Almas gemelas por Eva Sastre Pardo

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Seguramente se habrían encontrado en multitud de ocasiones, pero sus miradas no se habían cruzado hasta aquel día. Fue en ese preciso momento cuando fueron conscientes de su existencia. Se miraron y esa mirada las unió para siempre.
Montse tiene tres niños, dos chicos y la pequeña Lucía. Felizmente casada y con un buen nivel económico que le permitía vivir en la máxima tranquilidad. Es feliz. Ama a sus hijos y a su marido. Nada le ha faltado en su vida.
Cristina es madre soltera. Claudia, su pequeña, fue fruto de una noche loca de whisky on the rocks. Decidió ser valiente y sacar adelante sola a su hija. Nunca se arrepintió de la decisión, pero su vida nunca resultó fácil. Trabajo día y noche, problemas económicos, inestabilidad amorosa…. Su vida no era, precisamente, un camino de rosas, pero aun así, alcanzaba la felicidad con su bien más preciado: Claudia. El pluriempleo la obligaba a demandar ayuda de su padre, que en ocasiones, cuidaba de la nieta por las noches, mientras Cristina echaba horas extras en un bar de copas.
Aquella tarde que las dos mujeres se conocieron, algo en sus vida cambió.
Sus hijos estudian en el mismo colegio y comenzaron a coincidir en las entradas y salidas a clase. De las charlas en el patio pasaron al café de por las tardes. Los cafés dieron lugar a confesiones secretas que las dos habían guardado durante años.  Horas y horas juntas mientras sus hijos jugaban en el parque. Había algo especial entre ellas que ninguna podía explicar.
La vida les había cruzado y esa unión era diferente a todo lo que habían conocido anteriormente. Se necesitaban la una a la otra. Sus almas estaban unidas.
Una mañana, Montse se despertó sobresaltada. Un fuerte dolor rompía su pecho y llegaba al corazón. Gritó desesperadamente a su marido y en media hora, una ambulancia la trasladaba al hospital. Pruebas durante horas daban un dictamen final: No había causa médica que justificase aquel terrible dolor. No había nada que pudiese provocar ese sufrimiento. De todos modos, se quedó toda la mañana en el hospital en observación.
Esa misma tarde todo volvió a la normalidad. El dolor había desaparecido, pero no llegaba a encontrarse bien. Decidió ir a buscar a sus hijos al colegio. Necesitaba abrazarles. Además tenía que contarle a Cristina todo lo ocurrido esa noche. Tenía miedo. Estaba asustada por todo lo acontecido.
Al llegar al colegio, no vio a Cristina. Le extrañó. Normalmente acudía unos minutos antes de la salida para charlar un rato con su amiga. Sonó la alarma y la jauría de niños comenzó a ocupar el patio. Cristina seguía sin aparecer.
A lo lejos pudo ver al padre de su amiga, ese hombre gruñón, con facciones de pocos amigos, que entraba por la puerta de cole. Su cara estaba descompuesta, pálida, con ojeras…
Montse se dio cuenta que algo había pasado.
Cristina nunca volvería al colegio, ni a sus cafés, ni al parque. Esa misma noche al salir de su trabajo de noche, en la oscuridad, bajo un manto de niebla, un cuchillo enfundado por un desgraciado había atravesado su pecho, llegando al corazón. Su cuerpo llegaba sin vida al hospital. Montse sabía que eran almas gemelas y nunca se paró a pensar que cuando dos almas se juntan, ríen, lloran y sufren a la vez.
Y la anterior noche, por última vez, las dos habían sufrido juntas.
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