Zapatero a tus zapatos por Rafa Rius

zapatero

Llegó a casa cansado y con el ánimo por los suelos. El trabajo en la tienda le asqueaba, todo el día vendiendo botas de plástico y modernas deportivas de sicodélicos diseños no era el concepto de zapatero que había heredado tras varias generaciones de artesanos en su familia; pero al menos era un empleo en unos tiempos que se le antojaban difíciles.

Necesitaba evadirse, bucear un poco en la faceta creativa de su afición, sentirse durante un tiempo un zapatero de verdad. Bajó al sótano, allí se encontraba su taller particular. Había un tragaluz que de día confería una suave iluminación al lugar, pero a las horas que él llegaba debería dejarse los ojos con la pobre luz de una bombilla desnuda. La mayoría de las paredes estaban cubiertas de altas estanterías, y un gran número de zapatos descansaban en sus baldas; calzados de corte clásico, tal y como a él le gustaba confeccionarlo.

Se cambió de ropa, se ajustó un mandil de cuero, se colocó sus anteojos, y seleccionó entre todos un juego de zapatos marrones, tan limpios que su cuero pulido relucía como ningún otro; ante todo había que trabajar con comodidad. Abrió una alacena para hacerse con el material que necesitaba, y se dio cuenta que le quedaba un par de pliegos de cuero curtido; con eso sólo le llegaba para dos juegos, tendría que ir pensando hacerse con mas. Desplegó los patrones sobre la mesa de trabajo, estos eran del número cuarenta y tres, el que él usaba. Encendió el flexo, cogió la cuchilla, y empezó.

Cuando trabajaba, solía abstraerse tanto que perdía la noción del tiempo, puede que incluso hubiese echado una cabezadita, pero no lo recordaba. Miró el par de zapatos que había creado, salvo esperar a que la cola se secase prácticamente podía darlos por concluidos. Era tarde, pensó que sería mejor irse a descansar un poco; al día siguiente le esperaba otra maravillosa jornada en la tienda.

Al levantarse reparó en que sus zapatos ya no estaban pulidos, un barro los cubría casi por completo, y manchas de sangre marcaban el gastado suelo de madera… “Otra vez”, pensó. Abrió la alacena y varios pliegos de pellejo fresco colgaban de los asideros.

Desconocía qué había pasado en una noche en la que para él no había ocurrido nada, pero se percató que, esta vez, alguien había cometido un error; antes de curtir aquel pellejo, debería desechar el trozo que mostraba aquel bonito tatuaje.