LAS ÚLTIMAS HORAS CON MAREA por Adrián Troncoso Rodríguez

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Marco había sido un chico tímido. De esos que cuando se repasan las listas de antiguos alumnos siempre queda en el olvido.

Ahora, casi diez años después de finalizar sus estudios, se había convertido en un hombre solitario. Tenía un trabajo como informático que le daba holgadamente para pagar su céntrico apartamento en la gran ciudad y comprarse la última tecnología en ordenadores y complementos, su única afición. Odiaba aquella ciudad y prácticamente no salía.

Un hilo de esperanza se  abrió cuando descubrió las redes sociales. Allí era más fácil interactuar y no perdía la ilusión de disponer de la vida social de la que siempre careció.

En Facebook se pasaba horas y horas viendo las fotos que colgaban las personas que había conseguido agregar. Con algunos de sus ciber amigos incluso había tenido que pasar el mal trago de responder a la pregunta: -“Perdona, pero no caigo en ti. ¿Quién eres?”

Tantos años tomando y pasando apuntes a ordenador para cederlos a sus compañeros y qué pronto lo habían olvidado… ¡Quién eres! -mascullaba amargamente.

Cada vez pasaba más horas sentado en su casa  estudiando aquella red social. Había conseguido memorizar incluso los amigos de sus amigos. No veía televisión y tan solo seguía aquellas felices vidas rodeadas de tartas de cumpleaños, viajes, playa, montaña, niños, comidas, celebraciones y “Me gusta”. Todo era tan real… Todo tan maravilloso.

Él nunca había recibido ni una sola referencia y se obsesionaba cada vez más con la indiferencia en la que estaba inmerso.

Fue entonces cuando recordó el cuento de Pinocho… y decidió crearla. Se llamaría Marta y estaría en todas las redes. Sería su compañera fiel. La que siempre estaría a su lado. Quien daría “me gusta” a todo lo que él publicara… porque MARtaEsAmor. Y así, nació Marea.

Dedicó muchas horas en crear una fotografía de perfil que jamás se hubiera sospechado que fuera producto de un programa informático. Cuidó todos los detalles, le creó una familia, unos antiguos compañeros, unos álbumes de fotos… Tenía su propia historia: había estudiado fuera, estaba soltera y llevaba pocos meses viviendo en la gran ciudad. Sabía cuándo se habían conocido, tenían aficiones comunes… La cara de Marea rebozaba optimismo, alegría, vitalidad.

¡Qué obra de arte! Se repetía a sí mismo un satisfecho Marco.

Aquella vida anodina había dado un giro. Ahora disfrutaba con su creación. Se intercambiaban mensajes cariñosos, se hacían referencias y Marco dejó de ser un cero a la izquierda.

La última fotografía que publicó con Marea tomando café había recibido 27 “me gusta”. Habían merecido la pena las casi 40 horas de trabajo dedicado a digitalizarla y crearla.

Aquella chica tan especial no había pasado inadvertida. Pronto, la cuenta de Marea se había llenado de solicitudes de amistad de los mismos amigos que unos meses antes, apenas se acordaban de él. Pero Marea era suya y solo suya.

Aquél último día, llegó del trabajo con una sonrisa. Se preparó un café soluble y se sentó en su sillón a la par que abría el portátil. De repente cambió la expresión de la cara. Marea había aceptado las once solicitudes de amistad que tenía pendientes. ¿Cómo es posible? Había aceptado eventos e incluso había enviado un cariñoso saludo a Arturo, un repelente “guaperas” que siempre se reía de él en el Instituto.

La respiración de Marco se aceleró. Entró en una sudorosa taquicardia mientras mantenía la respiración forzada.

Cerró el portátil y salió apresuradamente de casa. Tomó el autobús urbano en dirección al Gran Edificio Presidente, uno de los más altos de la ciudad. Por el camino no paraba de pensar:

“Quizás yo haya actuado inconscientemente y no lo recuerde.

Tal vez alguien ha conseguido descubrir el engaño, me haya pirateado la cuenta y disponga de acceso.

¿Y si Marea ha tomado vida propia?”.

Todas estas reflexiones inundaban la mente de un confuso y desesperado Marco, que entró en el edificio y tomó precipitadamente el ascensor destino a la última planta.

Subió a la azotea del edificio. Un nutrido grupo de palomas volaron aleteando al escuchar su presencia.

Se dirigió al pretil del edificio y lo trepó, mientras el viento resoplaba con fuerza. Se apretaba los labios y gritó con fuerza: “Nooooo”. Las palomas que se habían instalado al otro lado de la azotea volvieron a levantar el vuelo.

En aquel momento, Marco se armó del valor que jamás creyó que dispusiera y con un movimiento brusco… arrojó el ordenador al vacío.

Una paz interior recorrió todo su cuerpo. Su respiración ahora era cansada pero pausada. Lentamente bajó del pretil y buscó nuevamente el ascensor. Marcó la planta baja y recordó que ni siquiera había podido acabar el café soluble que se había preparado en casa. Así que se detuvo ante la cafetería del edificio. Cabizbajo, pero tranquilo, se apoyó en la barra y cuando intuyó que se acercaba la camarera, pidió su café.

Una agradable y familiar voz le hizo erguir la cabeza mientras la camarera le servía el café con su azucarillo:

Bonita tarde, caballero. Hoy hace uno de esos días en los que apetece abandonar la gran ciudad.

Primero enfocó la mirada en la placa identificativa de la empleada. MARTA. Cafetería Edificio Presidente.

Y era ella.

Fotografía: www.capital.cl

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