Huevos por Javier Quevedo Puchal

huevo2

La primera vez que lo vi, me pregunté dónde estaba la sonrisa amable con que siempre lo representaban en los cuentos. Desde luego, aquel cuerpecillo enfermizo no tenía nada que ver con las ilustraciones de mi infancia. Orejas cuarteadas de costras, ojos inyectados en sangre y pelaje apelmazado. Así es el conejo de Pascua que habita en el viejo cementerio. No sé si está vivo o muerto, pero el caso es que se mueve. Da saltitos entre las lápidas y se oculta tras la maleza. A veces, gira su cabeza agusanada y me mira inquisitivo, como asegurándose de que le sigo el juego. A fin de cuentas, también este conejo de Pascua esconde huevos bajo tierra. Claro que los suyos están pintados de negro. Y ocultan sorpresas muy especiales. Sigue leyendo

Anuncios

LA NIÑA CHINA por Santiago Eximeno

chinagirl

Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está.

Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente

la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia.

La Que No Está, Ana María Shua

Todas odiábamos a la niña china. Todas. Sin excepción. Digan lo que digan. Seguro que ahora muchas callan, o dicen que en el fondo la apreciaban. Incluso puede que digan que la querían. O quizá simplemente que no les caía mal, lo que sea con tal de que nos olvide. De que nos perdone. Claro. Que nos perdone. La maldita niña china.

Vivíamos en un buen barrio, en el centro de la ciudad. Mis padres habían comprado un piso en uno de los edificios emblemáticos de la zona, diseñado por un arquitecto de renombre. Un edificio achatado, de colores chillones, con más agujeros en su estructura que un queso gruyere. Disponían del dinero y no se sentían incómodos al gastarlo. Todo lo contrario. Desde la terraza de la casa podía ver el parque. Podía ver muchas otras cosas, claro: la terraza era inmensa. Pero solía contemplar el parque.

Yo pasaba en la terraza mucho tiempo, asomada al vacío, con los brazos descansando en la barandilla. No me gustaba bajar al parque. Allí se amontonaban madres-sonrisa, padres-aburrimiento y niños y niñas: decenas de ellos, pequeños, sonrosados, siempre gritando y corriendo y llamando la atención. Prefería estar con mis amigas, en mi casa, en las suyas (más pequeñas, menos originales, pero válidas igualmente). Sigue leyendo

¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? por Laura Ferrera Van Thienen

abrazo.jpg

-¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? Le preguntó ella a él. Y se produjo el silencio. Ella acostumbraba a sacarle las palabras con tirabuzón, pero él se lo ponía fácil dejaba que sus ojos hablaran.

Él contestó –“tal vez por miedo”. Ese miedo que lo atrapaba era tan miserable, tan poco generoso, tan bastardo que no dejaba que él pudiera expresarle lo que por ella sentía. Ese miedo era tan desgraciado y tan ruin que aprisionaba su corazón como una coraza y no dejaba que su corazón galopara libre como un caballo salvaje. Ese miedo era tan amenazante que le daba contestaciones que no venían a cuento para quitársela de enmedio por miedo a enamorarse cada día un poco más de ella.

Ella buscaba claridad, serenidad y de esos ingredientes él no tenía en su despensa personal. Ella buscaba generosidad de sentimientos, pero tampoco lo había en la estantería del fondo. Cansada de ceder, de intentar que él se quite su traje de insensible para que realmente experimenten esas dos almas la libertad de amar, se dio cuenta que el amor se encuentra en su interior. Que los vacíos no podía llenarlos nadie, ni siquiera él. Que mendigar cariño ya no estaba en su lista de prioridades, si él no tenía el coraje suficiente para amarla, ya se encargaría ella de amarse por sí sola.

Ella por fin entendió que no se trata de hacerse cargo de la vida de él, que con la suya ya tiene bastante. Ella busca avanzar y su instinto le afirma que es posible. Él quiere seguir disfrutando de sus miedos, pero en compañía de ella.

Y ella dejó de preguntarse: ¿Por qué siendo tan fácil lo haces tan difícil? Porque comprendió que el amor da la capacidad de sortear los obstáculos, que si él apareció en su vida es para aprender, sí, aprender a quererse y a respetarse sobre todas las cosas.

Por lo que lo abrazó y le dijo gracias….gracias por enseñarme a amarme. Por hacer que algo que era tan difícil sea tan fácil.

E.V.A. por Pily Barba

Imagen

Observo momentáneamente tus pupilas. Esas mismas que un día transmitían calma, alegría, luz, AMOR. Las mismas que ahora sólo emiten oscuridad, vanidad, desarraigo y mentira. Observo, sí. Las observo. Y grabo su falsa expresión. Retina a retina. Hasta el momento en que su imagen llega a esa parte de mi cerebro donde se deposita silenciosamente, como un pobre poso: un residuo sin valía.

