La Mansión de Jeydeby por Jorge Álvarez Murcia

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Un fuerte olor a muerte va devolviéndole a la realidad, mientras la poca luz dilata unas pupilas que dejan entrever lo que parecen cabezas moviéndose histéricas sobre él. Cuatro grilletes sujetos a cadenas, tensadas por poleas, le apresan de muñecas y tobillos y estiran sus miembros haciendo de su cuerpo una famélica equis a punto de partirse por la mitad. Varias antorchas proporcionan toda la luz de la estancia mientras, un inexplicable, aterrador y continuo alarido, inunda pasillos, dormitorios, cocina y salones, de aquella lujosa mansión victoriana del siglo XIX.

La sensación es la de que no tiene miembros, ni los siente ni padece dolor. Noción del tiempo y orientación son conceptos hace tiempo ya olvidados, debido a que su estado de consciencia va y viene sin control. Cree estar boca arriba y sabe que el hedor le terminará matando, sino lo hacen antes esas extrañas sombras que oscilan sobre su cabeza. Los espasmos involuntarios provocados por las descargas eléctricas le mantienen músculos y párpados tan tensionados, que en cualquier momento se le caerán los globos oculares y su sangre se licuará con el resto de órganos. Las venas laten a 300 voltios, mientras la poca piel ya muerta va cayendo a cada nueva vuelta de tuerca, a cada nueva tensión de cadenas y grilletes, a cada nueva descarga. No alcanza a distinguir con claridad formas ni colores y apenas puede mover su cabeza de derecha a izquierda veinte grados. El escozor en los ojos a causa del sudor provocado por el inmenso calor, contrasta con el frío mortal que le recorre el pecho. La falta de aire y el olor a podrido aumentan las pulsaciones y el asco, haciendo que las nauseas asomen por una garganta muda incapaz de articular otro sonido distinto al de los alaridos provocados por la electricidad que le “devuelven” la vida, al antojo de a saber qué fuerza, ente o ser. Definitivamente no conseguía ver con nitidez, incapaz de distinguir con exactitud, qué eran aquellas sombras que, como si celebraran un sacrificio, se movían a su alrededor sin orden ni concierto. Estaba sumido en el más absoluto de los silencios.

El tronar de la llave en la cerradura le despierta de un susto. Nota cómo alguien se acerca pero no ve nada. El dolor que siente en los ojos es tan intenso que no puede evitar llevarse las palmas de las manos para así, tratar de relajarlos. Las yemas de sus dedos descubren la verdad; tras asegurarse hasta en dos ocasiones, se desmaya de la impresión.

El intenso dolor de cabeza la conduce de vuelta para hacerla recordar que no tiene ojos, que algo o alguien que ni recuerda ni ve, se los ha extirpado. Huele a carne podrida, el calor es asfixiante y no oye nada, pero sabe que grita con todas sus fuerzas y que se arranca los pelos para paliar un dolor de cabeza que se hace más intenso con cada nuevo movimiento pendular. El palpitar de su corazón histérico, bombea con fuerza la sangre hasta la frente llenando unas venas a punto de reventar. Un líquido más espeso que el sudor, resbala desde su cuenca derecha por la frente.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, que cuando todo falla y no tienes salida, ésta te mantiene vivo, así que, dada por perdida la vida, pero no la esperanza, gritaba su último aliento sobrecogiendo el aire, pintando de dolor cada rincón, parando el tiempo. Gritaba y gritaba pero no se oía, no oía nada, no veía nada, no entendía nada. La sensación de su cabeza hinchándose, chorreando sangre espesa como miel desde sus cuencas hacia su frente, el incesante movimiento pendular, la desorientación y la angustia, resultan insoportables. Cuando la cabeza ya no da más de sí, cuando no puede contener más sangre…

Un último crujido para quebrar la columna de Isaías. Una implosión y el sablazo horizontal para cercenar la cabeza de Emmeline… Para el matrimonio todo había terminado. Para ellos, la fiesta no había hecho sino empezar.

Situada a veinte kilómetros al norte de Naas, entre las misteriosas montañas de Timahoe y Drimsree, se encuentra la mansión Jeydeby, una ostentosa vivienda de estilo Victoriano mandada a construir por Isaias Jeydeby a finales del siglo XVIII.

