Solo el Rey perdonará los pecados de Dios por Jorge Álvarez Murcia

rEPORTAJE AL PIE DE LA HORCA jULIUS fUCIK

La poca luz no ayudaba a que sus pupilas pudieran distinguir con claridad qué era lo que le rodeaba. Un haz entraba por lo que parecía ser una ventana minúscula con tres barrotes a una altura imposible. Más abajo, frente a él, una escupidera cuyo blanco se intuía entre los restos de heces. A su izquierda, una enorme puerta de madera con un portillo y el número 13, encima, una inscripción, “SOLO EL REY PERDONARÁ LOS PECADOS DE DIOS”. Nada más alcanzaba a ver.

Aturdido, el frío se había apoderado de Jesús hasta hacerle sentir que sus huesos se quebrarían al más mínimo movimiento. Unos pasos se acercaban y un extraño cosquilleo en la pernera derecha, que se convirtió en un agudo grito de dolor al sentir el mordisco de la peste, lo hizo incorporarse para acertar a sacar una rata hambrienta con un trozo de su muslo entre sus diminutos y afilados dientes, a la vez que, con un estruendo que resonó hasta el infinito, se abrió la puerta y una voz le dijo:

– ¡Arriba rata inmunda, ha llegado tu hora!

Asustado y con la ponzoña recorriendo su pierna, se sentía ir. Fue entonces cuando la poca luz se volvió oscuridad. Maloliente, seco y duro, notaba un tacto que le envolvía la cabeza. En torno a su cuello, permitiéndole el paso de apenas un hilo de aire, una cuerda que ahogaba su dolor convirtiéndolo en un carraspeo agónico.

-He dicho que te levantes ladrón de tres al cuarto.

Y un tremendo golpe hizo de su nariz, barro. Jesús, pensó que moriría allí mismo, casi lo deseó. “Ladrón de tres al cuarto”, repetía su cabeza mientras lo levantaban como a un saco.

Fue entonces, cuando un recuerdo se lo llevó al lujoso salón del marqués de Primagorda, donde obtenía favores en forma de rebaja impositiva, a cambio de servir en aquella cena de terratenientes obesos, gordos de opulencia, de mejillas coloradas y pobladas barbas perfectamente recortadas por alguna meretriz sin edad para concebir.  Sintió asco.

-¡Éste hijo de Satán huele a ciénaga! -dijo un guardia.

-¿Le ha gustado al Sr. su estancia en nuestro lujoso castillo? ¡Maldita sea! ¿Qué has hecho con el agua jabonosa bestia inmunda, bebértela?-Rieron.

Torpemente avanzaba a oscuras. Con sus pies descalzos y apenas una brizna de aire en sus pulmones, sentía cómo el veneno ya recorría también su espalda, cuando un obstáculo le hizo perder el equilibrio dando con su boca contra la húmeda piedra y partiéndole varios dientes.

-¡Maldito malnacido! ¿Es que no sabes andar?

-¡No puedo respirar!-Susurró.

-¡Esta rata habla!–bromearon.

-¡No puedo respirar!-Dijo mientras perdía el conocimiento.

Encorvado y a duras penas de pie, la luz intensa de un día radiante casi lo deja ciego, trató de taparse la cara, pero sus entumecidos músculos no respondían. Con los ojos en carne viva, cayó de rodillas, la frente mirando al suelo.

Cuando levantó la mirada y vio lo que sucedía, un horror indescriptible le recorrió desde el físico hasta el alma. En su bragueta, el calor húmedo del pánico se mezcló con la vergüenza.

Al alcance de la mano, la soga que le partiría la nuez, debajo, la trampilla que lo llevaría al infierno, enfrente, la muchedumbre clamaba su fin y él, donde semanas atrás, había visto morir al hijo de la carnicera por retrasarse, cinco días, en el pago del tributo al marqués de Primagorda.

En pocos segundos, “mil millones de personas” lo señalaban con el dedo y se reían de él mientras los niños, en aquella plaza de tierra mojada, correteaban de aquí para allá riendo y blandiendo sus espadas de madera al grito de ¡Justicia! ¡Justicia!

-Yo te condeno, a morir ahorcado. -Estas palabras retumbarían en su cabeza, como sonido de tambores de guerra.

– ¡Ladrón, ladrón, muerte al ladrón, muerte! -Gritaban sus vecinos.

¡Clara!– pensó.

Moviendo nervioso la cabeza, como poseído, observaba la plaza y deseaba que ella no estuviera allí. Vio a Marcelo, el tonelero y a su esposa Inés, en sus labios la palabra ladrón, a su amigo Santiago, el herrero, señalándolo con el dedo y la cara desencajada, y al fondo, varios metros tras la última cabeza, su esposa, Clara, con Ada, su hija, que en brazos, hundía su cara contra el cuello de la madre. La expresión de evidente consternación de Clara, arrancó un conato de sonrisa tranquilizadora en Jesús, pero apenas pudo mover los músculos de la cara y aunque lo hubiera conseguido, la sangre y la suciedad no habrían dejado ver su intención de calmarla. No había consuelo posible.

-¡Clemencia por el amor de Dios! Clemencia –Gritaba desesperado mientras el hosco tacto de la soga se ceñía alrededor de su cuello.

Junto a su esposa, una silueta negra, inmóvil, como indiferente, esperaba su turno para llevárselo por siempre jamás, separándolo de lo único que tenía sentido en su vida por un delito que no había cometido.

-¡Nooooo! ¡No, por favor, noooooo! ¡Yo no robé aquella moneda, soy inocente, inocente, escúchenme, por el amor del cielo, nooo!

Lloraba, moqueaba, gritaba, quiso arrancarse los pelos, la piel. La desesperación se había apoderado de él. Luchó contra el pánico, trató de huir inútilmente pero tenía la soga al cuello. En ese momento, comprendió que la situación era irreversible y su muerte inminente.

Trató de calmarse todo lo que su acelerado corazón le permitió y miró a Clara, sonrió, esta vez ostensiblemente, para no volver a apartar la mirada de los ojos de su amada.

-Yo no fui –susurró.

-Lo sé –contestó Clara adivinando.

– Dile cada día que la quiero –Clara esbozó media sonrisa forzada.

Jesús intuyó la mano del verdugo en la palanca.

-¡Malditos bastardos malnacidos, arderéis en el infierno!

La trampilla de madera dejó libre bajo sus pies el camino a la eternidad, con la tarima sobre su cabeza, entre espasmos y convulsiones, leyó de los labios de su esposa las últimas palabras que le acompañarían en su viaje con una Muerte que, ahora a su lado, esperaba el último aliento.

-“Siempre, te querré, siempre”.

Imagen:  Sitio web “Una hoguera para que arda Troya”

Blog del autor: Cosecha del 77

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