Las observo, claro. Y lo hago soportando el escozor que me producen las lágrimas. Pensando en todo lo que me ha costado llegar hasta aquí, porque me ha costado. Trabajé duro mientras resistía a duras penas tus constantes devaneos, tu destrucción como respuesta a mi obstinada construcción. Y al final… ¿Al final qué? Hiciste marchitar lo que yo conseguí hacer florecer con tanto ahínco; tiraste por la borda tanto esfuerzo, tanta ilusión, tanto tú y yo.

Observo tus pupilas, sí. Al tiempo que te golpeo y te suelto de tu asidero. Te empujo con fuerza y toda mi mala leche, y observo divertida tu mirada desquiciada mientras te alejas sin saber qué ocurre exactamente. Uh, y sin posibilidad de aferrarte a ninguna parte… Qué faena, amor. Sigue leyendo

FATAL LOVE por MoRius

ahogo.jpgLa perfección de su piel dañaba mis ojos. La sinuosidad de sus músculos, bien torneados al sol, provocaban oleadas de fuego en el interior gélido de mi deshabitado vientre.

Nunca se fijaría en mí.

Por eso, tomé la decisión más importante de mi vida. Lo sería,  porque mi propósito era transformarla ya de una vez, y la visión de este cuerpo masculino deslizándose por el borde de la piscina azul, fue superior a mi desidia, a mi monotonía, a mi soledad.

Cuando me tiré al agua, no pensaba que la frialdad húmeda penetraría tan rápidamente a través de mis poros. Mis sentidos se congelaron, mi mente se nubló. Nunca aprendí a nadar, no lo consideré importante.

Tampoco acerté con mi “Adonis”. Era tan guapo como incompetente. Aquel socorrista no hizo bien su trabajo, pendiente como estaba de hidratar con crema bronceadora sus bíceps dorados.

Y ésta ha sido mi única historia de amor.

Salvaguardada por un socorrista hermoso, acabé en el fondo de aquella piscina. Fría, sola, muerta.

Buenas noches por Javi de Ríos

buenasnoches

Cuidadosamente arropé a mi hijo y le di un beso en la frente. La mayor parte de los moratones se habían tornado ya amarillos, pero uno me preocupaba, blando, tumefacto. Me aseguré de que las persianas estaban bien ajustadas, no quería que la luz exterior perturbara su sueño. Antes de salir me detuve unos instantes a contemplar su rostro; dormía profundamente. Cerré la puerta sin hacer ruido, y con mucha suavidad le di tres vueltas a la llave.

Visita su web: La viga en mi ojo

Sara por Jorge Álvarez Murcia

BeFunky_angustia.jpg

-¿No recuerdas qué pasó?

-Hacen mal sus feas palabras en mis pesadillas, ¡dile que se detenga!

La melena enmarañada le llegaba hasta empaparse con el agua, que abundante, rebosaba a borbotones vertiéndose por el piso, de un baño en la planta baja, que casi estaba inundado. Mojadas palmas y dedos, sus deshidratadas manos, se aferraban fuertemente a los bordes del lavabo manteniéndola inclinada como a ciento treinta grados. Descalza y con pijama, mojado hasta los tobillos, los dibujos estampados ascienden hasta el ombligo, donde cuerda de embalar, anudada doblemente, ciñe al talle un pantalón que hace poco entraba exacto.

Sobre párpados morados, sus inmensos ojos miel, reflejan atormentados la angustia del que ha perdido, una lucha interminable contra instintos animales que la mantienen en vilo, despierta y con diez sentidos. Y contrastan con el gris de una piel que no se toca, porque ya no siente el tacto cálido de otras horas. Sigue leyendo

El Sr. y la Sra. López por Toni Ávila

pareja

-“Mariano, sal”, dijo la mujer, y Mariano apareció en el salón vestido con un tanga de leopardo, una boa de plumas y un antifaz veneciano.

-“Este es mi marido” dijo, como si fuera lo más normal del mundo. Acto seguido, el señor empezó a levantar una pierna y la otra alternativamente como una bailarina de can-can, sin dejar espacio a la imaginación pues debido al bamboleo, el taparrabos no estaba cumpliendo con su función.

La mujer, ignorando su ridícula actitud parecía estar encantada y daba palmaditas al ritmo. En el sofá, María de la Encarnación Díaz, vendedora de seguros a domicilio, aguantó estoicamente el espectáculo hasta que el señor se acercó a ella y le susurró: –“¿Cuándo empesamos a conosegnnos mejog, mon cheri?”.

En ese instante, como activada por un resorte, salió corriendo de la casa gritando y haciendo aspavientos con los brazos en alto.

Ya solos, el señor y la señora López chocaron sus manos triunfantes, esperando ansiosos la visita del día siguiente: el vendedor de la televisión por cable.

Relato ganador del concurso semanal de la cadena Ser Castellón.