos metros, las paredes verdes del Costa del Sol.

Ese día, no pude burlar al destino dos veces.

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