PaZ y Silencio por Pilar Cortés

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Sofía era agnóstica, no creía en ese Cristo al que una gran mayoría idolatraba. Sin embargo, aquel domingo caluroso de junio entró a la pequeña parroquia de La Seo.

No entró para rezar, ni cantar las alabanzas, ni para oír misa, tan sólo necesitaba paz y silencio. Los lugares santos eran los únicos en donde encontraba la paz que necesitaba para escucharse a sí misma.

Entró refugiándose del calor y el bullicio de la ciudad. Al entrar descubrió un pequeño templo resguardado de los ojos menos curiosos; toda la decoración era casi mínima, no ostentosa. La única excepción era el altar mayor revestido de oro, así como el techo. Se quedó absorta contemplando el techo tan sencillo pero a la vez tan maravilloso; representaba como una espiral cada vez más pequeña en forma de pequeña cúpula. Pensó que su vida en algo se parecía al maravilloso techo. Buscó un sitio y se sentó en uno de los primeros bancos. Al sentarse sintió sobre sus hombros el peso de las tres culturas que habían pisado su ciudad, así como la belleza que todas y cada una de ellas había aportado a su propia cultura, a su fe en su dios particular.

El sacerdote celebraba la eucaristía al mismo tiempo que, todos los fieles, cantaban y oraban. Ella estaba ajena a todo ello, aunque el mensaje del sacerdote caló hondo en su corazón: “Amaos los unos a los otros”.

Ése era el dogma  a aprender y con el cual evangelizar al mundo. Cuando escuchó ese mensaje, brotó una lágrima de sus ojos; ¿De verdad es posible eso? ¿Por qué entonces nos hemos vuelto todo cada vez más egoístas y menos fraternales?

Pensó en la poca importancia que ahora tiene el amor de los unos a los otros; pocos lo practican y quienes lo hacen, de todo corazón y sin esperar nada a cambio, deciden dar su vida por su Cristo.  ¿Tan difícil es quererse y demostrarlo? En los tiempos que corren, le pareció una gran utopía, pero en la boca del sacerdote parecía una tarea de lo más fácil y satisfactoria. Lloró amargamente… ¿Tan difícil era hacerlo?

Acabó la eucaristía, y Sofía parecía haber echado raíces… había alguna fuerza que emanaba de, no sabía de dónde, que la obligaba a quedarse allí, a escuchar y a estar, por unos minutos, en paz.

Se trasladó a diferentes mundos de antaño, se vio a sí misma; en su burbuja, fuera de los cánones marcados por la sociedad. Le vinieron a la mente todos y cada uno de las personas que formaban su vida; su familia, sus amigos, conocidos… Los puso a todos en fila de a uno, los examinó uno a uno, con sus pros y sus contras. Después los metió en su balanza particular… quería hacer una balanza para deshacerse de los fantasmas, los añadidos, los fariseos, los hijos pródigos y los Judas… Al final, una vez “envasados” y etiquetados, los volvió a poner en fila de uno según su aportación; había cambios con respecto a la anterior fila. ¿Por qué será que aquéllos que nos son indispensables en un momento, en otro, aparecen casi en último lugar?

El silencio y la paz le dieron la respuesta acertada; el tiempo es el mejor sabio.