Un soplo de aire por Julio Amigo Quesada

soploOK.jpg¿Quién dijo que no era posible?

¿Quién entendió, alguna vez, que aquello no podía ser?

Alguien dijo que aquello nunca podía llegar, y tan dentro, tan dentro de su ser se metió, que ya casi no veía otra cosa. No veía que podría estar un poco más allá de ese gran soplo de aire que tenía que venir, que no era más que una pequeña/gran brisa, y que solo podía llegar a su propio ser. Nadie podía entenderlo, quizá casi nadie podía leerlo, y nadie, nadie, podría experimentarlo.

Y una mañana más, un soplo de aire marcaba su rostro. Iba mucho más adentro de su propio ser, quería entrar en su interior para desbancar la sed de fuerza, las ganas de vivir que bullían muy dentro de él.

Simplemente entrar en su ser, en su propio interior y hacerle revivir.

Un soplo de aire, un pequeño fresco con el cual recomponer (alguna vez tenía que ser) su ánimo, su pesada carga que, tanto y tanto le molestaba, que tanto le “cargaba” y que, tanto y tanto pesaba, muy de vez en cuando (más “vez” que “cuando”).

Duro llevar dentro ese ánimo, dentro de su alma, de su ser, dentro de su corazón, de ese cargado corazón que tanto le pesaba, que tanto le costaba llevar.

Y llegó. Ese pequeño aire fresco, esa pequeña brisa que recompuso, levemente su alma, ese rescoldo de aire que sabía que le venía estupendamente.

Y esta mañana, como si fuera de verdad, sonando la sinfonía número 2 del gran Félix Mendelsohn, sonando sin parar, veía cómo ese soplo, tenía y debía de llegar a su mente, abordarle de alguna manera para, simplemente, ver que la vida no podía ser así. Sigue leyendo

Animales de Costumbres, 1er. Cap.: “Despierta” por Germán Montes

Despertador¡¡¡¡Clonc… plafff… clink… CRASH!!!

Vale, genial. No hay mejor forma de empezar el día.

Al intentar apagar el maldito despertador, vuelvo a arramblar con todos los trastos que he ido colocando en la mesita de noche durante varios días de concienzudo desorden.

Tiene algo de mágico levantarse un lunes cuando uno no tiene trabajo, ¿verdad?; seguro que lo tiene, solo que yo no termino de encontrárselo. Más bien creo que uno acaba levantándose porque no le queda otra. Alguna vez he intentado empalmar dos días seguidos en la cama, soñando con batir algún record; pero, llamadme hiperactivo, a partir de las 15 horas en la cama, empiezo a perder el sueño. Y como buenos animales de costumbres, comenzamos el día haciendo aquello que menos esfuerzo mental requiere; léase: bostezar, rascarnos la entrepierna y arrastrar los pies hasta el baño.

Una vez allí, y ya algo más despejados, podemos realizar tareas más complejas, como poner muecas frente al espejo, comprobar si tenemos algún nuevo michelín hospedado en la barriga, y, ya que estamos por el barrio, extraer cuidadosamente la pelusilla que ha vuelto a anidar en nuestro ombligo. Sigue leyendo

LAS SANDALIAS por José Andrés Hidalgo

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Aunque estaban acostumbrados a madrugar debido a sus antiguos y respectivos oficios, nunca amanecieron tan temprano, y abundaban entre el grupo los bostezos y sonidos de tripas hambrientas.

Tal cual él les dijera, así lo hicieron, y ahora se encontraban en aquella playa, acurrucados, arrimados los unos a los otros para darse calor entre tiritonas y castañeteo de dientes.

Mientras los parpados caían rendidos de sueño, el tiempo pasaba inexorablemente, y los ánimos decaían entre los que a duras penas se mantenían despiertos.

Por fin, a lo lejos, se recortó una silueta que con parsimonia y sin prisa se dirigía caminando hacia ellos. Después de un buen rato, que pareció casi eterno, la figura llegó junto al grupo.

Él, se colocó frente al resto, cruzando su mirada y gesto sonriente con las miradas acusadoras de los otros, que con claros signos de desinterés y desidia, esperaban las palabras del que acababa de llegar.

Pero la figura se agachó y acto seguido se quitó la sandalia del pie izquierdo. Después, la del derecho.

Descalzo, sobre la fría arena, caminó hacia atrás con la vista fija en el mar, mientras el grupo, intentando salir del letargo, le observaba con extrañeza y expectación.

De repente, aquel hombre alto, de barba y pelo semilargo, se echó mano a los faldones y con largas zancadas se dirigió a la orilla. Entonces, simplemente empezó a correr sobre las aguas…

Y en ese preciso momento, a los doce que observaban alucinados, les desapareció tanto el hambre como las ganas de dormir.

Las últimas migas de las magdalenas por Laura Luna

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Recorrió la azotea a zancadas, con la adrenalina palpitándole en el cuello y sin pararse a valorar la decisión que acababa de tomar para completar la huida. Trepó por la valla con su característica agilidad gatuna y saltó.

En el aire sonrió, extendiendo los brazos y las piernas procurando abarcar el mayor espacio posible, como hacía cada vez que dormía en su cama o nadaba en el lago que disfrutaba cada verano. Agradeció llevar el equipo completo (casco, traje y paracaídas) que tantas veces le habían salvado en persecuciones que requerían soluciones extremas. Cerró los ojos, mientras se esforzaba con convertir aquella sensación en la certeza de que estaba volando. No por avioneta, como hacía casi todos los días, sino por medios propios. Lástima que fuera un vuelo tan corto, lástima que los edificios en aquella ciudad fueran tan bajos. Se abrió el paracaídas con el fastidio de quien apaga el despertador a una odiosa hora.

Aterrizó sobre la acera con la gracia de un hada y recogió el paracaídas, pidiendo disculpas a los transeúntes a los que estaba molestando. Ellos las aceptaban con un gesto de la mano y proseguían su camino, demasiado absortos en sus preocupaciones personales como para percatarse de que una chica acababa de caer del cielo. Rodeó la manzana y caminó unas pocas calles más, con paso tranquilo y camuflándose entre la gente. Sigue leyendo

El último tren a Londres por Germán Prados

tren.jpgSí, fue el último, volvía de Liverpool de visitar a un amigo enfermo.

Había emigrado a Inglaterra porque estaba convencido de que en los países anglosajones se vivía mejor. El “llamado como fuera”… –bueno, se llamaba Enrique, pero quería que le dijéramos “Enrich”… me daba igual, cada uno marca sus destinos como mejor provee.

Enrich, había estado en los Estados Unidos, haciendo múltiples trabajos, desde camarero de cruceros, hasta capataz de chimeneas de embarcaciones. Curiosamente, debajo de los suburbios, en las fosas sépticas, donde había nada más que ratas, según me cuenta.

Creo, a ciencia cierta, que la mitad de lo que contaba era mentira, una cuarta parte se lo callaba y la otra era lo que en realidad pasaba. Verdaderamente un somormujo(*) de cuidado. Sigue leyendo