El Lántura por Magnus Dagon

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Cuando el centurión la ordenó buscar al Lántura no pudo negarse. Llevaba años siendo pitonisa de un culto casi extinto que sólo existía gracias al visto bueno del César. Había llegado la hora de saldar el precio del pacto.

Como indicaba Homero, la sangre de Quimera bajo la luz del plenilunio atrajo al Lántura. Tenía aspecto de hombre esbelto, pero su mano izquierda era rugosa y vieja como árbol milenario y la otra era vigorosa y joven como murmullo de mar. La Pitonisa lo atrapó y le dio un trozo de pan. Lo cogió con la mano derecha y se convirtió en una masa de harina y levadura.

A pesar suyo lo llevó ante el centurión, más interesado en su otra mano. Le hizo tocar un carro de combate, que cayó oxidado y podrido. El centurión sonrió.

Por medio del Lántura el centurión ganó incontables batallas, pero la criatura, con el paso de los años, se consumía por dentro y por fuera, al igual que la pitonisa.

Una noche se acercó a la celda donde estaba la criatura y la liberó. Entonces el Lántura sonrió, y ella fue consciente de que ese ser podía haber escapado en cualquier momento, pero su aflicción provenía del corazón. Se acercó a ella y besó su rostro arrugado, rozando su mejilla con la mano derecha. Volvió polvo la pared con la otra mano y se despidió. La pitonisa lloró con lágrimas de adolescente cuando el Lántura se fue para no regresar jamás.

Visita su web: Web oficial de Magnus Dagon

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