Hoy vas a morir por Toni Ávila

Tristeza31El motivo deberías saberlo ya, pero no me importa recordártelo: antes de que aparecieras, yo tenía una vida. Una familia. Amigos. Gente que me quería. Pero llegaste tú y acabaste con todo.
Al principio me diste muchas alegrías, es cierto, pero pronto empezaste a requerir más y más atención, y al final yo ya sólo estaba pendiente de ti y de tus necesidades. De alimentarte, de cuidarte, de tenerte siempre cerca.
Pero ahora lo voy a remediar. Me propongo ser feliz y eso solo ocurrirá cuando tú hayas desaparecido. No te preocupes, será rápido. Y, por favor, deja de poner esa carita que a mí… a mí ya no me engañas….Carita sonriente, otra vez… Corazón, beso… Nada de esto te servirá. Está decidido, tienes que irte… Rayo, calavera, mierda con ojos… Típico de ti.
Se acabó.
Desinstalo el Whatsapp.
Relato finalista en el concurso sobre RRSS organizado por el programa de radio ‘Castillos en el aire’ 
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Me hice un DÉJÀ VU por MoRius

otoñoParecía una mañana más. Tras dejar a la niña en la entrada del cole, bajaba lentamente la cuesta de acceso al edificio de infantil, en dirección a mi coche.

Las 9.33h. y el ambiente seguía siendo frío, con un ligero viento sabor a nieve. El suelo, muy resbaladizo, ralentizaba mi paso. Como siempre, llevaba mucha prisa, últimamente estaba llegando muy tarde al trabajo.

Era consciente de mis pisadas sobre el pavimento mojado, cubierto por cientos de hojas de una variedad cromática infinita que iban del verde oscuro al amarillo melón.

Esas mismas pisadas junto al olor a tierra mojada, olor de otoño, me transportaron, sin poder rebelarme, a otra época.

A otro día con ese mismo color,  ese nublado espeso que se resiste a abrir un pequeño trasluz porque sabe que el sol está ahí, agazapado, intentando salir para cegar a las nubes.

La música de la megafonía apurando a los últimos la entrada a clase, acabó por rematar la faena. “Michelle” de Los Beatles sonaba sin compasión y ese airecillo de nieve llevaba la melodía por todos los rincones del parque.
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No sé por qué la combinación letal de olor, sonido, colores y ritmo, me llevaron de la mano sin remisión a un pasado muy lejano, en donde me sentí niña de nuevo, con uniforme gris que iba al cole de la mano de su  madre.

Quizá en alguna mañana de mi niñez se dieron esta conjugación de elementos y se quedaron impregnados en mi mente, asaltando de repente, mi consciencia, dejándome una agridulce sensación de añoranza.

Inevitablemente, mi ánimo se vio alterado para bien, ya no me importaba lo tarde que iba a llegar, me apetecía recrearme en la sensación y, por un momento, no quise que terminara.

Pero se fue.

Volando, acompañando las notas de la  canción de Los Beatles.

Los ojos de Hugo por Pilar Cortés

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Los ojos de Hugo eran vidriosos, y veían el mundo de una forma muy diferente a como lo veían el resto de los niños. Hugo nunca miraba a los ojos, ni siquiera a los de su madre Valérie. Nunca. Valérie se desesperaba.

Los primeros meses de vida de Hugo, ella intuía que algo no iba bien, que había “algo” que hacía que Hugo fuera diferente a los otros bebés, pero lo poco que decía a los médicos nadie le hacía caso. Hugo crecía y también crecía la distancia que le separaba de los otros niños, del mundo y de su madre. Pocas veces reía, nunca miraba a los ojos, no hablaba, hacía movimientos repetitivos, no le gustaba el contacto físico y tocaba el piano con tan sólo haber oído una vez la melodía.

Cuando Hugo tenía 4 años apenas hablaba y era el centro de las burlas de todos sus compañeros de clase. Era el raro del colegio y Valérie seguía desesperándose por entender a su hijo, por intentar entrar a ese mundo tan lejano. Un mundo diferente. Los médicos decidieron encerrar a Hugo en un centro psiquiátrico; retraso mental grave, fue el diagnóstico. Sigue leyendo

SILENCIOS por Titania Hielorrojo

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A través del ventanal pierdo la vista en las aguas del embalse y en la bruma temprana del horizonte. Adoro los despertares y sus silencios que, lentamente, dan paso a sonidos que se desperezan con la luz. Pocas veces puedo despertar junto a mi amante. En la habitación de arriba, una habitación cualquiera de un paraje escondido, él descansa. Mirando al embalse a través del ventanal siento, aún, el peso de su cuerpo. Huelo, aún, el calor de su boca pegada a mi oído. Me gustan los momentos de soledad de los despertares tranquilos, en su compañía. Fumar un pitillo temprano, dejando que las palabras se vayan posando, perezosas, sobre el papel de mi cuaderno.

Un paréntesis junto al ventanal. Un espacio suspendido entre un ayer y un más tarde. Un despertar silencioso en un tiempo indecentemente mío. Sólo mío. Un descanso que busco con avidez para no olvidar el placer del silencio, de su cuerpo cálido pegado a mi piel. Un hueco entre las horas robadas a la rutina. Para grabar en mi cerebro la luz, la bruma, su olor. Y escribir en el cuaderno cada gramo de sensaciones, mirando al embalse. No imagino un momento igual sin él en la habitación de arriba. No imagino escribir en otro lugar en el que él no esté cerca.

Me pregunto, junto al ventanal, si sería posible que estos despertares fueran eternos. Si pudiera existir siempre una habitación, arriba, con su cuerpo caliente esperando al mío. Y un cuaderno de hojas infinitas para llenarlo de palabras y despertares. Palabras pausadas, desmenuzadas, deshilachadas. Palabras que peino y que luego me pongo para salir del silencio y contárselas al oído, al calor de mi boca.

También me pierdo entre las llamas; entre las ramas de roble que arden en la chimenea. Un fuego en un lugar cualquiera, en un paraje escondido, en un atardecer cualquiera. Me gustan los momentos de silencio, en los que los ojos anochecen y reposan cada imagen del día. El silencio que anuncia travesuras. Las que haré con mi amante entre las sábanas, en la habitación de arriba. La noche. El sueño. Soñar.

Sueño con estos lugares de brumas, de embalses, de amaneceres, de atardeceres. De chimeneas, de silencios, de palabras, de cigarros. Sin rutinas, sin deberes, sin horas, sin anhelos. Lugares y tiempos en los que verter en silencio las palabras que mi amante despeina. Por eso me gustan los anocheceres contemplados en silencio. Por eso me gustan los despertares tranquilos en su compañía. Porque me invitan a escribir. Porque sólo con él yo me despeino. Porque sin él, todo mi mundo es ruido.