Las últimas migas de las magdalenas por Laura Luna

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Recorrió la azotea a zancadas, con la adrenalina palpitándole en el cuello y sin pararse a valorar la decisión que acababa de tomar para completar la huida. Trepó por la valla con su característica agilidad gatuna y saltó.

En el aire sonrió, extendiendo los brazos y las piernas procurando abarcar el mayor espacio posible, como hacía cada vez que dormía en su cama o nadaba en el lago que disfrutaba cada verano. Agradeció llevar el equipo completo (casco, traje y paracaídas) que tantas veces le habían salvado en persecuciones que requerían soluciones extremas. Cerró los ojos, mientras se esforzaba con convertir aquella sensación en la certeza de que estaba volando. No por avioneta, como hacía casi todos los días, sino por medios propios. Lástima que fuera un vuelo tan corto, lástima que los edificios en aquella ciudad fueran tan bajos. Se abrió el paracaídas con el fastidio de quien apaga el despertador a una odiosa hora.

Aterrizó sobre la acera con la gracia de un hada y recogió el paracaídas, pidiendo disculpas a los transeúntes a los que estaba molestando. Ellos las aceptaban con un gesto de la mano y proseguían su camino, demasiado absortos en sus preocupaciones personales como para percatarse de que una chica acababa de caer del cielo. Rodeó la manzana y caminó unas pocas calles más, con paso tranquilo y camuflándose entre la gente. De vez en cuando miraba hacia atrás, satisfecha de que la policía le hubiera perdido la pista. Cuando llegó a un callejón solitario, se cercioró de que nadie la miraba y pulsó un adoquín que sólo ella y los suyos conocían. El ascensor acudió a ella, servicial, cubierto por una pintura camaleónica. Ascendió, viendo la ciudad empequeñecerse bajo los pies, y suspiró aliviada, sabiéndose definitivamente a salvo. Cuando se situó por encima del tráfico aéreo, el ascensor se desplazó en horizontal. Llevó un rato abandonar el mar de rascacielos hormigueros hasta la zona donde todavía el verde no era un color extinto, las casas sólo tenían una planta y se podía respirar entre ellas. Bajó despacio, salió y cruzó las calles de un pueblo anclado en la década anterior hasta dar con la casa buscada. Metió la llave en la cerradura y cruzó el salón derecha a la puerta de su cafetería favorita. Tras la barra la saludó, con su sonrisa cálida y cansada, Mercedes, contenta de que ella fuera la primera clienta del día. La chica le respondió con un gesto fugaz mientras se metía en el baño. Se quitó el equipo, lo guardó en la mochila y se puso el disfraz de estudiante, compuesto por unos vaqueros desgastados y una humilde camiseta de tirantes. Se sentó a la barra y colocó la mochila en el taburete de al lado. Mercedes la saludó de nuevo:

―Buenos días, Alisa. Hoy pensaba que no venías.

―Es que se ha complicado la cosa.

La mujer rió afable.

―Qué raro ―comentó con ironía.

―Bueno, así es más divertido.

―¿Qué vas a querer desayunar? ¿Lo de siempre?

―Sí.

―Hoy he hecho magdalenas rellenas de yogur y fresas ―informó la camarera como quien confiesa un pícaro secreto.

La joven se iluminó al oír el nombre de su delicia favorita.

―Pues está claro lo que quiero.

La mujer puso la cafetera en marcha y Alisa sonrió al tenue ruido de una máquina que había quedado obsoleta ante una cápsula que aportaba la cafeína y antioxidantes del café, pero no ese olor que la acariciaba por dentro, ni su reconfortante calor, ni mucho menos ese sabor que revivía en los besos de sus amantes. La camarera le sirvió una taza humeante y un par de magdalenas sobre un plato. Alisa se lanzó a su desayuno con un hambre impaciente, mientras Mercedes la contemplaba con ternura y melancolía.

―Eres la única que valora estas cosas.

―Bueno, hay más gente como yo que valora desayunar algo rico antes que meterse esas cápsulas de mierda.

―Pero la gente prefiere ahorrar tiempo y no meterse en follones.

―¿Es que han olvidado lo bueno que es esto?

