Un soplo de aire por Julio Amigo Quesada

soploOK.jpg¿Quién dijo que no era posible?

¿Quién entendió, alguna vez, que aquello no podía ser?

Alguien dijo que aquello nunca podía llegar, y tan dentro, tan dentro de su ser se metió, que ya casi no veía otra cosa. No veía que podría estar un poco más allá de ese gran soplo de aire que tenía que venir, que no era más que una pequeña/gran brisa, y que solo podía llegar a su propio ser. Nadie podía entenderlo, quizá casi nadie podía leerlo, y nadie, nadie, podría experimentarlo.

Y una mañana más, un soplo de aire marcaba su rostro. Iba mucho más adentro de su propio ser, quería entrar en su interior para desbancar la sed de fuerza, las ganas de vivir que bullían muy dentro de él.

Simplemente entrar en su ser, en su propio interior y hacerle revivir.

Un soplo de aire, un pequeño fresco con el cual recomponer (alguna vez tenía que ser) su ánimo, su pesada carga que, tanto y tanto le molestaba, que tanto le “cargaba” y que, tanto y tanto pesaba, muy de vez en cuando (más “vez” que “cuando”).

Duro llevar dentro ese ánimo, dentro de su alma, de su ser, dentro de su corazón, de ese cargado corazón que tanto le pesaba, que tanto le costaba llevar.

Y llegó. Ese pequeño aire fresco, esa pequeña brisa que recompuso, levemente su alma, ese rescoldo de aire que sabía que le venía estupendamente.

Y esta mañana, como si fuera de verdad, sonando la sinfonía número 2 del gran Félix Mendelsohn, sonando sin parar, veía cómo ese soplo, tenía y debía de llegar a su mente, abordarle de alguna manera para, simplemente, ver que la vida no podía ser así.

Tenía que cambiar, aunque él mismo no sabía ni por dónde y, sobre todo, de qué manera tenía que refundarse.

Era el cambio que necesitaba. De alguna manera debía de transformar el sentido de su vida, cambiar el ritmo de su propia existencia. Esos dulces reflejos musicales tomaban dulcemente su mente, sonaban de una forma serena, aunque rotunda, dentro de él mismo.

La mañana siguiente, el día siguiente, el segundo oportuno… Cualquier momento era bueno para poder distinguir esa brisa, para poder sentir dentro de él, ese gran momento soñado.

Soñando, distinguiendo, tomando ese soplo de aire que venía a su mente, acariciando de una vez, aquello que tenía que llegar, aquello que era suyo, que tenía que ser suyo. Se lo merecía.

Llegó a pensar que realmente tenía lo que se merecía, y ¿por qué no llegaba ese soplo, ese aire fresco, que le devolviera, por fin, lo que simplemente necesitaba? ¿Quién necesitaba ese frescor de una vez?

¿Quién era la persona querida que tenía que tener, de una vez por todas, ese soplo, ese fresco, ese aire?

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