Natacha por Pily Barba

NatachaA Natacha y a Naty, dos seres extraordinarios.
A todas las mamás que luchan por sus hijos contra viento y marea.

Siempre intuí que Natacha tenía un algo especial. Y sinceramente, aunque no sabía muy bien de qué se trataba, tenía claro que la razón no eran ni sus bonitas tetas ni su salvaje melenón. Tampoco esos ojos de un loco marrón: dos rayos láser que te atravesaban sin miramientos con la bondad de fondo, incrustada en sus pupilas. Qué maravillosa mezcla… Pero creedme, nada de eso tenía que ver con lo que siempre he experimentado al pensar en ella, o al mirarla, o cuando la escucho, porque bien es cierto que la muy cabrona tiene un desparpajo que desmonta al más pintado. Pero no. Ni siquiera ser consciente de que incluso cuando el viento va en su contra jamás deja de regalarte una palabra amable. Nunca vi tanta pasión por los demás; por la vida. Vale, va, lo reconozco. La primera vez que la vi ya me colé por ella, pero esa no era la razón. Estar enamorado no te hace ver de una manera tan clara esa especie de… aura, en el caso de Natacha, tan blanca y radiante. Tan pura. Juro que a veces me he sentido como el estúpido enano ese mirando a la elfa rara en la peli aquella del anillo. Aunque siempre he tenido claro que yo no estoy tan flipado. Pues anda que no me han gustado tías…

Afortunadamente hoy he podido entenderlo todo. Y os lo voy a resumir para que no penséis que estoy loco. Por primera vez en mucho tiempo, hemos paseado solos, y tras contarme ella lo que siente por mí (cosa que me ha pillado totalmente por sorpresa y me ha hecho terriblemente feliz), por fin reuní el valor suficiente. Nada de andarme por las ramas. Fui directo, tras mi lógica declaración de amor. Y así descubrí que ella no es de este mundo. O sí lo es. Natacha, de hecho, es más humana que ninguno de nosotros; un auténtico ángel de piel y hueso. ¿Y sabéis qué es lo más gracioso? Que tampoco le da tanta importancia. A sus ojos ella no es nada extraordinario. Somos nosotros, seres terriblemente desagradecidos, los que lo somos. Y aun así ahí está, siempre cuidándonos a todos.

¿Que cómo he confirmado que es lo que es? Hoy me ha contado que siendo ella muy pequeña un buen día descubrió a su madre llorando, agobiada, casi rozando la histeria. Natacha no entendió qué sucedía, puesto que cuando él vino a buscarla y dejaron a su madre a solas, todo estaba bien. Sin embargo, a su vuelta, unas pocas horas después, Natacha respiraba la desesperación de su progenitora, y se ahogaba con ella. A pesar de que las luces de su casa estaban encendidas cuando entró, Natacha no paraba de intuir infinitas sombras. Y se asustó, pero no lloró, al contrario, corrió a zambullirse en el regazo de su madre; algo dentro de su pequeño ser le susurraba que debía estar cerca de ella, puesto que cuando se la llevaron, aquello que debía ir mal se había torcido aun más, y ahora asfixiaba a su madre con una invisible mano de acero. Y no debía permitirlo. Entendió que si estaban juntas, aquella oscuridad la dejaría en paz. Y así fue siempre. Cada vez que la mirada de su madre se ensombrecía repentinamente, ella solo se acercaba, y con un simple roce, sonrisa, o abrazo zalamero, conseguía que la luz volviera a su rostro. Y Natacha era al mismo tiempo tan feliz cuando se producía ese cambio…

Años después su madre le contó sin tapujos toda su historia; en qué circunstancias había sido concebida y cómo fueron sus primeros años en este mundo. Le hizo saber que, por otra parte, a pesar de lo mal que empezó a tratarle la vida a ella y de lo sola que estaba, Natacha le había bendecido. Desde el momento en que ronroneó en su regazo, la luz inundó su corazón y a pesar de todo lo malo que vino después, la existencia de la niña nunca dejó que su interior se marchitase. Le contó un sinnúmero de anécdotas, algunas divertidas y otras terriblemente desgarradoras, estuvo horas hablando, y gracias a aquella conversación, por primera vez de tú a tú, Natacha pudo absorber, literalmente, el profundo amor que su madre sentía hacia ella. Y al sentirlo dentro, le pareció tan increíble que decidió multiplicarlo. Natacha no supo muy bien cómo, pero lo hizo, fue una sensación muy, muy extraña, según me dijo, pero al mismo tiempo muy gratificante. Rápidamente volvió a multiplicar ese amor y después se lo devolvió en silencio en la siguiente inspiración. Y entonces la mamá pareció rejuvenecer, y Natacha, al mismo tiempo, se sintió aún más viva; mucho más fuerte y receptiva. Fue como si a partir de ese momento en sus venas ya no corriera la sangre, o lo hiciera a una velocidad distinta convirtiéndose en un fluido más mágico aún. Según me ha contado, en ese momento creció por dentro y floreció de golpe. Y es que acababa de entenderlo todo; aquella mujer le había concedido la vida por medio del amor más puro e incondicional que pudiera entregarse (lo acababa de sentir dentro suyo), y durante años no hizo otra cosa que amarla y protegerla sin condiciones, olvidándose incluso de sí misma. Afortunadamente, Natacha siempre le correspondió. Y lo hizo por puro instinto. De algún modo había sabido que su madre no solo la necesitaba como madre que era, sino también como ser humano, y ella misma, aun siendo muy pequeña al principio, se comportó como tal. Y ese debió ser el primer paso. El segundo, tuvo que ser tomar consciencia de todo aquello, porque entonces se inició el proceso: le estaban haciendo entrega de la humanidad más absoluta. Esa que casi ninguno tenemos. Esa que es imposible describir y que la convirtió en un ser único; el ángel de piel y hueso que os dije.

La luz, la energía, y aquello que apareció en su espalda y que, o bien despliega o hace desaparecer a su antojo, fue solo el comienzo. Y el resto… el resto ya es historia, pero yo no soy quién para seguir contándola.

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