Los ojos de Hugo por Pilar Cortés

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Los ojos de Hugo eran vidriosos, y veían el mundo de una forma muy diferente a como lo veían el resto de los niños. Hugo nunca miraba a los ojos, ni siquiera a los de su madre Valérie. Nunca. Valérie se desesperaba.

Los primeros meses de vida de Hugo, ella intuía que algo no iba bien, que había “algo” que hacía que Hugo fuera diferente a los otros bebés, pero lo poco que decía a los médicos nadie le hacía caso. Hugo crecía y también crecía la distancia que le separaba de los otros niños, del mundo y de su madre. Pocas veces reía, nunca miraba a los ojos, no hablaba, hacía movimientos repetitivos, no le gustaba el contacto físico y tocaba el piano con tan sólo haber oído una vez la melodía.

Cuando Hugo tenía 4 años apenas hablaba y era el centro de las burlas de todos sus compañeros de clase. Era el raro del colegio y Valérie seguía desesperándose por entender a su hijo, por intentar entrar a ese mundo tan lejano. Un mundo diferente. Los médicos decidieron encerrar a Hugo en un centro psiquiátrico; retraso mental grave, fue el diagnóstico.

Hugo pasó tres años de su vida compartiendo el infierno con otros niños, que abandonados a su suerte, vivían en mundos extraños, ajenos. Valérie, se sumió en una depresión… todos la señalaban como culpable del retraso de Hugo. Nadie valoraba su paciencia, su buena fe, sus noches sin dormir en busca de la solución a la indefensión de Hugo. No lo logró. Solo logró ver cómo la vida de su hijo transcurría en un oscuro túnel sin salida. Cuando Hugo tenía siete años volvió a casa. Dejó de hablar las pocas palabras que su madre le había enseñado, estaba más ausente y más obsesionado por la música y el piano. Valérie optó por dejar volar las notas de piano por toda la casa. Seguía sin poder abrazar a Hugo, sin que él dejase que le tocase. Hugo se sumergió por completo en la música… no existía otro mundo para él.

Para Hugo salir a la calle era introducirse en un caos total; los sonidos se amplificaban por cinco y rebotaban en su cabeza y en su cuerpo, como si de una bomba se tratase. Era abrumador y ensordecedor; agotador.

Diez años más tarde de salir del psiquiátrico, Hugo conoció a su salvador. A la persona que encendió la luz en su vida; el profesor Dupoint. Adéle, muy amiga de la madre de Hugo, era enfermera, le comentó que el hospital iba a celebrar una conferencia sobre las enfermedades raras. Dos días más tarde de dicha conferencia, Valérie recorrió casi medio mundo para ver al doctor Dupoint. Tan sólo con mirar a Hugo a los ojos, le dijo: –“Señora, su hijo no sufre retraso mental. Su hijo tiene el Síndrome de Asperger o autismo.”

Reflexión: Los niños autistas son “niños especiales” puesto que su cerebro funciona de forma totalmente diferente que el de los demás. La causa que alegan los expertos no es debido a una malformación, sino a un exceso (o defecto) de interconexión entre las neuronas. Durante años, se han realizado cientos de experimentos, aludiendo causas biológicas y ambientales. Estos primeros estudios hicieron que cientos de padres se vieran fustigados y castigados por la sociedad del momento. Actualmente, uno de cada 150 niños franceses es autista. Una cifra escalofriante, pero es más escalofriante  escuchar las terroríficas historias que ellos mismos cuentan por el maltrato que la sociedad hace a estos niños.

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