INOCENCIA PERDIDA por MoRius

doble personalidad“YO NO NACÍ MENTIROSA”

Pero mis padres me exigían demasiado.

Buenas notas, formalidad, aseo, vestimenta adecuada, compostura. No se me permitía vestir con libertad, ni reunirme con mis amigas, mucho menos salir con chicos. Y me sentía prisionera, con solo 14 años.

Empecé a hacerlo como una salida fácil a mis pequeños errores. Yo no era perfecta, como ellos pretendían, así que un día en el que perdí el autobús, les dije una pequeña mentira, fue fácil. Lo que me sorprendió es que ellos la aceptaron mucho mejor que la verdad, ¿es que mis propios padres no querían verme como realmente era?
Luego fueron las notas, las salidas los fines de semana, el cambio de ropa en el ascensor, ya no podía parar. Me inventé una personalidad para ellos, ideal a sus ojos, así estaban felices, sin ver lo que realmente ocurría y yo podía hacer mi vida. Pero llegó un día que ni yo misma sabía quién era, envuelta en demasiadas mentiras. Necesitaba empezar a controlar algo si no, la montonera de cartas, empezaría a derrumbarse: ¿Por qué no la comida?
Comencé por no cenar. Luego fue el desayuno, ya nadie me supervisaba, amparados en la supuesta perfección que me adjudicaban. Fui reduciendo las cantidades de alimento que mi cuerpo asimilaba. Prácticamente, solo comía manzanas y lechuga. Agua en los últimos tiempos.

Y ahí están ellos. Convencidos que lo han hecho bien y que su hija era perfecta. Aún ahora, no se creen que estén asistiendo a mi precoz y sinsentido entierro.

infidelidad
“YO NO NACÍ INFIEL”

Nunca pensé que me pudiera pasar a mí. Creo en el amor y siempre he pensado que, cuando amas, solo tienes un único objeto de deseo.

Lo que no imaginaba es que se pudiera dejar de amar y que necesitara tanto hacerlo, que lo arriesgaría todo por un poco más. Es una auténtica adicción.

Cuando el día a día mató el amor, cuando ya no había restos del aleteo de mariposas en el estómago, cuando mis ojos no brillaban, cuando intentábamos reconstruir y caíamos una y otra vez, supe que, simplemente, se había acabado.

En mi interior, sabía que no buscaba nada, al menos conscientemente, pero inevitablemente él entró en mi vida. Y ya no le pude echar.

Mis días de desengaño, de tristeza, de soledad me hicieron sensible a la limosna que alguien pudiera darme. Me sentía vacía y seca. Aun así, y sabiendo que no era bueno, que no había futuro, que estaba engañando, que me había vuelto premeditada y oscura, mis ojos volvieron a brillar, mi corazón a latir y mi sangre, a fluir. Era lo más fuerte contra lo que he tenido que luchar. Y caí. Y lo sigo haciendo. Porque me da la vida a la vez que me la quita. Porque es amor, al menos una clase de amor. Un amor diferente.

Nunca pensé que sería una adúltera. Pero lo soy. Y lo peor es que vivo feliz con ello.

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YO NO NACÍ PROSTITUTA” 

Me crié en un pequeño pueblo de La Mancha. Sencillo. Tranquilo. Estudié lo básico y luego me puse a trabajar en una tienda de ultramarinos para ayudar a mis padres. Poco a poco, salíamos adelante. Nunca me consideré valiente, ni cobarde tampoco, simplemente la vida nunca me había puesto en ninguna situación en la que tuviera que tirar para adelante.

Conocí a José, nos enamoramos y nos casamos. Él era un poco más ambicioso que yo, tenía sueños y un pequeño taller de motos. Quería ir a la capital, probar fortuna y dar un futuro “mejor” (¿mejor? Yo había tenido una buena vida) a nuestro hijo, que ya tenía unos meses. Nos mudamos y al principio todo fue más o menos bien.

Trabajamos mucho. Él montó su taller con esfuerzo y empezó a hacer una clientela, yo encontré trabajo de cajera en un supermercado. Llegaron los mellizos y bueno… la cosa se complicó un poco. No teníamos suficiente para la guardería y tuve que quedarme en casa, con los niños.

En esa época, el taller perdió dos de sus más importantes clientes rebajando mucho la facturación mensual. Empezamos a tener deudas. No lo pudo resistir y con 37 años tuvo un infarto fulminante. Él no aguantó y yo casi no le pude llorar. Tenía tres pequeñas bocas que alimentar y rápido. Estaba en juego el piso; el taller ya lo había perdido al no poder hacer frente a los pagos pendientes.

Esa tarde tuve mi primer cliente. Curiosamente, en ese horario, era más fácil colocar a los niños, pues alquilaba mi cama a una inmigrante ilegal a cambio de que cuidara a los pequeños. Por la noche, con ese cliente, lloré a mi marido. A mi pueblo. A mi tienda de ultramarinos. A los sueños de grandeza.

Mis hijos comen y duermen bajo techo. Aunque yo siga llorando cada noche.

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“YO NO NACÍ ASESINA”

Parecía el matrimonio ideal. Qué suerte había tenido. Aunque nunca había sido una belleza, ni era de las chicas más populares de mi entorno, él se fijó en mí. Quizá influido por el dinero de mi padre…, aunque, bueno, eso lo sé ahora.

El caso es que yo me encontraba feliz, presumiendo de chico guapo, con estilo, cultura y buen apellido (aunque escasos fondos). Los primeros meses transcurrieron bien, él llegaba tarde a casa pero trabajaba mucho, al menos era lo que me decía. Nunca había sido demasiado cariñoso pero ahora lo justificaba con el estrés al que se sentía sometido por el trabajo, ante la responsabilidad de ocupar un cargo directivo en la empresa de mi padre. A mí no me importaba, yo era feliz.

Todo cambió al quedarme embarazada. Se volvió huraño, brusco, callado. No era ese el estado de un futuro feliz padre primerizo. Ya no me sentía tan contenta, tan ciega y feliz y algo en mi interior, me hizo reccionar, salir de esa apatía y sumisión en la que, hasta ahora y refugiada en mi buena suerte a la hora de pescar marido, me había sumergido. Empecé a cuestionarle. Las llegadas tan tarde, los movimientos de dinero, el olor a perfume.

La primera bofetada no se hizo esperar. Me partió el labio. Su frialdad fue lo que más me asustó. Durante unas cuantas semanas no me atreví a respirar, pero una cuenta en números rojos me hizo reaccionar ¿qué estaba haciendo el hombre con el que vivía? Según él, vivir como le correspondía, pues “ya tenía suficiente con aguantarme a mí, a la hija del jefe, a la que nadie quería soportar”.

No sé si fue el nuevo ser que llevaba en mis entrañas pero me enfrenté a él y le dije todo lo que se merecía. Ya no le quería ni ver. Me constaban sus salidas con otras mujeres y el desprecio que me tenía a mí y a toda mi familia.

Esto último no pude gritárselo, me volvió a partir la boca, me empujó, me dio otra bofetada y una patada envenenada con tanta ira y con tan mala suerte, que me mandó directamente al hospital. Perdí a mi hijo. El que me había dado la valentía. El que me había hecho abrir los ojos. No volví a derramar una sola lágrima después de esa noche en la que me ahogué en mi propio llanto.

En cuanto pude andar, tenerme en pie, no lo dudé un instante. Me convertí en una asesina.

¿Arrepentida? Aquí, entre los barrotes de mi celda, te diría que NO.

Fotografías: Mentiras Adulterio Prostitución Asesinato

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