A pesar de que la nueva Ley de Alimentación se estuviera aplicando desde hacía un año, Alisa aún no se creía que la gente la hubiera acatado sin más. Ninguna protesta más allá de Internet. Ninguna manifestación. La población cambió sus hábitos alimenticios por unas cápsulas que, tras ingerirlas, aportaban todos los nutrientes necesarios para el día y fulminaban el hambre. Dieron la bienvenida al ahorro de dinero y tiempo en cocina, sentarse a la mesa y cavilar el menú al día siguiente. Se alegraron ante la idea de no tener que contar calorías nunca más ni calcular hidratos o proteínas y olvidaron el placer que suponía el olor a horno, paladear un delicioso postre o las charlas de sobremesa. El tiempo ganado se invirtió en tiempo de trabajo y salario extra.

Sin embargo, había gente que solicitaba los servicios de Alisa, mercenarios que ofrecían sus excelentes capacidades físicas para ofrecer comida de verdad a cambio de un buen precio. Era el caso de Mercedes, que mantenía su cafetería abierta confiando en atraer clientes nostálgicos que todavía apreciaran la gastronomía. Al principio, sus habituales continuaron rindiéndole fidelidad, pero poco a poco las sillas empezaron a vaciarse. Desde hacía dos días, la única clienta de Mercedes era Alisa. Y la mujer no podía evitar pensar en los desenlaces más tristes para su negocio.

Tras apurar el café y las últimas migas de las magdalenas, Alisa abrió la mochila y puso una lata sobre la barra.

―Casi se me olvida dártelo.

Mercedes levantó la tapa con la curiosidad y el respeto de quien abre un tesoro. Reprimió un grito de júbilo al ver láminas de chocolate para postres, que se le antojaron como lingotes de oro.

―Así puedes preparar más desayunos.

―¿Cómo sabías que se me estaban acabando?

―Porque hace mucho que no preparas tarta de chocolate.

―Alisa… Siempre he querido encargarte algún trabajo de los tuyos, pero es que me sabe mal no poder pagarte.

―Yo lo único que te pido son más desayunos.

La emoción que brillaba en los ojos de la camarera empezó a convertirse en gotas de tristeza. Alisa bordeó la barra para abrazarla.

―Ya ha dejado de venir la gente.

―¿Cómo han podido olvidar lo rica que está la comida de siempre?

―Igual en esas cápsulas les ponen algo más… para que olviden… No lo sé…

―Yo seguiré viniendo todos los días, Merce.

―Pero es que contigo sola no puedo mantener la cafetería…

Alisa comprendió entonces que no se trataba sólo de traer comida de contrabando. Hacía falta hacer algo más. Levantar la cafetería para que Mercedes pudiera seguir pagando su casa y dar de comer a su pequeño. En un destello de ilusión, pensó en llevársela a sus misiones, pero una voz realista le susurró que Mercedes, con sus cincuenta y siete años, no estaba para llevar el tipo de vida de Alisa.

―Ya pensaremos algo ―le prometió la chica con un beso en la mejilla―. Ahora me tengo que ir a hacer otros encargos.

―Ten cuidado.

―Lo sé.

Alisa, con su disfraz de estudiante, se dirigió a la parada de autobús más cercana e hizo el camino a casa como una joven normal que volvía de la universidad. Se pasó todo el recorrido con la mirada escondida en un libro electrónico repleto de novelas viejas que rejuvenecían a cada nueva lectura. Era un largo trayecto que podría haber hecho corto con los medios de transporte que sólo ella conocía, pero no quería llamar la atención. Ya se pondría el equipo para la siguiente misión.

Al llegar a casa, no le dio la bienvenida ningún olor a horno recién usado, ni las volutas de humo de una sopa que acababa de salir de la olla. Ni siquiera la recibió el abrazo de su madre. Teresa salió acalorada al recibidor y la saludó atropelladamente:

―Hola, hija, que me has pillado que acabo de llegar.

―¿Qué ha pasado, mamá?

―Que acabo de llegar ahora. Que me han liado en una reunión que no se acababa nunca.

―Bueno, tranquila. No pasa nada. Ya comemos. Venga, cámbiate.

―Luego tengo que volver.

―Bueno, pues ponte un babero para no mancharte el traje.

―¿A qué hora tienes que volver tú a la tienda?

―A las cinco.

A las cuatro tenía que recoger un paquete de cerezas en la zona sur para llevarlo a una pastelería clandestina de las afueras. A las cinco tenía que estar en el centro para recoger unas patatas para un restaurante subterráneo. A las cinco y media tenía que llevar una robusta caja de verduras para un padre de familia que no había renunciado a su afición para cocinar. Antes de las siete quería merendar donde Mercedes…

―…a prepararte nada.

Alisa había estado tan sumida repasando su lista de tareas para aquella tarde que no había escuchado a su madre.

―¡Que no me ha dado tiempo a prepararte nada!