Tras varios días en que el Sr. Jeydeby no acudía a sus citas y reuniones de trabajo -lo cual resultaba bastante extraño en él-, y en los que Emmeline Tisdale, su esposa, se había ausentado de sus clases diarias de Francés, algo que nunca antes había sucedido, hicieron que la curiosidad de las gentes de Naas fuera en aumento, convirtiendo la amistosa pregunta “qué habrá sido de ellos”, en un cada vez más incesante chorreo de comentarios sin sentido en los que se llegó incluso a afirmar que Isaias y Emmeline estaban practicando ritos satánicos para vender su alma a cambio de un hijo varón[…]

Por todo esto y porque siempre fue un culo inquieto preocupado por las gentes de su pueblo, el amable agente Garry Dolst, de 66 años de edad, decidió personarse en el nº1 de la calle Friary Road con el único propósito de comprobar que todo estaba en orden, estirar las piernas y hacer su última patrulla antes de entregar su placa a una jubilación que ya hubo de haber llegado hace más de un año.

<<Tras varios minutos llamando a la puerta y voceando, decidí, que antes de dar parte, husmearía  por el lateral y la trasera de la mansión en busca de signos de vida. Dirección a la piscina, por el patio delantero, todo parecía estar tranquilo: el riego funcionando, el agua perfectamente limpia y clorada e incluso los restos de una colada recién tendida, a juzgar por lo húmedo de la ropa.

Avisando de mi  presencia a cada paso, gritaba el nombre del propietario con la esperanza de que en cualquier momento apareciera alguien que me explicara la prolongada ausencia de la conocida pareja. No era sólo por la falta de noticias desde hacía tres días, ni por la extrañeza que me producía el que no hubiera el más mínimo ruido, tan siquiera porque desde hacía ya varios minutos, tuviera la certeza que desde aquella inmensidad de madera y ladrillo, me estaba llegando olor a delicioso café recién hecho. Desde que había pisado los terrenos Jeydeby, tenía la sensación de que algo no iba bien, y aunque no me quedaban ganas para emocionarme ante la posibilidad de un nuevo caso, si pensé que, antes de ir a mi mesa habitual en el café La Vie de Chateaux, reconocería la zona.

No había terminado de bordear la piscina, cuando desde detrás de la casa, vi cómo una muchacha con ropa blanca y pelo rubio se acercaba con un cesto vacío de mimbre, dirección al tendedero ya a mis espaldas. “Por fin signos de vida” pensé, así como también en el plan que ya urdía para ser invitado a una de esas deliciosas tazas de café.

No existe una explicación racional a lo que sucedió.

Cuando estando frente a ella me dispuse a dar los buenos días y preguntarle por el Sr. Isaías, estornudé, lo que resultó tiempo más que suficiente para que desapareciera como el humo. Me hubiera gustado ver mi cara en ese momento; y es que resultaba físicamente imposible estando a un metro y medio, en un jardín diáfano, a plena luz del día y menos aun en el tiempo que se cierran los ojos para estornudar. Tras recomponerme, pasados unos minutos, decidí buscarla, algo que hubiera resultado infructuoso de no ser porque, entreabierta, vi  una cristalera que daba acceso al salón de la mansión.

La oscuridad en el interior era tal, que recuerdo mirar los ventanales para comprobar si se veía el jardín, era como si el tiempo hubiera dejado de “andar” la noche de cualquier día pasado; en aquella mansión no había amanecido, eso sin hablar del silencio sepulcral que me había cortado la respiración desde que pisé aquel horrible lugar.

El aroma a café, había desaparecido junto con mis ganas. A pesar de que eran las once de la mañana de un soleado 13 de octubre, tuve que usar mi linterna mientras me acercaba a la puerta de la cocina con la garganta seca y las palmas de las manos sudando miedo, esperando a que en cualquier momento, apareciera de la nada aquel humo blanco de pelo rubio y terminara de matarme del susto.

¿Hola, hay alguien? ¡Soy el agente Garry…!

Sin respuesta y ya en la cocina, alumbraba el lateral de una despensa de madera con una de sus puertas abierta, la cual,  como si estuviera viva, se cerró ante mis ojos con tal violencia que terminó cayendo al suelo, dejando al descubierto dos perfectos ojos rojos mirándome, fijamente; parecían querer decirme que si no salía de aquel lugar, el precio sería la muerte. Y por Dios que quería, deseaba correr sin mirar atrás como nunca antes lo había hecho, y lo hubiera logrado, de no ser porque el pánico, mantenía mi cuerpo inmóvil. Sin poder pensar ni apenas respirar, veía cómo se iban acercando, oscilando levemente de izquierda a derecha, mirándome fijamente y matándome despacio, absorbiéndome el poco calor corporal que me quedaba. A pocos centímetros se detuvieron ante mí, para después desaparecer atravesándome la frente como si fuera un disparo. Caí redondo.

