“No pases frío” por Adrián Troncoso

chicas.jpgBASADO EN UNA LEYENDA POPULAR QUE CIRCULA POR LOS PUEBLOS DE LA COMARCA.

Era un sábado de finales de Octubre de 1968…

Las amigas de Juana habían organizado una salida a la capital sevillana. Todo un acontecimiento para unas jóvenes cansadas de ver siempre las mismas caras en el pueblo.

Juana tuvo que trabajar concienzudamente durante varias tardes para lograr el permiso de Aurora, su madre. La matriarca ya sabría cómo convencer a su marido…

-“Ten mucho cuidado, hija”.

-“No te juntes con los hombres que son todos unos guarros y quieren aprovecharse de ti”.

-“No perdáis el Amarillo” (así se denominaba al autobús que hacía el recorrido).

-“Abrígate bien, que por la tarde refresca”.

Pero aquel octubre era todavía caluroso. Y Juana se vistió elegantemente con una falda negra hasta las rodillas y una fina blusa blanca, rodeando su cuello con un bonito pañuelo de seda rojo.

Las cuatro veinteañeras subieron al autobús a las cuatro de la tarde. Cuarenta minutos después estaban en el Prado de San Sebastián disfrutando de una tarde otoñal. Pasearon por la Plaza de España y compartieron unos barquillos de canela mientras cruzaban por el Parque de María Luisa.

Se detuvieron en el bar Citroën. Allí, tomaron un Cinzano. Envalentonadas por la euforia de la copa, siguieron adentrándose en la capital hispalense en busca de un sitio menos turístico donde poder bailar. A una de ellas le habían hablado del “Califas”, un disco-bar que distaba un par de manzana, y allí se dirigieron.

Con caras de ilusión, observaron al portero, impecablemente vestido, en la puerta. Con acento cubano les dio la bienvenida mientras solicitó los respectivos documentos de identidad para comprobar que tenían los 21 años de la mayoría de edad.

Juana palideció… todavía le faltaban dos meses para cumplirlos. El portero lamentó la circunstancia y explicó las restrictivas leyes al respecto.

El cuarteto de las chicas de pueblo se reunió en mini-asamblea en la puerta del local. Juana las invitó a que entraran:

-“No pasa nada, niñas. Me quedaré dando una vuelta por la zona. Luego nos vemos para pillar el autobús de regreso”.

Al fin y al cabo, a las cenicientas solo le restaban dos horas para que el Amarillo pusiera el punto final a su cuento.

Y la ilusión pudo más que la responsabilidad. Y la curiosidad por descubrir aquel sitio, venció a la solidaridad. Y entraron.

Juana, en la puerta, que había aguantado con entereza sus temores… derramó una lágrima una vez que perdió de vista a sus tres amigas que estaban subiendo la amplia escalera de alfombra roja.

Fue en ese instante, cuando se acercó Anselmo. Era un joven alto, algo mayor que ella y elegante. Quizás rondara los treinta. Vestía una americana de cuadros sobre una camisa lisa a juego con unos pantalones acampanados. Lucía un bonito bigote castaño claro.

-“¿Qué te pasa chiquilla? ¿No te dejaron pasar? Por eso no se llora… A esta hora el “Califas” está prácticamente vacío… No te pierdes nada”.

A Juana se le disparó el corazón. Pero, sin darse cuenta, comenzó a hablar con el desconocido.

Se presentaron y Anselmo le invitó a dar un paseo. Ella se habría negado. Pero continuamente veía pasar gente “moderna” y le daba miedo quedarse sola.

-“Yo te acompañaré luego hasta el autobús… Tranquila, no te preocupes. Justo enfrente tenemos el Barrio de Santa Cruz. ¿Lo conoces?”.

Recorrieron sus callejuelas mientras iba explicándole detalles históricos y anécdotas de cada uno de sus rincones.