La mujer, rezumando estrés, entró en la cocina y abrió todos los armarios y la nevera para comprobar lo que ya sabía: que no había nada que se cocinara en menos de media hora.

―Mamá, tranquila, ya preparo yo…

―No hay nada ―la cortó agobiada.

La apartó de un suave empujón y fue a la despensa a comprobar más opciones de comida. Se protegía de las posibles interrupciones de su hija con el brazo levantado pidiendo que esperara. Volvió con una caja, de la que sacó una cápsula y se la tomó con un rápido vaso de agua. Después le tendió la caja a la joven.

―Estas equivalen a un plato de verduras y a uno de huevos.

Alisa trató de asimilar la realidad. Su madre, que era de las pocas personas que aún cocinaba a escondidas y compraba comida en el mercado negro, había comprado cápsulas.

―Mamá…

―Toma, venga. Que yo ahora me voy.

―Mamá, que en hacer un poco de pasta con tomate no se tarda nada.

―No, yo me tengo que ir ya.

―Puedes ir preparando lo de esta tarde mientras yo cocino.

―Que no. Que te tomes la cápsula y te vayas a la tienda.

―Mamá…

―Bueno, niña, haz lo que quieras.

Teresa arrojó la caja de cápsulas sobre la mesa y salió olvidando un beso de despedida. Alisa examinó la caja, todavía incrédula ante el hecho de que su madre había sucumbido a la nueva alimentación. Un plato de verduras (¿coliflor, judías?) y uno de huevos (¿en tortilla? ¿Cocidos?). Se dirigió a la despensa con temor y una losa de decepción la aplastó al abrir la puerta. Cajas de menús completos. Cápsulas de pasta y carne, cápsulas de verduras y pescado, cápsulas de café, cápsulas de tostadas con mermelada y cápsulas de yogur. Algo le dijo que en aquella casa ya no habría comida de verdad y había que poner solución a ello.

―Mercedes, quería preguntarte una cosa.

―Dime, cariño ―dijo la camarera mientras recogía el plato lleno de migas de pan y la taza vaciada de chocolate caliente.

―¿Te quedan croquetas?

―¿Para la cafetería? ―repuso con extrañeza.

―No, mujer, en casa.

―Sí… ¿Por?

―¿Puedo llevarme algunas?

Mercedes detectó la tristeza en los ojos de Alisa. De hecho, la había notado distante durante toda la merienda, pero lo achacó al cansancio del trabajo o a posibles y agotadoras huidas forzosas.

―¿Qué te pasa, cielo?

―Mamá no va a cocinar más.

Esta vez, fue la camarera la que bordeó la barra para abrazar a la chica. Se mordió el labio para no jurar contra las injusticias, la estupidez humana y la corte celestial. Pensó en su negocio agonizante y en aquella muchacha que estaba perdiendo una batalla contra el mundo pero que cada día peleaba con más ilusión. Acabaron llorando juntas antes de que Mercedes subiera a casa a preparar una fiambrera con croquetas.

―Mañana te tendré preparado de desayuno un bizcocho de coco de los que te gustan ―le prometió a su clienta más fiel antes de despedirse.

Como cada noche, Alisa preparó la cena para que estuviera lista cuando volviera su madre de trabajar. Improvisó una ensalada con la lechuga y el tomate que quedaban en la nevera y frió las croquetas congeladas de Mercedes. Esperó a su madre sentada en un extremo de la mesa, con la ilusión de reencontrarse con una de las personas que más quería del mundo.

Teresa, tras descalzarse y arrojar con gesto de derrota el bolso y la chaqueta sobre el sofá del salón, entró en la cocina. Tenía una expresión totalmente vacía, como si le hubieran absorbido toda la ilusión con la que saludaba a su hija todas las noches.

―¿Y esto? ―preguntó despectiva.

Aquella reacción había cogido por sorpresa a Alisa.

―He hecho la cena, mamá. Como siempre.

―¿A qué hora has vuelto de la tienda?

―A las ocho y media, como todos los días.

―Qué pronto, ¿no?

―Pues a la hora que cerramos.

La madre se dejó caer sobre la silla y miró la cena con desconfianza.

―¿De dónde has sacado esto?

―La lechuga y el tomate ya los teníamos en la nevera.

―¿No se han puesto malos? ¿Y esto? ―preguntó señalando las croquetas.

―Las he comprado en el mercado ―mintió la joven, tratando de recordarle a su madre que ella, hasta hacía poco, contrataba contrabandistas para conseguir comida de verdad.

