Signos de Vida por Fernando Cámara

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Al principio fueron sólo unos pequeños grupos. Crecían frente al televisor; era como si el calorcillo de cuando llevaba tiempo encendido les hiciera madurar rápidamente. Luego, al pasar los días, se fueron acomodando y definieron su territorio.

Te cuento esto ahora, Alda, porque nunca antes tuve valor para decirte que existen cosas vivas, elementos que no cuentan los libros, y que sin embargo habitan a nuestro alrededor.

Mi primer contacto con ellos me llevó a pensar en una ilusión óptica. Más tarde, compruebas que sus movimientos son muy caprichosos como para que se originen por corrientes de aire variables. No, es mucho más que eso. Cuando llegan a cierta edad, cantan, emiten una serie de murmullos armoniosos que te envuelven en una manta de sueño y acaban por adormilarte. Si así lo quieres pueden ser tus aliados, pero Alda, déjame que te diga que puedes llegar a despreciarlos. No son nada más que escoria inútil, improductivos. A veces me dan miedo porque no concibo cómo pueden pasar tanto tiempo frente a una pantalla, alimentándose en exclusiva de las corrientes hertzianas.

Hice la prueba, amor mío, y es precisamente eso lo que los cría y sustenta. Aparté a uno de los grandes y lo encerré en el baño. Cuando por necesidad tuve que entrar, contemplé su faz mortecina, suplicante para que le devolviera a su lugar. Le dejé allí, quería que fuera él mismo quién me lo comunicara verbalmente, pero parece que sufren una atrofia gutural absoluta y sólo a través de los cánticos ejercitan esa función. Te juro que llegué a odiarlos. Pensé en deshacerme de todos, pero… al fin y al cabo son seres tan extraordinarios.

Descubrí que sus famosas melodías corresponden (tonto de mí, cómo no darme cuenta antes) a las sintonías de los programas de mayor audiencia, aunque la frecuencia y el tono con que las tararean las hacen casi irreconocibles.

Días más tarde tuve que retirar el cadáver del pobre aislado, de aquél que abandoné en el baño y que, finalmente, no resistió sin alimento visual. Alda, ¿te das cuenta?, sin la tele no son nada. Creo que no son conscientes siquiera de su propia existencia. Cuando les hablas, te miran por un momento y luego vuelven a dirigir sus ojillos a la pantalla. Sé que me entienden, pero sólo les interesa ese maldito trasto, por eso me ignoran cuando intento dialogar con ellos, aunque se trate de una charla trivial.

En el fondo, son muy parecidos a nosotros. A veces, creo que no hay diferencia si no fuera por su mínima entidad. La otra noche me descubrí a mí mismo canturreando una de las sintonías de la tele, una que no paran de repetir. Y lo más grave es que lo hice en su misma tesitura.

Perdóname, Alda, pero creo que también son iguales que tú. Tan humanos, tan amables entre ellos… Sin embargo, si no eres de su grupo te tratan como a un extraño y te acusan de raro y loco. Siempre es así, Alda, y creo que no se puede hacer nada. Parecen tan felices que… no sé.

Querida mía, sólo te escribo esto con la esperanza de que entiendas el mundo marginal al que me han destinado. Pero no creas que sufro por ello. En realidad me reafirmo cada día.

Espero que te encuentres bien. Saluda a tu madre y a Tía Amelia. Volveré a escribirte lo antes posible. Ahora tengo que dejarte… está sonando… ¡Sí, está sonando! No deberías perdértelo, es un programa tan estupendo…

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