Correr no es de cobardes ¿Tal vez de niños? por Francisco Gazapo

paco

Era un día normal. Un día como otro cualquiera. Un día rutinario en el que todo parecía repetirse con cruel exactitud como si se tratara del mismísimo Bill Murray en la película Atrapado en el tiempo. Una vez más, poco antes de la cena, se preparaba para salir a correr. Hacía tiempo que no corría por un objetivo cercano, plausible, medible o claro. Simplemente salía. Ponerse las zapatillas se había convertido en una rutina más en su monótono modo de vida. Después de muchos años de perseguir y batir marcas, en estos momentos, la falta de motivación le empujaba simplemente a salir a correr de manera mecánica, casi sin ganas.

Como un ritual repetido cientos de veces abrió el cajón del armario donde guardaba, perfectamente ordenada,  toda su ropa de correr. Un vistazo rápido y, en un momento, tenía en su mano la ropa adecuada para el tiempo, ya fresco, que hacía en esa primera semana de noviembre.

La visita al zapatero le llevó algo más de tiempo. Ayer había recibido unas nuevas zapatillas compradas por Internet. El complicado día que había tenido en el trabajo le hizo olvidar que junto a las zapatillas que le habían acompañado los últimos cinco meses, y que ya comenzaban a mostrar signos de vejez, le esperaban estas otras. Breve momento de indecisión antes de decidir que hoy no tocaba estrenar. Realmente tampoco le hacía mucha ilusión.

Al salir del portal, la casualidad hizo que se cruzara con unos vecinos que venían de la calle con su hija de tres años. Un encuentro imprevisto que, aunque él no lo sabía, iba a cambiar su día, tal vez su vida. La niña se le quedó mirando fijamente como solo los niños, sin vergüenza ni prejuicios, son capaces de hacer. Un saludo cortés salió de su boca sin más intención que cumplir con el protocolo básico de educación cuando de repente y de la manera más inesperada, la niña, normalmente muy callada, balbuceó unas palabras que él no consiguió llegar a comprender. Ante su falta de respuesta, la niña insistió y volvió a repetir sus palabras, esta vez en tono alto y claro:

-¿Vas a correr? ¿Por qué corres?

Lo primero que se le ocurrió fue un triste y fácil “porque sí” pero se abstuvo. Odiaba que la gente fuera incapaz de defender con razones lo que hacía y esa respuesta no estaría a la altura que él exigía. Fue un momento violento, normalmente era una persona de respuesta fácil pero la inesperada pregunta de una niña de tres años le había dejado la mente en blanco y solo se le ocurrió un socorrido:

– Voy a pensarlo y mañana te lo cuento.

Salió del portal sin mirar atrás, con la pregunta de la niña dándole vueltas en su cabeza y molesto por sus propias palabras que sonaban más a una excusa que a una respuesta. No hacía más que preguntarse como él, que llevaba años corriendo, no había podido responder a una pregunta tan simple e inocente.

Hombre de costumbres fijas, una vez en la calle, siempre seguía fielmente una serie de pautas antes de dar la primera zancada. Primero encendía el GPS para, a continuación, pasar a apretarse las zapatillas mientras el reloj cogía la señal de los satélites. Una vez todo listo, una rápida pulsación del botón de “START” y a correr. Pero esta vez, su cabeza seguía sumida en busca de una respuesta y comenzó a correr sin apretar el botón de inicio del GPS, cuestión de la que no se percató hasta diez minutos después. Otro día eso le hubiese cabreado de sobremanera, pero hoy no, su mente seguía absorta en un único pensamiento: ¿Por qué corro?

Mientras que, de manera autónoma y sin mayor atención por su parte, sus piernas lanzaban zancadas alternativamente,  él seguía dándole vueltas al asunto y ante la falta de una respuesta optó por tratar de hacer memoria.

– ¿Cuándo comencé a correr? ¿Por qué? ¿Con quién? ¿Dónde?

Inesperadamente las preguntas le comenzaron a traer muy buenos recuerdos. Recuerdos que tenía guardados y casi enterrados en lo más profundo de su ser y que, sin la pregunta de la niña, tal vez, nunca hubieran vuelto a aflorar. Pero sí, ahí estaban. De inmediato su cara comenzó a dar muestras de los extraordinarios momentos que estos recuerdos le afloraban y su boca dibujó una incontenible sonrisa.

