Luces en la noche por José Andres Hidalgo Moya

10850267_10204319351197327_4390437976730079387_nDespués de conducir innumerables horas a bordo de aquel coche alquilado en el aeropuerto, y guiado por un muy poco cordial GPS, por fin llegó a su inhóspito destino escondido entre las áridas montañas de esa perdida región minera argentina.

Aparcó el coche donde pudo y se dispuso a caminar sendero abajo. Antes, había repasado por última vez los informes de las observaciones y cálculos traídos desde su Estocolmo natal, sede también de su cátedra de Astronomía. ¡Por fin! Horas y horas tras el telescopio culminaban en la aventura de llegar hasta allí.

Su pulso se aceleró a medida que se acercaba a su destino. Poco a poco, la soledad y oscuridad del lugar en aquella noche que, esperaba, resultara ser de lo más esclarecedora, fue salpicada de pequeñas luces de linterna que, en una suerte de romería, fueron apareciendo aquí y allá. Sus portadores, parecían llevar el mismo recorrido y dirección que él, y según se los iba cruzando, lo saludaban con sonrisas cómplices y gestos de asentimiento. Trascurrido un rato, llegaron por fin a un descampado. Algunos, probablemente los primeros en llegar, habían mantenido encendidas varias modestas fogatas que además de proporcionarles algo de calor, iluminaban la vetusta y semiderruida fachada de una construcción ya abandonada no se sabía hacía cuánto.

Él, el profesor Bosse, saludó a sus colegas de profesión que habían estado esperando ansiosos. Estos, eran precisamente los mismos con los que había estado intercambiado durante meses ingentes cantidades de información y datos, precisamente desde el primer momento en que tuvo lugar el avistamiento y su posterior seguimiento.

El equipo, en definitiva, además de por él mismo, estaba compuesto por el coreano Gun-hyung y el mejicano Rodrigo Cuevas. Ahora el trío observaba expectante aquella fachada pobremente iluminada, y como si con anterioridad lo hubieran coreografiado, los tres comenzaron a caminar al unísono hacia la puerta de aquella estación de tren abandonada. Justo antes de atravesarla, echaron un vistazo hacia arriba, fijando la vista sobre su dintel: aún podía distinguirse un nombre en el sucio cartel que medio colgaba en lo que fuera aquella estación, en un remoto pueblo de la región argentina de Catamarca.

El cartel decía: Bélen…

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Dulce Navidad por Yolanda Erre Blanco

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Y mi cara en forma de ojo de pez, como dicen los editores de fotografía hoy en día, queda allí perpetua. En una bola de navidad de color plata se refleja mi nariz de payaso, mi gran nariz de payaso. Es divertido ensalzar los defectos, a estas alturas de la vida para que se ría otro de mí lo hago yo misma y eso que gano en salud. Pero no soy la única aburrida esta tarde en el espacio de consumo lleno de atrezzo. Otros sentados en el borde de una escultura, como los viejos de Benidorm contemplan la gente pasar. Algunos miran su móvil y otros sus pies, sus grandes pies.

Podría probar a reflejarme en otra bola de navidad pero, todas son plateadas así que voy a quedarme hipnotizada ante ésta que refleja mi nariz. El árbol de navidad del centro comercial alcanza el techo, todo se magnifica con según qué lentes y qué medicamentos. Me duele el cuello al mirar hacia arriba y un leve mareo me tambalea.

-Madre, llevo buscándola hace rato por toda la planta. Estuve a punto de ir a megafonía en el estand de información. Usted un día me mata. Lo que no han hecho los trastos de mis hijos a lo largo de su infancia y adolescencia lo hará usted en unos meses. Voy a activarle ahora mismo el gps del móvil, no se hable más. Total, no le hace ni caso cuando suena, así que, por lo menos que pueda localizarla en el Facebook. Sigue leyendo

Abrazos navideños por Rubén Bustos

RegaloNavidad.jpgDía 24 de diciembre, 20:00h.

Los invitados a la cena de Nochebuena no paran de llegar y van entonando distintas conversaciones, unas más banales, otras de viejos recuerdos, causadas por el tiempo de no haberse visto, la mayoría, desde las Navidades pasadas. Los culpables: el trabajo, la familia, el vivir por distintos puntos de la geografía española. Cada cual exponía la excusa de no estar disponible para los demás de la forma más convincente posible.

Por el acontecimiento y por el número de personas, la familia y las partes anexas a ellas, decidieron que iban a realizarlo en un restaurante de moda, que se encontraba a un precio asequible para ser la época. Se había tenido que reservar casi en Septiembre, para que todos pudieran planear con anticipación, el acudir al evento.