Tomaron una copa de vino dulce en la concurrida plaza de los Venerables. Juana, poco a poco, iba relajando la expresión de su rostro. Aquel desconocido le inspiraba tanta confianza…

El tiempo volaba y la hora de partir se acercó. Entristecida, emprendió el camino de regreso. La tarde-noche había refrescado y la joven sintió mucho frío. Apretando las axilas y frotando las palmas de sus manos, no podía disimular el temblor. Anselmo se ofreció a prestarle su chaqueta y ella aceptó ante tan cortés insistencia.

Y casi sin darse cuenta, se plantaron en la puerta de la estación de autobuses. Ella hizo ademán de quitarse la chaqueta… pero él negó con la cabeza.

-“Me la devuelves otro día… y así tendremos excusa para vernos”.

Sonrojada, se quitó su pañuelo rojo y con dulzura, lo rodeó al cuello de su amable acompañante. Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

-“Gracias Anselmo, así la devolución será mutua”.

Había caminado unos pasos cuando se giró contrariada y volvió a tomar la palabra:

-“Anselmo, ¿cómo podré devolverte la chaqueta? No sé dónde vives…

El joven, sonrió…

-“Calle de la Fe, número 9. Cuídate mucho, Juana”.

Las cuatro cenicientas cotilleaban en los asientos marrones de skay del viejo autocar de línea. Realmente, “Califas” estaba casi vacío. Un par de bailes y un combinado de Bloddy Mary, resumían la tarde de las chicas, que estaban más interesadas en escuchar la historia de su amiga Juana y de aquella chaqueta que olía a Varón Dandy.

Juana viajó de regreso a Los Palacios abrazada a ella, con una sonrisa que solo desprenden los enamorados.

Al día siguiente, se dirigió a la parada de taxi, hasta que encontró allí a Julián, su primo el taxista.

Simulando un encuentro casual le preguntó por la calle de la Fe en Sevilla. Julián, en la puerta de su Seat 1500 se encogió de hombros:

-“Sevilla es muy grande, prima”. A continuación, consultó su callejero.

-“De la Fe, no prima. En Sevilla está la calle Santa Fe que está por Los Remedios”.

A la tarde siguiente, con su chaqueta perfectamente doblada y oculta en una bolsa de Galerías Preciados, volvió a subir en el Amarillo, esta vez sin permiso. Recorrió aquella calle, pero el número nueve estaba ocupado por una Agencia de Seguros.

Tuvo que regresar al pueblo con su chaqueta y volver a guardarla en el ropero, no sin antes volver a embriagarse con su aroma.

Era 1 de noviembre. Aurora, la madre de Juana, como hacía cada año, iba a ponerle las flores a la tumba de sus padres, que estaban enterrados en el cementerio de Sevilla. Generalmente iba sola pero aquella mañana, su hija se ofreció a acompañarla.

Diez minutos antes, salieron a la puerta. Con la puntualidad de los pueblos (antes de la hora), el inconfundible sonido del motor de gasoil del 1500 de Julián anunciaba su llegada.

Madre e hija subieron al taxi rumbo al cementerio San Fernando de Sevilla, en el barrio de San Jerónimo.

El taxista se quedó en la puerta esperando.

Todavía se resistía el otoño a bajar las temperaturas y el bonito camposanto de Sevilla estaba lleno de gente con flores para sus familiares.

Caminaron entre las calles hasta llegar a la tumba y sacando de un cubo unos trapos, Aurora, vestida de negro para la ocasión, se puso a limpiarla.

-“Mamá, voy a dar un paseo” –comentó la chica.

-“No tardes hija… En media hora tengo esto listo”.

Juana se detuvo en los mausoleos de los toreros. Leía los pomposos nombres de las capillas familiares de la aristocracia sevillana. Se impregnaba de ese olor dulzón y a cipreses que desprenden estos lugares. Hasta que un escalofrío recorrió su cuerpo.

Un azulejo anunciaba el nombre de una calle: “Calle de la Fe”.

Anduvo por ella y, en la novena parcela, vio una tumba abandonada, que elevaba una esbelta cruz de piedra envejecida por el tiempo.

En su centro, amarrado, su pañuelo rojo de seda.

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