La mitad de la verdad por Ángel Ortega

mitad verdad

Hay días como estos en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo. El vacío quiere arrastrarme pero no encuentro la forma de acudir a su llamada y nada me reconforta salvo quizá contar mi historia tal y como la cuento ahora. Esa historia que empezó cuando mi hija Isabel y yo nos fuimos a vivir a la casa de campo junto al río.

Yo era un escritor de éxito que necesitaba concentración en un nuevo trabajo y a la vez poderle dedicar tiempo a mi hija. Tenía que solucionar ambas cosas y decidí que lo mejor era apartarnos del resto del mundo. La situación era completamente diferente a lo que las personas de mi alrededor pensaban: yo no era un hombre interiormente destruido sino alguien que remontaba desde lo profundo y que retomaba las riendas de su vida. Mi decisión había sido meditada y el campo era el entorno perfecto.

La sensación que tuvimos Isabel y yo al entrar por primera vez en la casa fue completamente opuesta. Ella descubrió de un vistazo todas las posibilidades que le brindaba para sus juegos infantiles: el antiguo establo con la escalera de madera que subía al pajar, el montón de enseres de cocina abandonados en el porche trasero, el baúl lleno de trapos viejos del ático y la suave pendiente de arena fina y barro que bajaba hasta la orilla. Yo, por el contrario, sentí la opresión de mi vacío interno aumentada por los rincones húmedos y faltos de iluminación, el olor a cieno, el aislamiento y mi propia bancarrota, tanto literal como metafórica.

Pero yo estaba armado de valor y tenía la firme convicción de salir adelante: la debilidad no me volvería a atrapar. Escribí a todos mis amigos y familiares explicando mi decisión y enumerando los pasos que me conducirían a mi curación total y entre ellos hice especial hincapié en mi nuevo papel como padre responsable. Creo que fui persuasivo y todo el mundo quedó satisfecho. Dediqué grandes esfuerzos en acondicionar la casa y abastecerla de todo lo necesario para una vida digna.

Vivíamos en los dos cuartos del piso de arriba. Yo me sentaba a intentar escribir en la sucia mesa de madera embreada día tras día, obligándome a sacar algo adelante, pero mientras mi mirada se perdía en el horizonte (con la sierra al fondo, uniforme y suave a la izquierda, escarpada y blanca como un hueso calcinado a la derecha), mi cabeza se atascaba en el fango que me invadía y el tiempo pasaba despacio como riéndose de mí. El silencio rural me atenazaba como una prisión, roto solo por el sonido de algún pájaro, el rumor del río y los canturreos y juegos de Isabel, que correteaba por el patio cargando con su peluche de Totoro o hacía pasteles de barro junto a la turbia corriente. A veces me pedía con su vocecita aguda que bajase a jugar con ella, pero yo no respondía, haciendo como si no lo hubiese oído.

Otras veces, sin embargo, paseábamos por el campo y los senderos de tierra, cuando el sol calentaba, y dedicábamos el día entero a estar juntos. Ella corría adelante y atrás, rodeándome y entreteniéndose para recoger alguna flor o a mirar algún bicho, hasta que elegíamos un sitio llano para extender el mantel de cuadros negros y rojos y desplegábamos la merienda, bollitos de leche y sándwiches de miel, que ella recibía con una alegría propia de la primera vez. Luego jugábamos a perseguirnos o al escondite y yo sentía que mi tristeza disminuía como deslumbrada por la grandeza del sol radiante y la risa de Isabel.

Un día desperté con una sensación de apremio. Mi cabeza aún giraba envenenada por una pesadilla, pero una sombra ominosa que no podía determinar hacía la vuelta a la realidad aún más difícil. Poco a poco ordené mis recuerdos y comprobé que no me había levantado de la cama durante todo el día anterior; no había tenido fuerzas, me había abandonado una vez más a mi propia miseria, embarrado en mi propia autocompasión, sumergido en agua cenagosa como la del río que a escasos metros de mí no dejaba de murmurar y de provocarme. Isabel, me decía.

Me reconfortó recordar de que, si bien había estado todo el día encerrado, sí había bajado un rato a darle los buenos días, a hacerle una tortilla con patatas fritas como a ella le gustaba (casi podía oler el aceite mientras crepitaba y sentir el calor de la sartén) y a prepararle un baño, que al principio había rechazado pero que finalmente había disfrutado como ella hacía siempre.

La inquietud me hizo bajar los escalones de dos en dos. Busqué por todas partes: el establo, el pajar, el porche, la parcela de campo de labor alfombrada de surcos que había más allá del camino. Dejé para el final el río, quizá intencionadamente. Chapoteé en sus aguas sucias y mis pies de hundieron un poco en el cieno del fondo. Grité, grité con todas mis fuerzas. Sólo podía oír los remolinos fangosos a su paso por las piedras y
por las retorcidas raíces de los árboles.

Estaba seguro de haber escuchado sus juegos hacía apenas unos minutos. Isabel no podía estar muy lejos.

Corrí por la orilla del río, sorteando arbustos y zarzas. Donde se volvía más profundo y revuelto encontré el muñeco de peluche de Totoro, embarrado y sucio, clavado en las espinas de unas ramas secas como la zarpa de un ser malvado. Grité su nombre una y otra vez mientras el remolino de dolor giraba y giraba dentro de mi pecho. Aquel torrente de aguas oscuras se había llevado a mi niña.

Entonces oí su voz. Isabel estaba en el centro del río, soportando sin esfuerzo el empuje de la corriente. Me miró y sonrió, los hoyuelos de sus mejillas se marcaron y alzó los brazos, agitándolos de un lado a otro. Sentí cómo mis lágrimas se desbordaban y me lancé a por ella, arrastrándome trabajosamente mientras el lodo intentaba reclamarme, hasta que llegué a su lado y la abracé con todas mis fuerzas. Nunca te abandonaré, le dije, sintiendo su olor, esa mezcla de pan recién horneado y de humedad que desprenden los niños, sintiendo su calor, mientras le juraba una y otra vez que no volvería a dejarla sola, que nunca me separaría de ella, que nunca más sentiría lástima por mí y que me comportaría como un hombre, que cambiaría para siempre. Ella me miraba sin comprender lo que yo balbuceaba, con expresión de calma, como si nada hubiera pasado y como si todo tuviese arreglo.

Hay días como hoy en los que el dolor de la pérdida es completamente insoportable. El corazón me duele y quisiera arrancarlo y nada me reconforta salvo contar mi historia tal y como la he contado, como si hubiese alguna redención para mí. Como si todo fuese verdad, no solo los párrafos impares.

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