LAS SANDALIAS por José Andrés Hidalgo

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Aunque estaban acostumbrados a madrugar debido a sus antiguos y respectivos oficios, nunca amanecieron tan temprano, y abundaban entre el grupo los bostezos y sonidos de tripas hambrientas.

Tal cual él les dijera, así lo hicieron, y ahora se encontraban en aquella playa, acurrucados, arrimados los unos a los otros para darse calor entre tiritonas y castañeteo de dientes.

Mientras los parpados caían rendidos de sueño, el tiempo pasaba inexorablemente, y los ánimos decaían entre los que a duras penas se mantenían despiertos.

Por fin, a lo lejos, se recortó una silueta que con parsimonia y sin prisa se dirigía caminando hacia ellos. Después de un buen rato, que pareció casi eterno, la figura llegó junto al grupo.

Él, se colocó frente al resto, cruzando su mirada y gesto sonriente con las miradas acusadoras de los otros, que con claros signos de desinterés y desidia, esperaban las palabras del que acababa de llegar.

Pero la figura se agachó y acto seguido se quitó la sandalia del pie izquierdo. Después, la del derecho.

Descalzo, sobre la fría arena, caminó hacia atrás con la vista fija en el mar, mientras el grupo, intentando salir del letargo, le observaba con extrañeza y expectación.

De repente, aquel hombre alto, de barba y pelo semilargo, se echó mano a los faldones y con largas zancadas se dirigió a la orilla. Entonces, simplemente empezó a correr sobre las aguas…

Y en ese preciso momento, a los doce que observaban alucinados, les desapareció tanto el hambre como las ganas de dormir.

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