Todo el mundo se fijó en que el Centro de Mesa no era el típico de Navidad, con las flores rojas de Pascua ni los típicos muñecos estereotipos. Había, eso sí, un árbol de unos 30 cm. de altura, un bonsái de pequeño abeto, decorado con lo justo y necesario para ser correspondiente a las fechas. Sin embargo, no desentonaba del resto de la decoración y había uno en cada mesa. Todos los niños querían tocarlo, mientras los padres intentaban evitarlo por todos los medios.

Debajo de él, había tantas cajitas de regalo como invitados tenía la mesa. Miraron a las que tenían 2 ó 4 comensales y eran el mismo número de cajitas. En la suya había 30, exactamente, como el número de invitados. Sigue leyendo

En busca de la felicidad por David Montero

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Nunca fuimos demasiado felices, si es que la felicidad se puede medir en escalas, en tal caso, diría que nunca llegamos a ser felices.

Con 9 años, la vida me mostró, a mí y a mis dos hermanos más pequeños (7 y 3 en aquel entonces), lo que nos tenía preparado. Que no iba a ser un paseo o un desfile, claro que esperar eso es bastante ilusorio.

Pero descubrirlo una mañana de primavera, a los 9 años, tal vez era demasiado precipitado, casi terminaba de aprender a montar en bici y a nadar como quien dice, y me encontraba con la primera, de muchas lecciones, que aprendería a lo largo de toda ella.

De repente, la “seguridad” que nos había otorgado vivir bajo un mismo techo con nuestros padres, -aunque recuerdo que, por aquella época, ya se turnaban, pues se estaban separando-, había pasado a un segundo plano.

La supervivencia era lo primero, la mía, y la de mis hermanos, de la cual me hacía yo mismo responsable, era el mayor… 9 años.

Aún hoy me gusta quedarme mirando a los niños de esa edad cuando juegan en el parque o lloran indefensos, y se abrazan a sus padres, por algún episodio vivido que les ha desconcertado. Sigue leyendo

Aquellas Navidades Blancas por Germán Prados

germanNavidad.jpgSiendo muy niño, en el invierno de 1972, nos reunimos una Nochebuena en casa de mis abuelos. No recuerdo el día de la semana, mas no importa, porque la época de Navidad eran días de vacaciones para los colegiales.

Desde por la tarde, reunidos al calor de una chimenea de pueblo, de cuando los pueblos eran pueblos con sus calles y plazas llenos de árboles, donde se veían caer las últimas hojas del otoño y, en cada rama, había un copo de nieve.

Sí, ante de irnos a la chimenea, jugamos en el jardín, con un enorme manto de nieve, donde hacíamos bolas y los chiquillos nos las tirábamos al cuerpo. Cuando te caía a la cara,… qué repelús.

En la chimenea, viendo el crepitar de las ascuas y de las astillas, en un baile sonoro azuzado por el fuego y las ramas más verdes del fondo. Esa felicidad innata, que no observábamos simplemente porque la teníamos, no la percibíamos.

Llega la cena y todos reunidos, padres, hermanos, tíos, primos y abuelos. Aún con los medios de entonces, todo sabía a gloria. Aquellas viandas tan ricas, comida especial para una noche especial, sidra el Gaitero (aún desconocíamos el cava, porque se seguía llamando champán).

Y de postre, el flan de huevo, que empezaba a despuntar inventado por una señora de Cájar que empleó a dos primas lejanas de La Zubia.

Después los típicos mantecados de Estepa, y los turrones de Alicante.

Contar una anécdota relacionada con la “glotonería”: Mi abuela tenía bien guardados (que no escondidos) los mantecados y demás dulces surtidos en una alacena. Los niños conocíamos el rincón y nos íbamos derechos al lugar, cuando visitábamos a los abuelos. Ella, con un guiño de complicidad y esbozando una sonrisa, aceptaba con cariño la “travesura”.

Después de los dulces, cogían mi padre, mi tío y mi abuelo , la zambomba, mojando las varas, para que fluyera mejor el artilugio musical.

Nosotros, los niños, la panderetas, y las mamás, entonando villancicos.

Cuando hoy escucho un villancico con voces de niñas, que derivan de alguna tienda, se me escapa alguna que otra lágrima.

Las Navidades nunca se olvidan, y hay gente que no le gusta, primero por que la vida pasa y se va yendo gente querida. Segundo y con todo respeto, porque se están liberando o “paganizando” fiestas tradicionales.

No nos pongamos triste porque es Navidad ¡Que sonrían los niños! Tenemos que hacer el esfuerzo de transmitir el espíritu navideño de alegría y paz a todos, incluyendo a los más peques.

Salta, ríe, canta porque llegó Navidad.