La tortuga del infierno Por Raelana Dsagan

tortuga

La tortuga giró lentamente la cabeza y su cuerpo de metal emitió un chasquido, sus ojos ardientes se encontraron con los de su creador. El diablo puso los brazos en jarras y contempló con orgullo a su criatura.

El caparazón era de plomo, hecho con placas que se ajustaban perfectamente para proteger su cuerpo de fuego. Su vientre y sus patas se veían iluminadas, pues ahí el armazón era más liviano, para permitir el movimiento. De su nariz salía un espeso humo negro.

—Esta vez sí, el esfuerzo ha merecido la pena. ¡Arrasaremos el mundo! —afirmó el diablo. Su pequeño ayudante, un dragoncillo alado, movió la cabeza, dudando.

—Parece demasiado lenta —se atrevió a murmurar, pero su superior no le hizo caso. La tortuga gigante del infierno era su última creación y sería la más mortífera, la que al fin funcionaría. Su ayudante pensó que no era necesario contarle al diablo que el mundo había cambiado mucho desde que empezó a construirla, ocho siglos atrás.

Dejaron que la tortuga del infierno recorriera el mundo, haciéndolo arder a su paso. Atravesó mares y montañas, pero allí donde llegaba siempre lo hacía tarde: campos de batalla donde no quedaba nada por quemar, lugares que ya habían sido destruidos por desastres naturales. El diablo lo observaba todo y se mesaba los cabellos, con rabia. Su ayudante tenía razón, aquella maldita tortuga era demasiado lenta.

—¡Maldito cacharro! ¡Otro que no sirve para nada! —enfadado, el diablo dio una fuerte patada a su criatura, que salió volando. La tortuga del infierno intentó agarrarse a las nubes, a la luna, pero no pudo y se perdió en el espacio.

Esa noche los astrónomos contemplaron, asombrados, cómo una nueva constelación con forma de tortuga brillaba en el cielo, en el centro parecía contener una nebulosa con la vaga forma de un caparazón. Y en el borde de lo que sería una de las patas brillaba una curiosa estrella doble.

—Parece que se ha enganchado con uno de esos satélite artificiales —comentó el dragoncillo, mirando el cielo.

—Ni la basura se puede tirar tranquilo ya —rugió el diablo y se dio la vuelta, para no ver el resto de sus fracasos brillando en el cielo.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó su ayudante.

—¡Somos nosotros los que tenemos que destruir el mundo, no esos aficionados! ¡Lo haremos! ¡Nada podrá contra mi inteligencia suprema! ¡Construiremos la lombriz gigante del infierno!

—Señor…

—Esta vez no fracasaremos. Llenaremos la maldita tierra de agujeros. Si no la destruimos desde fuera ¡lo haremos desde dentro! ¡Vamos! ¡A trabajar!

El dragoncillo pensó que no era ese un buen momento para hablarle a su superior de las compañías petrolíferas.

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