Con el pulso bajo cero y en posición fetal, el pánico por sentirme encajonado me hizo recuperar la conciencia con la misma rapidez con la que desaparecía la esperanza de que todo lo vivido formara parte de un mal sueño provocado por una digestión pesada. Sin poder abrir los ojos, con hormigueo en los brazos, las manos y dedos entumecidos, quemaduras en la cara, la nariz y las orejas moradas y las piernas congeladas, mi cuerpo era un témpano que solo podría tratar de gritar, de no ser porque el aire en los pulmones me dolía al respirar, se me clavaba en el pecho como polvo de cristal a cada intento de pedir socorro. No recuerdo qué fue lo que ocurrió en las dos horas siguientes, con los años, he llegado a la conclusión que lo traumático de la experiencia y el alto grado de congelación, hicieron que mi cuerpo reaccionara quedándose dormido.

Enlatado, el concierto para piano nº24 de Mozart me sacó del frío letargo, permitiéndome confirmar la sospecha, repentina, de que seguía vivo. Lo comprobé incorporándome torpemente hasta que mi cabeza chocó con, lo que a juzgar por el tacto, parecía una superficie plana con una fina capa de hielo, que no me permitía más que ponerme en cuclillas. Apoyando la parte alta de la espalda, empujando con fuerza y a pesar del dolor y los crujidos, conseguí ponerme en pie a la vez que se abría la puerta horizontal de mi tumba improvisada.

Estaba casi seguro de que la música procedía del sótano, así que, a duras penas, me dejé llevar por mi oído hasta que di con una puerta en la parte izquierda de los baños del servicio, desde donde Mozart subía claramente por unas escaleras que bajaban oscuras.

El aire era irrespirable. Un metro y medio de ancho, suelo terroso y paredes de gruesa y fría piedra a juzgar por el tacto. La música me guiaba como si estuviera en trance, sumido en un sueño en do menor y siempre girando hacia la derecha, recorrí cuatro pestilentes e interminables pasillos hasta que una arcada acabó con los restos de mi desayuno en algún lugar de aquella entrada al horror. La música cesó. Ante mí, una estancia de piedra gris, varios caballetes de robusta madera de distintos anchos, martillos, cubos, clavos y cuchillos por el suelo. Trozos de tela, cuerda y restos de cadenas colgaban de las paredes. A la derecha al fondo, una mesa, en ella y como dando la bienvenida, la cabeza de la Sra. Tisdale reposaba en paz. Pero sin ojos.

Unos metros por delante y con la columna vertebral partida en ángulo inverso sobre un robusto caballete de madera, totalmente desnudo y con perforaciones por todo el pecho, yacía el cuerpo del Sr. Isaias Jeydeby. De donde habían de salir brazos o piernas, carne arrancada, venas, músculos y piel quemada. Sus miembros gangrenados e incrustados al frío metal de los grilletes circulares, que en el suelo de aquel sótano, apresaban sus extremidades a unos ciento cincuenta centímetros de su tronco inerte, seco y arrugado como una pasa, resultaba ridículo ante la imagen de Emmeline desnuda, colgada por los pies, decapitada y oscilando a pocos centímetros del pecho de su marido formando lo que parecía una “T” invertida.

Isaías desmembrado, quemado, perforado; Emmeline seca por dentro, decapitada y colgando del revés, el olor a muerte y a muerto y los ojos de la señora Jeydeby sobre la mesa mirando fijamente, fueron demasiado para mí. Todo me daba vueltas. Mis piernas agitadas por el miedo, apenas sostenía un cuerpo que parecía estar pasando de sólido a gaseoso. Todo se volvió borroso, todo daba vueltas.

Estaba a punto de desmayarme cuando me percaté de que al fondo, a la izquierda de la escena y camuflados en la oscuridad del rincón, aquellos ojos rojos me miraban nuevamente y comenzaban a acercarse. Sin pensarlo ni un instante, corrí sobre mis pasos a toda la velocidad que me permitían mis aún heladas articulaciones, girando siempre a la izquierda y hasta llegar a la entrada del sótano. Escaleras arriba, giré a la derecha dirección al ventanal atravesando el salón sin la más mínima intención de mirar atrás, ya que nada me importaba mientras pudiera seguir avanzando. En el jardín, ella, de espaldas junto al tendedero, rubia y vestida de blanco, tarareaba ajena. Cuando al sentir mi presencia se giró, el terror de sus cuencas vacías mirándome fijamente, detuvieron mi carrera en seco.

Desde aquello, los momentos de lucidez son escasos. Lo siguiente que recuerdo es el techo del Naas General Hospital y a mí escribiendo esto, con la esperanza de que quizá, así, desaparezca un miedo que me tiene en esta celda de seguridad ya no sé ni cuánto y de la que no saldré mientras permanezca con vida. >>

Fotografía: Lavondyss “Regiones Míticas”

Blog del autor: Cosecha del 77

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