Mascarilla por MoRius

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Mª del Mar Pérez era una funcionaria sombría, apagada, sin luz en la mirada.

Nunca antes había entrado pero hoy le pesaban mucho los folios amontonados y el aire enrarecido del despacho, así que se dijo así misma que no tenía nada que perder.

Había oído a sus compañeras, hablando entre ellas, comentar que había una chica nueva que lo hacía de vicio. No iba por ella, claro. Iba porque estaba hastiada.

Entró y, solo la mezcla de olores que atropelló sus fosas nasales, le despertó más que el café de la mañana. Al cabo de un rato, y después de habituarse a un ambiente extraño para ella, empezó a percatarse de quién era la nueva.

No se movía nerviosa como las demás, sino que se tomaba su tiempo. Parecía flotar por la pequeña sala. Se puso a trabajar a la chica que tenía a su lado y en un minuto, Mª del Mar, se descubrió teniendo un pensamiento que jamás imaginó tener: ¡Por favor, quiero que me haga eso ya!

Sorprendida, miró a su compañera que cerraba los ojos con una mueca de infinito placer y se quiso ver así misma de igual manera. -Dios, … ¿qué está haciendo con los dedos? ¡Qué me lo haga yaaa!-

Como si fuera una broma de cámara oculta, la nueva, le miró y le dijo: – Ahora estoy contigo, te voy a hacer exactamente lo mismo-.

Otra chica, que parecía la encargada, miró a la nueva y con gesto brusco, mudo, le dijo que cortara ya y se dedicará al próximo cliente, o sea, a ella.

Cuando sintió esos dedos por su cara y su pelo, cerró los ojos e intentó no ser demasiado evidente mientras una ráfaga de escalofríos placenteros recorrían su columna vertebral.

Al terminar, casi en un suspiro, la nueva preguntó: -¿Te ha gustado? y Mª del Mar no pudo ser más sincera cuando le dijo que sí, que mucho.

Recobró la compostura y cuando acabó del todo, pagó de la manera más fría que pudo y salió rápidamente del local, hacia una puerta que daba al exterior del ministerio. Encendió un cigarrillo y se sintió más relajada que en los últimos cinco años.

Tenía que volver. Pedir una cita para el día siguiente. Así que regresó sobre sus pasos, llamó a la puerta y dijo: -¿Me podéis dar cita para mañana?

-Lo siento, señora- dijo la nueva.

-La peluquería del ministerio cierra los miércoles. Pero si quiere, le doy cita para el jueves y la próxima vez, en el masaje, le ponemos mascarilla que así le hace doble efecto.-

Mª del Mar Pérez subió a su puesto de trabajo y ya no le pesaba ni los folios amontonados, ni el aire enrarecido.

Solo pensaba en la mascarilla y en su doble efecto. 

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