Tiempo de Aprender por Rubén Bustos

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Hay veces que es tarde para comprender y entender las cosas. Ahora, estoy entre tinieblas, mis ojos parpadean anestesiados, rápido descienden para no dejarme ver. La cabeza da vueltas, crujen mis neuronas, como si de una gran resaca se tratase. Apenas, podía recordar por qué estaba así. Mi cerebro me enviaba mensajes sobre mi postura, mas aún no estaba nada clara. Lo más posible es que me encontrara sentado, por los espasmos que daba mi columna vertebral, que era lo que me hacía mostrar, muy de vez en cuando, mis pupilas, aunque no era mucha la luz que por ellas pasaba.

Poco a poco, también empecé a sentir dolor en las muñecas, del roce continuado de un metal completamente frío, casi glacial. Y los aguijonazos que sufrían los maleólos de mis tobillos tenían un sentimiento de soledad y prisión, adorados con cuerdas.

No recuerdo por qué llegué aquí. Mis conexiones cerebrales traían flashes, hacia delante y detrás como un VHS antiguo. BackForward continuos con escenas inconexas. Por ejercer un poco de positividad, quizá eso era bueno. Y las cabezadas comenzaban a disminuir, pareciendo que el sueño daba paso a un atisbo de lucidez.

Las fuerzas, a pesar de no ser muy numerosas, comenzaban a llegar y vi los grilletes, que sostenían mi razón atada a la silla. Mi primer impulso fue gritar “¡Sacarme de aquí!”, pero mis cuerdas vocales estaban adormecidas aún.

Conseguí girar un poco el cuello a izquierda y a derecha. Mejor no haber despertado. No era el único, había más sillas en las penumbras con cuerpos, unos inertes, otros, que intentaban desesperadamente moverse. Gemidos y chasquidos llegaban de gargantas adicionales a los pequeños movimientos que nos permitían nuestras pequeñas prisiones.

Ahora recuerdo que, podría ser 1 de noviembre, o quizá no. Ayer, anteayer o cualquier otro día, no lo sé, ya que el hambre que hacía rugir mis tripas parecía no tener fin. Las imágenes de mi cabeza rememoran una fiesta de Halloween. Fui con ilusión, porque estaba allí aquella chica que conocí en el metro. Fue quien me dio la invitación para acudir a la fiesta. Y el plan era muy bueno, porque ese fin de semana todos mis amigos se iban de puente. No me quedaría en casa.

El arrepentimiento empieza a centrarse en mi cabeza. ¿Por qué fui? ¿Ella me encantó? ¿Qué pasó, parecía una fiesta normal? ¿Bebí tanto como para perder el conocimiento? En estos momentos, pensar es tardío. Puede que lo que tenga que aprender, ya no sea posible hacerlo.

Una sombra aparece por la habitación, toda negra y más oscura que la propia habitación. En sus manos, dos pequeños relámpagos llegan hasta mis nervios ópticos. Uno parece un cuchillo de grandes dimensiones, el otro es más grande aún. Parece hecho de metal, pero con algún material más, con una forma alargada.

Utiliza el cuchillo para hacer saltar las ataduras de uno de mis compañeros y suelta los grilletes que desgarran sus muñecas. Las mías están degradadas y empiezo a notar cómo el líquido sanguíneo de mi interior se expande por mi antebrazo y mis manos.

Después, se echa el cuerpo a la espalda. Se lo lleva, cerrando tras de sí, una puerta que chirría, de forma estridente, apisonando mis oídos. Pobres, mis tímpanos. El silencio recubre toda la escena a partir del sonido de un manojo de llaves.

Tiemblo, intento llorar, mis lágrimas apenas son líquidas. Noto el escozor que recubre mi córnea continuamente. Sigo queriendo gritar. Apenas sale aire de mis pulmones y el esfuerzo es supremo, para emitir un pequeño “clic” desde lo profundo de mi alma.

Vuelve a crecer la intensidad de mis emociones, y me imagino que la ansiedad es la mayor de ellas. Seguro que alguno de los presentes siente lo mismo que yo. Eso no me alivia en demasía, ni siquiera una pizca de valor me aporta. Y en ese momento, la puerta se abre.

La sombra se dirige a por mí. Sigue el mismo ritual. Y, en una milésima de segundo, me encuentro apoyado con mi torso en su espalda, colgado de su hombro y muerto de dolor.

Creía que lo peor había pasado y mi ilusión fue desestimada.

La otra habitación era una carnicería. Humana. O al menos partes de los cuerpos humanos son los que estaban colgados sobre las paredes.

Sentía frío, destrozó mi disfraz rajándolo con el cuchillo. Indefenso, destrozado. Sé cuál es ahora el otro elemento que resplandecía. El filo de un hacha. Lo último que siento es cómo se hunde en mi cabeza. Y mi destino, un interrogante.

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