Una serie de acontecimientos en su vida le había hecho caer en este este estado en el que se encontraba, donde nada le importaba, donde todo le costaba y en el que con nada realmente disfrutaba. El pasotismo al que le abocaba dicha actitud hizo que fuese perdiendo el contacto con amigos y se fuera cerrando en sí mismo, buscando actividades en las que la relación con otras personas fuese inexistente. Hasta entonces correr siempre lo había entendido y disfrutado como un deporte social pero en estos últimos meses, reflejo fiel de lo que era su vida, había terminado llevándolo al extremo más solitario.

Comenzó a recordar esos primeros pasos, casi con las mismas dudas que un niño cuando comienza a andar, descubriendo cómo correr no resultaba tan monótono como siempre había pensado. Esos amigos con los que compartía km, experiencias, problemas y logros. Y revivió ese estado de felicidad y buen rollo que rezumaba a borbotones en todo el grupo de corredores. Era una maravilla oír al serio director de banco hablar de sus nuevas zapatillas que le darían esos segundos que le faltaban para batir su récord personal. Ese otro agente de seguros al que le brillaban los ojos mientras te contaba esa carrera que tenía pensado hacer este verano en el Norte de Alemania. Esa funcionaria, con rostro serio y poco amable, que pasaba las horas sellando papeles detrás de una ventanilla pero que se convertía en la persona más extrovertida y alegre cuando se calzaba las zapatillas. Adultos olvidándose de su condición y obligaciones de su edad para volver a sentirse niños. Definitivamente, sus caras ilusionadas les delataban.

Había comenzado a subir una colina, la misma colina que subía todos los días, pero ahora todo era distinto, todo sabía mejor. Una vez arriba se paró, levantó la vista y vio como el horizonte le regalaba una espléndida puesta de sol.

No pudo más que sentarse a admirar aquel regalo. Y casi sin querer un lágrima, que comenzó a salir de sus ojos aunque manaba directamente de su revivido corazón, recorrió su mejilla. En ese mismo instante sabía que algo había cambiado dentro de él. De golpe recordó que la vida se vive una vez y que, con su actitud actual, la estaba desperdiciando.

Cogió su móvil y buscó en la agenda a Manuel. Hace tiempo su mejor amigo y del que se apartó cuanto comenzó a aislarse. Tenía el número en la pantalla pero una especie de miedo y vergüenza le frenaban a pulsar el botón de llamada. Tras unos segundos de indecisión para sumar valentía consiguió reunir las fuerzas necesarias. Sonó el primer tono, luego el segundo y, con cada nuevo tono sus temores, no sabía muy bien a qué, se incrementaban. Tercer tono, cuarto tono y, de pronto, Manuel descolgó.

– Hola ¡Cuanto tiempo!

Su tono no reflejaba resentimiento, más bien sorpresa y muchas ganas de volver a hablar. La conversación fue larga y amistosa, como si sus vidas nunca se hubieran separado y terminó, cómo no, quedando para recordar viejos tiempos corriendo por el parque al día siguiente. Con la ilusión recobrada, qué largas se le iban a hacer las horas hasta el reencuentro. Resultaba increíble cómo, la simple pregunta de una niña, le había cambiado y le había hecho recuperar de nuevo la ilusión que, una maldita depresión, le había arrebatado.

El reencuentro fue un punto de inflexión y el salvoconducto para volver a compartir horas con Juan, Ana, Fernando, Isabel y todo el pelotón… toda esa gente que, durante muchos años, fueron casi como parte de su familia. Una costumbre que nunca debió perder.

Unos días más tarde, volvió a encontrarse en el mismo portal con Marta, la niña que inocentemente, comenzó todo.

– Muchas gracias Marta.

La niña se le quedó mirando con cara de no entender por qué le daba las gracias. Seguramente, ni se acordaba de la pregunta que le lanzó unos días antes pero él, con la mejor de sus sonrisas, continuó:

– Corro porque es como un juego para mí. Un juego que me permite evadirme de mi condición de adulto para volver a sentirme niño como tú. Ilusionándome con cada detalle, magnificando cualquier objetivo y, todo, mientras me lo paso en grande con mis amigos. Muchas gracias Marta por recordármelo.

Relato corto publicado originalmente en el blog que el autor escribe  “Conectando Vértices” 

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