―Alisa, eso es un delito. ¿Has estado juntándote con esa chusma?

La joven, por seguridad y para evitar que su madre se tuviera que sujetar el corazón cada vez que su hija no estuviera en casa, nunca le había contado a qué se dedicaba realmente. Y no iba a hacerlo ahora, dadas las posibles consecuencias que pudiera acarrear.

―Mamá, siempre hemos comprado comida. Incluso después de que…

La mujer barrió la mesa con el brazo en un arranque de furia. Los platos chillaron contra el suelo y Alisa se aferró a la silla, atónita.

―¡NO VOY A PERMITIR QUE MI HIJA ANDE CON DELINCUENTES!

La madre salió al pasillo escopeteada, en busca de la cura para una hija díscola que prefería perder el tiempo cocinando y comiendo a bocados. Cuando la joven la alcanzó, con la esperanza de tranquilizarla, ella la agarró de las muñecas con una mano y con la otra, en un movimiento rápido, le metió una cápsula en la boca. Alisa forcejeó, pero su madre logró caer sobre ella contra el suelo y taparle la nariz y la boca. La chica pataleaba y trataba de liberarse de su madre, sin éxito. Era una mujer fuerte, la había entrenado en artes marciales desde que era una niña para que supiera defenderse en un mundo en el que la violencia se había vuelto cotidiana. Y había cogido a Alisa desprevenida; estaba bloqueada. Cuando salía a trabajar llevaba los cinco sentidos alerta porque la policía nunca avisaba, pero, ¿por qué su madre? ¿Cómo había tenido lugar aquella transformación?

Cuando el aire empezó a abandonarla, sólo había una huida posible. Tragó. Por una cápsula no pasaría nada. Ya habría luego tiempo para idear un plan, recuperar a su madre y pedirle a Mercedes que la dejara comer todos los días en su casa. Ahora el momento de obedecer, pedir perdón, un vaso de agua e ir a su cuarto a reponerse.

Al cabo de media hora, madre e hija estaban en el salón, viendo la televisión y olvidando lo sucedido, en el sentido más literal del término.

Al día siguiente, Mercedes y su bizcocho de coco desesperaron tras la barra. Al otro, la mujer ni se molestó en abrir la cafetería y decidió dar un paseo por la ciudad para alejarse de aquellos pensamientos que le sugerían diferentes posibles finales para Alisa, a cada cual más trágico. Antes de salir de casa, se acordó de recoger la esperanza de encontrarse a su amiga, sana y salva, y con una explicación que refiriera alguna aventura que le hubiera impedido ir a visitarla. Recorrió las calles con los ojos alerta, procurando a su vez no llamar la atención entre la marea de transeúntes. Decidió ir a buscarla por los alrededores de la universidad y dio con ella en el parque que bordeaba la facultad. Alisa estaba sentada en un banco ordenando libros dentro de una mochila. Mercedes se le acercó con preocupación.

―Alisa ―la llamó.

La chica se sobresaltó y miró a la mujer como si su presencia no encajara allí. En sus ojos ya no brillaba esa chispa de quien se empeña en convertir el mundo en un lugar hermoso.

―¿Qué haces aquí?

―Hoy no has venido.

―Tengo clase.

Mercedes iba a replicarle que nunca iba a clase, que ella era de las que prefería descargarse los apuntes desde el campus global y que las horas de clase las empleaba en… pero su instinto empezó a  sugerirle prudencia.

―¿Ya has acabado?

―Sí, bueno, no tengo hasta la una.

La mujer se negó a aceptar la hipótesis que empezaba a verificarse y lanzó una última carta:

―Si quieres te puedes venir a tomar un café, que el bizcocho te espera.

El cuerpo de la joven se tensó y la miró con ojos duros, en los que ya no quedaba rastro de la ternura de aquella chica que resplandecía de gula ante sus dulces.

―¿Pero de qué me estás hablando?

―Alisa…

―Nunca me he metido en tus rollos y no quiero líos.

―Pero si…

La chica se levantó de un respingo y se encaró a Mercedes con la ira temblándole en cada poro de la piel.

―Que sea la última vez que me dices eso o te denuncio.

De todas las posibilidades que había barajado en su cabeza, aquella era inesperada para Mercedes. Musitó una despedida breve y tímida y se alejó aturdida. Decidió pasear para curarse aquella puñalada de realidad; no quería volver a casa y enfrentarse a aquel bizcocho solitario que no iba a ser comido por nadie más que por ella.

Cuando Mercedes se obligó a volver a casa, era tarde para hacer la comida.

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