Donde reside la mirada: Parte IV -La tristeza- por Florent Santos

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Una mirada cargada de lluvia, una fingida sonrisa que devuelve la fotografía que la sociedad se hace de sí misma. Una mirada ajena y lejana cargada con alforjas de sentimientos  inalcanzados e inalcanzables luchando por no caducar en la memoria inconsciente del ser olvidado. Son los bolsillos llenos de quiméricas esperanzas, una diaria y martilleante cadencia de lagunas que desgarran las últimas horas de cada día.

La mirada cansada y cansina, perdida en unas ramas de eucaliptus que agita el viento de mayo, impregnando la atmósfera de la tristeza de su aroma. Como una pequeña piedrecilla que en un acantilado es arrastrada por las olas mientras sueña con ser iluminada por el sol que se duerme en el horizonte. Igual que un coral se deja mecer en las profundidades durmiendo su sueño, sus noches y sus días. Igual que una gaviota que no encuentra su costa. Un faro en la tierra de nadie.

Así es una mirada triste, soportando el peso de sus recuerdos y de sus añoranzas, de sus miserias y sus utopías. Una mirada cargada del dolor del nunca llegar y del nunca alcanzar. Una mirada que a duras penas resiste el peso de sus propios párpados, mientras lucha por mantener abiertos unos ojos que delatan la amarga sensación de los pétalos de margarita que dicen que no.

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